Javier Arellano, Director Académico del Master en Dirección de Personas en las Organizaciones de la Facultad de Económicas y Empresariales

Externalidades positivas del COVID-19 en el trabajo

30/04/20 Publicado en Universidad de Navarra
Javier Arellano, Director Académico del Master en Dirección de Personas en las Organizaciones de la Facultad de Económicas y Empresariales

Leía hace unas semanas en la prensa que Amaya Vizmanos, estudiante de 1º de ADE y Derecho bilingüe de la Universidad de Navarra, ha creado una plataforma para ayudar a los estudiantes de 2º de Bachillerato que se preparan para la selectividad. Por otro lado, yo mismo asisto a unos webinars sobre formación online gratuitos impartidos por profesores de Harvard. Y me viene a la cabeza también una anécdota que nos contó en el webinar de Stop&Think que organizó mi universidad sobre cómo seguir gestionando personas ante la crisis del COVID-19, el director de personas del grupo COFARES, Jorge Javier Vicente, en el que nos contó que estas semanas han estado involucrados entre otros proyectos, en la dotación del “hospital temporal” de IFEMA.

Ante la avalancha de pedidos y las dificultades de gestión, el equipo de Cofares, nos contó Javier, lanzó una petición interna a los empleados que estaban en sus casas tele-trabajando, para que fueran a la sede a echar una mano en los almacenes. Con un indisimulable orgullo por esos compañeros, Javier nos confesó que en menos de dos horas se presentaron más de doscientos voluntarios. En mi caso, veo el sobreesfuerzo del departamento de Innovación Educativa de la Universidad y del departamento de IT Services, y tantos otros ejemplos… que el diagnóstico me parece evidente: la pandemia del Covid-19 ha despertado en nosotros el espíritu de servicio.

Pienso que el origen puede ser una envidia sana o, en positivo, el buen ejemplo que nos ofrecen esos profesionales de la sanidad a los que aplaudimos a las 8 desde nuestros balcones. Ese trabajo generoso de jornadas interminables a un ritmo intenso, con un nivel de tensión tremendo y asumiendo el riesgo del propio contagio, no nos sorprende porque lo hemos visto antes y solemos “justificarlo” atribuyéndolo a que determinadas profesiones tienen un componente vocacional. Por cierto, que no es cuestión de hacer rankings pero me ha parecido especialmente ejemplar la decisión de algunos cuidadores de encerrarse voluntariamente en las residencias de ancianos para proteger a “sus mayores”. Decía que puede no sorprendernos, pero no dejamos tampoco de aplaudir y admirar ese sentido de misión, ese espíritu de servicio, esa conciencia de que el trabajo que realizan tiene un motivo que va más allá del noble fin de ser el medio que tienen para ganarse la vida. Y como el ejemplo arrastra (ya ha ocurrido en el pasado), después de esta crisis sanitaria crecerá el número de solicitudes en las facultades de Medicina y Enfermería.

Pero lo cierto es que el sentido de misión (lo estamos viendo a diario) no es exclusivo de unas pocas profesiones. Al contrario, todo trabajo puede hacerse con espíritu de servicio. De hecho, no son sólo los sanitarios quienes reciben homenajes estos días. Los aplausos han llegado a farmacéuticos, policías, miembros de las fuerzas armadas, conductores de ambulancia, transportistas, reponedores, cajeras de supermercado, profesores, etc. El espíritu de servicio que vemos estos días en tantos trabajadores llega a todas las profesiones… aunque no a todos los profesionales. Y es que no es en el qué, sino en el cómo, donde reside la diferencia. ¿Cómo se distingue? No es difícil. Hay varias características comunes a todos los que trabajan con espíritu de servicio.

Direcciones hacia el bien común

El primer rasgo es la profesionalidad. Alguien que trabaja con espíritu de servicio no puede ser un “chapuzas”. De todas las acepciones que conozco de la expresión “actuar con profesionalidad”, la que más me gusta es esta: el profesional es el que hace bien la parte su trabajo que no le gusta (porque sabe que eso es importante para que el trabajo tenga el resultado que cabe esperar de él). Hay una evidente relación causal entre el espíritu de servicio y la profesionalidad. Lo primero lleva a lo segundo, hasta el punto de que me atrevería a decir que el espíritu de servicio (caso de poder medirse) sería una buena proxy del nivel de desempeño (performance) de nuestro trabajo. 

