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Introducción

El castillo de Javier es el más antiguo monumento civil de Navarra que permanece en pie. Ha sobrevivido más de 1.000 años, desde que en la segunda mitad del siglo X se levantó su núcleo central, la torre del homenaje. Al compás del crecimiento de la Europa cristiana, el castillo fue ampliándose, hasta quedar plenamente configurado en el primer cuarto del siglo XIII. Además se convirtió en centro de un señorío y asiento de una familia noble. En 1237 el castillo y todo el término fueron entregados a los Aznárez de Sada, quienes junto con otras familias que les sucedieron han constituido un linaje de 29 generaciones.

La guerra civil entre beamonteses y agramonteses acarreó la destrucción de buena parte del castillo en 1455. Durante el último tercio del siglo XV los Azpilcueta y los Jaso se empeñaron en reconstruirlo, manteniendo los elementos arquitectónicos que lo definían, pero reconstruyéndolos con mayores dimensiones y añadiendo otros complementarios, de tal forma que a principios del siglo XVI el castillo de Javier alcanzó su máximo y efímero esplendor.

Fue entonces cuando sirvió de cuna a san Francisco Javier (1506-1552), hecho que condicionó toda la evolución posterior del castillo y ha permitido su supervivencia hasta la actualidad. La desbordante actividad misionera del santo por tierras de la India, las Molucas y el Japón, la influencia de sus cartas y la difusión de su actividad taumatúrgica lo convirtieron en patrono de Navarra y de las misiones católicas, además de extender su culto y devoción por toda la Iglesia Católica.

Mientras tanto el castillo, demolido parcialmente y desprovisto de sus defensas (1516), inició una lenta decadencia, que se acentuó cuando en la segunda mitad del siglo XVI sus señores dejaron de residir permanentemente en él, siendo sustituidos con frecuencia por administradores, y se prolongó hasta finales del siglo XIX. Paralelamente, la beatificación y canonización de san Francisco Javier (1619-1622) añadieron una nueva función al castillo; sin dejar de ser centro de una explotación señorial, se convirtió en un lugar de culto, función que exigió transformar parte del edificio para dar cabida a dos sucesivas capillas (1619, 1684).

La suerte del castillo cambió cuando María del Carmen Azlor de Aragón, XV duquesa de Villahermosa, decidió restaurarlo y construir una basílica y un colegio (1891-1904), que entregó a la Compañía de Jesús. Durante un siglo se han sucedido otras dos grandes restauraciones del edificio y la remodelación de su entorno, que han sido posibles por la conjunción de tres elementos: la presencia de la Compañía de Jesús, el desarrollo de las peregrinaciones (en especial las Javieradas), y la colaboración y munificencia de la Diputación Foral de Navarra, hoy Gobierno de Navarra. El resultado de este esfuerzo es el castillo-santuario de la actualidad, cuyos trazos esenciales se van a señalar, siquiera someramente, al hilo de las diez imágenes siguientes.

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