24 de abril de 2008

Ciclo de conferencias

EL GRABADO EN EL SIGLO DE LA ILUSTRACIÓN

Ornamentación e ilustración de los libros navarros del XVIII

D. Javier Itúrbide Díaz
Doctor en Historia

 

La actividad editorial en Navarra a lo largo del siglo XVIII es particularmente intensa, en buena parte debida a motivos políticos, institucionales, y administrativos. Sea como fuere, la centuria comienza con tres talleres en activo y concluye con seis, lo cual prueba que la demanda de trabajos de impresión fue en aumento, bien sea por parte de las instituciones del reino como de las comunidades religiosas y de los particulares, a los cuales se han de añadir los impresores, que promueven la tercera parte de los títulos publicados. 

La calidad técnica de esas obras va en aumento y evoluciona del abigarrado libro barroco, de impresiones borrosas y papel de mala calidad, al de estilo clásico, en el que se utiliza buen papel y se hace gala de una tipografía cuidada, equilibrada con los blancos y despojada de adornos innecesarios. 

Dos terceras partes de los libros cuentan con algún tipo ornamentación tipográfica, a base de motivos, en su mayor parte, toscos y repetidos en sucesivas impresiones. Este recurso es más frecuente en los de formato mayor, como el folio y el cuarto. Aquí las obras con adornos, que pueden ser cabeceras, viñetas, letras iniciales, filetes, corondeles o composiciones geométricas con tipos de imprenta, representan casi el noventa por ciento; por el contrario, estos recursos ornamentales son más escasos en las impresiones menores, en octavo y dieciseisavo, donde el porcentaje cae al 50 por ciento. De esta manera, se comprueba que el libro de formato grande está vinculado al prestigio editorial, luce una ornamentación que lo embellece y, por ello, tiene un precio más elevado. Por el contrario, las obras menores, de gran difusión y bajo precio reducen al máximo los costes de producción y para ello, entre otras medidas, suprimen todo elemento ornamental accesorio.

La extinción del gusto barroco y el afianzamiento del clasicismo, en la época de la Ilustración, también se advierte en la producción impresa. Los adornos tipográficos se hacen más raros a medida que pasa el tiempo, de tal manera que a principios de siglo el 80 por ciento de los libros luce adornos tipográficos y cuando finaliza ese porcentaje se ha reducido al 61.
 

Quinto Curcio, 1759

Quinto Curcio, 1759
 

Pamplona cuenta con talleres de imprenta numerosos, que trabajan sin problemas y que garantizan una vida sin agobios al propietario y a sus oficiales y aprendices. Son empresas familiares que en algunos casos adquieren dimensiones considerables por la capitalización y número de empleados. Pero no se ha de olvidar que esos talleres están apartados de los grandes centros editoriales, y que, en definitiva, tienen una actividad modesta, dirigida a un mercado local reducido y que sus impresos no pueden ni pretenden competir con las grandes ediciones de Madrid, Valencia o Barcelona. Por este motivo, se perpetúan los grabados en madera, “entalladuras”, como recurso ornamental. En ellos predomina una factura tosca, una iconografía repetitiva, que ofrece un pobre balance artístico. Por su parte, el grabado calcográfico se abre camino con dificultad, toda vez que exige un procedimiento más prolijo y, en consecuencia, más caro. Los grabados abiertos para una determinada edición son raros, corresponden a las publicaciones institucionales, como pueden ser los Anales de Navarra, impresos en 1684, 1755 y 1766; hay, sin embargo, editores privados, con recursos económicos y gusto por el trabajo de calidad, que promueven libros ilustrados, como sucede con Miguel Antonio Domech; finalmente, se encuentra un reducido número de autores que se embarca en la aventura de editar su libro enriquecido con las ilustraciones que ha encargado con ese fin.
 

Annales del Reyno de Navarra, 1766

Annales del Reyno de Navarra, 1766
 

Si la ornamentación tipográfica era un recurso habitual en los libros navarros del XVIII, por su nulo coste, la ilustración es más rara porque exigía una importante inversión que en algún caso supuso el 45 por ciento, mientras que la impresión del texto requirió el 33 y la encuadernación el resto.

Las ilustraciones empleadas son mayoritariamente, en torno al 64%, de tipo ornamental, le siguen con un 20% las de tema heráldico y en tercer lugar, con un modesto 12%, las de contenido piadoso. Aquí, en las imprentas de la capital Navarra, no se encuentran los soberbios grabados de retratos, paisajes, botánica o ingeniería que ocupan a los prestigiosos grabadores de la Corte.

Puesto que las ediciones ilustradas son raras, al comienzo de la centuria, cuando se requiere el trabajo de un grabador en metal se ha buscar fuera de Navarra, al otro lado de los Pirineos. De esta manera se conoce la intervención de grabadores procedentes de Toulouse en impresiones de 1706 (Jacques Simonin) y 1714 (Jaime Laval); a mediados de siglo figuran grabadores aragoneses a los que se encomiendan trabajos de fuste, como el frontispicio de la Novísima recopilación de leyes (1735, Juan de la Cruz) y los Anales de Navarra (1766, José Lamarca); finalmente, el oficio calará en artesanos navarros, como Manuel Beramendi. Convendrá tener presente que el trabajo de grabador, porque que tiene una reducida demanda, se compagina con el de platero, con actividad más constante, y con el que tiene, desde el punto de vista técnico, muchos puntos en común.

A manera de resumen, se ha de subrayar el vigor editorial que muestran las imprentas navarras de la época de la Ilustración, el progreso técnico y artístico que experimentan a lo largo de la centuria, el inexorable abandono del barroco para asumir el clasicismo en las pautas tipográficas y, finalmente, el uso sistemático de motivos ornamentales en las publicaciones, aunque con tendencia a moderar sus manifestaciones, mientras que los libros ilustrados, por motivos económicos, son raros y de calidad inferior a las grandes imprentas de la Corte.