15 de agosto de 2012

Jornadas culturales

MÚSICA Y ESPIRITUALIDAD EN EL MONASTERIO DE FITERO

La estética musical cisterciense

D. Carlos Villanueva
Universidad de Santiago de Compostela

 

Así como se han escrito cientos de estudios sobre la reforma del Císter en su variada relación con el mundo del Arte, de la Política, de la Economía, de la Teología, o de la Arquitectura monástica, resultan escasas en nuestro idioma las aproximaciones a la exitosa reforma musical emprendida por los monjes blancos desde sus cimientos. Ello fue debido, en parte, a que la reforma gregoriana de los benedictinos de Solesmes y el gran aparato teórico que generó, por no decir también un apoyo incondicional de la Iglesia de Roma a sus tesis reformistas, hizo derivar a una vía secundaria lo que hoy consideramos como una reforma –la del Císter– en toda regla, eficaz y coronada con la disciplina y la coherencia que distinguió el cambio ético y estético de la nueva orden de Claraval.

Muchos críticos españoles, procedentes en general de las filas benedictinas de Silos (Germán Prado o Casiano Rojo, entre otros), se limitaron a decir de la reforma de San Bernardo que “trunca las melodías y los ornamentos con el pretexto de simplificar los neumas”, o que “amputan las melodías para ajustarlas a la tesitura del salterio decacordo”, como si de una simple poda se tratara, lo que descontextualiza la realidad.

En el caso de la estética cisterciense que estamos analizando, sin embargo, en modo alguno puede hablarse de retroceso musical del Císter con su reforma, sino, más bien, de un planteamiento pragmático de la liturgia, de un elemento de mayor uniformidad dentro del plan centralizado de la Orden, que iba abriendo franquicias con un mismo diseño estético de contrastada eficacia como “marca”. 

En época de extremadas discrepancias en versiones transmitidas oralmente, con variantes considerables tanto en el fondo como en la manera de cantar el gregoriano, y en pleno siglo XII con la irrupción de la contaminante polifonía, los cistercienses racionalizarán el mensaje cantado evitando los excesos ornamentales más propios de los solistas orientales, alejándose los fabordones o de soluciones tropadas, precisamente, para contrarrestar la reforma cluniacense: historiada, dramatizada, ornamental y plena de excesos.

Junto a la gran transformación de los libros de coro y a la sobriedad en la expresión, que hoy se ve como un refinamiento estético (una suerte de minimalismo), el Císter atenderá la música en otras dimensiones: por ejemplo en la aplicación de los instrumentos para el estudio del canto llano (el psalterium decem chordarum), en el uso de esquemas y diagramas musicales para las enseñanzas de la fe (los triángulos y los círculos trinitarios) que hemos visto en los sugerentes dibujos del abad Joaquín de Fiore, quien, en todos sus estudios y reflexiones, usó la música como referente, no sólo como imagen del lenguaje del coro angélico de monjes ante Dios, sino como abstracción y reflexión teórica en la línea pitagórica o platónica. Sus enseñanzas fueron rápidamente transmitidas, y resulta fácil verlas reflejadas en las grandes portadas historiadas en las que los ancianos del Apocalipsis tocan instrumentos trinitarios; tal es el caso del Pórtico de la Gloria de Santiago, donde el Maestro Mateo recogió algunas de las enseñanzas cistercienses patentadas por el sabio Abad de Fiore.

ro de mayores dimensiones en el coro alto que fue objeto de una transacción por el armonium que se conserva actualmente en la parroquia. A uno de los realejos se refiere la crónica de una fiesta organizada en 1622, cuando se intercambiaron durante unos días las imágenes de la Virgen de la Barda de Fitero y la Virgen del Monte de Cervera del Río Alhama. Al menos en dos ocasiones se alude a la misa que se interpretó a medio camino entre ambas localidades en momento de proceder al intercambio con “canto de órgano”. Respecto al del coro alto, sabemos que se utilizaba en las dos primeras décadas del siglo XX en algunas funciones religiosas, concretamente en la de tinieblas de la Semana Santa.

D. Carlos Villanueva