En segundo lugar, trabajar con espíritu de servicio es cuidar (e incluso excederse en) los detalles pequeños, sobre todo los que tienen que ver con el trato con los demás (compañeros, clientes, proveedores, etc). No necesita el médico llamar todos los días a los familiares de un paciente que no puede ser acompañado y, decirles cómo está evolucionando, para que el paciente se cure. Y por supuesto, no está entre las obligaciones profesionales de un camillero o de una persona del equipo de limpieza el prestar su móvil y su tiempo para que un enfermo pueda hacer una video-llamada con los suyos; y que decir del tiempo que han dedicado muchos de estos profesionales a acompañar a personas enfermas en los momentos finales de sus vidas. Nada de eso cura, pero todo eso mejora el servicio sanitario. Muchos detalles pequeños no tienen el valor o la trascendencia que tienen estos en el ámbito de la salud y en estas circunstancias, pero no dejan de reflejar la actitud de servicio de los que los realizan. Un amigo me hablaba el otro día de “la buena actitud de su gente” durante estos días contándome que “con la que está cayendo, hasta tardan menos en contestar los correos… y no sabes el tiempo que eso nos ahorra”. Detalles pequeños sí, pero que tienen un gran efecto multiplicador.

La tercera característica de los profesionales con vocación de servicio es que suelen ser los que más sonríen y los que menos se quejan. En definitiva, los que son capaces de generar a su alrededor “buen rollo”. No debe ser casual. Recuerdo que mi abuelo me decía siempre que alguien es feliz cuando no le da tiempo a pensar en uno mismo. Es verdad, a los que tienen espíritu de servicio no les sobra el tiempo, aunque no se sabe como pero siempre se las arreglan para hacerlo todo, y casi siempre bien. Y esa regla general de la economía de la felicidad que me enseñaba mi abuelo y que puede enunciarse así: “dando es como recibimos”, se aplica también en el ámbito del trabajo. Algo de eso hemos visto que ha pasado en la UCIS de los hospitales en los que se han colado las cámaras de televisión durante estas semanas. Y seguro que pasa también (aunque en otra escala) en tu empresa. Comprueba la lista de nombres propuesto para el programa de mentoring de tu empresa. Seguro que encuentras entre ellos a los campeones del espíritu de servicio. Y quizá descubras que no están en la lista algunos compañeros que hacen bien “su” trabajo y que tienen mucho talento. Compañeros a los que todos respetan y reconocen como trabajadores fiables, que cumplen. Pero trabajadores a los que quizá no admires, porque percibas que les falta algo de capacidad para mirar a su alrededor. Hablo con profesionales de muchas empresas estos días y todos me cuentan que no necesitan esperar a que llegue la próxima encuesta de clima laboral para saber que traerá buenas noticias. Confieso que, a mi juicio, la mejor noticia de este período de pandemia que llevamos vivido es que ha permitido demostrar (a las pruebas me remito) que el espíritu de servicio es tanto o más contagioso que el dichoso coronavirus.

El fundador de nuestra Universidad, San Josemaría, decía que el trabajo hecho con profesionalidad y cuidando los detalles pequeños; el trabajo hecho pensando en los demás, con espíritu de servicio; ese trabajo puede además ser ofrecido a Dios, pidiéndole por los enfermos y sus familias y por los que sufren las consecuencias económicas de esta pandemia. Estoy seguro de que muchas personas lo están haciendo así. San Josemaría lo llamaba santificación el trabajo, y enseñaba que no hay trabajo pequeño; el trabajo mejor no es el que hace la persona de mayor categoría o el mejor pagado, sino el que se hace con más espíritu de servicio.

Muchos afirman que las cosas no serán lo mismo después del COVID-19. Ojalá que esta verdadera reforma laboral que nos ha traído la pandemia, este redescubrir la vocación de servicio que hay en toda tarea y ese ser conscientes de todo el bien que podemos hacer con nuestro trabajo, haya venido para quedarse. Se me antoja un medio muy eficaz para salir adelante en la crisis económica que nos está dejando la pandemia. Quizá el propio problema nos esté trayendo parte de la solución.

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