4 de octubre

Conferencias

EL BARROCO EN VILLAFRANCA

Arte y artistas en la Villafranca barroca

D. Carlos Carrasco Navarro
Doctor en Historia del Arte


Dentro de las V Jornadas Barrocas de 2017, se trató el tema de las diferentes etapas del arte barroco, en especial de la arquitectura y retablística; pasando del primer estilo al barroco pleno, y del barroco cortesano al clasicista de finales del siglo. Con dicho análisis evolutivo se pretendió ilustrar al público asistente a la conferencia del pasado 4 de octubre, sobre la injusticia y visión reduccionista de englobar a todo el arte dieciochesco dentro de un mismo epígrafe, bajo el prejuicio de adolecer todo ello de abigarramiento y grandilocuencia.

Al mismo tiempo que el asunto de los subperiodos, se trató el concepto de barroquización, un fenómeno de ida y vuelta por el que, a finales del siglo XVII, se recargan decorativamente retablos y edificios que a ojos coetáneos parecen demasiado sencillos. Supone un proceso que se invierte a finales del siglo XVIII a manos de las Academias que depuran los excesos pasados. Villafranca tiene un magnífico ejemplo de esta segunda fase en la remodelación del Retablo Principal de la Parroquia de Santa Eufemia.

La villa Navarra de Villafranca, en la Merindad de la Ribera del Ebro, es junto a Tudela y Corella, uno de los principales focos del Barroco en Navarra; es la zona Sur del Viejo Reino la que surtió de artistas (arquitectos, retablistas y pintores) al resto de la región durante los siglos XVII y XVIII, siendo incluso llamados para las principales empresas artísticas de Pamplona, tales como la escalera de la Casa Consistorial o el Retablo Mayor del Convento de Recoletas.

En el caso concreto de la villa meridional que nos ocupa, el esplendor del barroco viene dado por el ímpetu constructivo que da como resultado la ampliación de la Parroquia de Santa Eufemia, la construcción del Convento de Carmelitas y la reforma Basílica del Portal; fruto asimismo del crecimiento poblacional del siglo XVIII, que tras la pérdida desde 278 fuegos en 1581 a los 141 en 1646, pasa a 280 en 1677, 428 en 1725 y  finalmente, 557 fuegos en el año 1800.

La estructura del siglo XVI de dicha basílica junto a la Puerta Este de la muralla es el primer edificio en sufrir la barroquización pertinente; en este caso, en dos fases. En 1611 es Juan López de Arana el maestro de obras, mientras que en 1690 son los hermanos Olea, Juan y Pedro, siendo los tres naturales de la villa.

Sin embargo, el Convento del Carmen es una fundación ex novo del barroco, bajo el patrocino en 1722 de Miguel de Arce y Teresa de Guirior, cuya iglesia se edifica entre 1757 y 1762 bajo las manos del maestro peraltes, José de Peñalba. El retablo Principal y colaterales se instalaron en 1769 bajo un diseño rococó aprobado en la Corte de Madrid, quedando su madera de pino a la vista sin dorar y siendo los titulares Santa Teresa junto a San Angelo y a San Juan de la Cruz.

Sin embargo, es la barroquización del Templo Mayor de Santa Eufemia la que mejor resume este fenómeno desde finales del siglo XVII a finales del XVIII. La Parroquia del siglo XV quedó a todas luces insuficiente para alojar a todos los fieles, por lo que el proceso se inició desde la ampliación del campanario y remodelación de la fachada Sur. Envolviendo a la base de la torre anterior, se comienza el nuevo diseño de Pedro Aguirre, el cual había sido elegido tras uno fallido del mismísimo Santiago Raon.

La fuga del maestro a Castilla y a pesar de su breve regreso, y debido precisamente a su temprano fallecimiento, el encargado de concluir la torre es el maestro tudelano José Ezquerra y Ederra junto a José de Falces, fraile capuchino de Peralta. Ezquerra es autor también de las torres de la Colegial de Tudela y de Peralta, es por eso que las tres presentan un aspecto similar; sin embargo, en el caso de Villafranca y al deberse adaptar un último cuerpo octogonal sobre una planta preexistente rectangular, presenta desde algunas perspectivas un escorzo un tanto singular e inestable, lo cual no deja de ser un interesante juego visual muy propio del barroco.

La siguiente fase es la construcción del nuevo crucero y cabecera, incluyendo la Capilla de la Virgen del Rosario en el lado de la Epístola, supervisado todo ello por el nuevamente tudelano Juan Antonio Marzal y Fray Bernardo de San José. El primero de ellos junto a Fray José Alberto Pina, son también quienes tienen que recomponer la reforma de la nave mayor, que en 1734 amenazaba ruina. De la época gótica persisten las portadas, especialmente la del lado meridional. Antonio y José del Río son los autores de las yeserías que cubren el interior del edificio.

El Retablo Mayor y los dos colaterales, obra en 1730 del maestro de Caparroso Vicente Frías, sufrieron el proceso inverso de “desbarroquización”. Dicha involución es propia de los nuevos tiempos dictados por el purismo de la Real Academia de Bellas Artes, la cual vino de la mano del maestro-arquitecto italiano Santiago Marsili.

Afincado en un primer momento en Guipúzcoa, Santiago Marsili se especializa en solemnizar y afeitar retablos del barroco pleno, reconvirtiéndolos en fantasías neoclasicistas. Tras depurar el retablo barroco de la Asunción de la Colegiata de Borja (Zaragoza) apenas una centuria después de su construcción, se afinca en tierras navarras donde firma en 1797 la reforma de los retablos que nos ocupan, junto a Juan Angós de Fitero y al pintor cascantino Diego Díaz del Valle.

En este afán transforman las columnas salomónicas en otras de fuste liso, se cubren las entrecalles de los nichos dedicados a San Pedro y San Pablo mediante paneles con sendas esculturas de San Fermín y San Saturnino. El banco se llena con escenas del martirio de Santa Eufemia junto al excelente tabernáculo del sagrario, pero destaca especialmente la escena central del retablo con un altorrelieve de la apoteosis de la Patrona.

El ático se transforma por completo con una excelente representación de la Asunción de María que ocupa todo el espacio hasta la bóveda. Sólo la cartela de los ángeles recuerda ligeramente la anterior estética barroca, al igual que los tarjetones bajo las columnas de los retablos colaterales, sorprendentemente conservados viendo que sufrieron un proceso similar al retablo central.

Con todo, se consigue uno de los mejores conjuntos del barroco clasicista en Navarra, pletórico de polícromas maderas marmorizadas y apoteósicos triunfos en relieve, que culminan un proceso de barroquización y desbarroquización en apenas una centuria; un proceso rápido y efímero tan propio de un estilo artístico singular y atractivo en su exceso.