aula_abierta_itinerarios_28_10_texto

Basílica (1896-1900)

En el extremo occidental del polígono norte, en su conexión con la torre del Cristo, Juan de Jaso levantó el llamado Palacio Nuevo, destinado a ampliar y mejorar la residencia de la familia señorial dentro del castillo. Allí, en una de las cambras o habitaciones anexas a la Sala Principal del primer piso, nació san Francisco Javier el 7 de abril de 1506. Tras su beatificación se habilitó una capilla en la planta baja (1620). La desfiguración del Palacio Nuevo se produjo cuando se amplió la capilla, que pasó a ocupar las plantas baja y primera. La construcción de una cúpula y una bóveda a partir de 1684 exigió elevar la altura del edificio y reforzar sus muros con contrafuertes. Para decorar esta capilla se encargaron en Flandes los seis grandes lienzos del taller de Godofredo de Maes, hoy conservados en el museo. Poco quedaba del Palacio Nuevo cuando a finales del siglo XIX fue derribado para construir la actual basílica.

La construcción de la basílica fue empeño personal de la restauradora del castillo, María del Carmen Azlor de Aragón, XV duquesa de Villahermosa. Tras ciertos cambios en la fachada y la habilitación de una puerta al exterior (1890-1892), la duquesa decidió enterrar a su marido, el II conde de Guaqui, en una cripta luminosa y construir una nueva iglesia, que encargó a Ángel Goicoechea, arquitecto restaurador del castillo. Las obras se desarrollaron entre 1896 y 1900; el nuevo templo fue consagrado el 19 de marzo de 1901 y poco después recibió del papa León XIII el título de basílica. Es un edificio ecléctico, que combinó formas románicas y góticas para lograr una robusta iglesia de una sola nave. Está presidida por una monumental fachada, dotada de pórtico, escalinata central, portada románica, rosetón enmarcado en arquería gótica y un cuerpo de coronación presidido por una cruz.

En la foto se observa el interior de la basílica, formada por tres tramos con bóvedas de crucería y ábside pentagonal, dotado con cuatro ventanales decorados con vidrieras que reproducen escenas de la vida del santo. En los muros laterales hay cuatro tribunas con antepechos calados, mientras que a los pies de la nave se habilitó un amplio coro sobre el atrio de acceso a la iglesia. Toda la iglesia está presidida por una imagen de san Francisco Javier situado en una hornacina y bajo un templete, que es obra del escultor Jerónimo Suñol (1839-1902), quien trató de captar el espíritu misionero, apasionado e infatigable del santo. Trató de reproducir los rasgos con los que le describe su discípulo, el P. Teixeira: “Era el Padre Maestro Francisco de estatura antes grande que pequeña, el rostro bien proporcionado, blanco y colorado, alegre y de mucha gracia; los ojos negros, la frente larga, el cabello y la barba negra. Traía el vestido pobre y limpio y la ropa suelta, sin ningún manteo ni otro vestido… Iba siempre con los ojos puestos en el cielo…”. A ambos lados de la imagen y bajo una arquería románica le acompaña una corte de honor de doce santos jesuitas, pintados al óleo sobre tabla por el italiano M. Capraroni.

aula_abierta_itinerarios_28_10_imagen

Basílica (1896-1900)
Foto de Larrión.

aula_abierta_itinerarios_28_mapa