22 de noviembre de 2016

Aproximación al significado del Pórtico de la Gloria y a la figura del Maestro Mateo

Juan Ramón Corpas Mauleón
Médico y escritor

 

Durante la Edad Media, Compostela se convierte en foco principal de las peregrinaciones de  Occidente. Esto es debido a que es poseedora de un bien extraordinario: contiene el sepulcro de uno de los doce, y no de uno cualquiera. Guarda la preciosa reliquia del apóstol Santiago el Mayor, el “amigo del Señor”. Para contenerla se van a construir, a partir del siglo IX, sucesivas estructuras basilicales, hasta llegar a la catedral que todavía podemos contemplar.

El actual edificio catedralicio se levanta entre los siglos XI y XIII. Con dos fases constructivas diferenciadas: La primera se inicia en 1075, según el Liber Sancti Jacobi; la última piedra se coloca en 1122 y se consagra en 1128. La segunda y conclusiva comienza en 1168, cuando el capítulo encarga al Maestro Mateo el cerramiento de los pies del templo. Y la catedral se consagra definitivamente en abril de 1211, la mañana del jueves de la segunda semana de Pascua, por el arzobispo Pedro Muñiz, en presencia del rey Alfonso XI de León y su hijo.   

Se considera al Maestro Mateo autor de la puerta oeste, una de las cuatro que dan acceso a la basílica y la que con mayor fidelidad ha conservado su formato inicial: el Pórtico de la Gloria. Un conjunto extraordinario que sobrecoge a sus coetáneos y sigue impresionando al visitante de hoy. Y que compone un espacio sagrado que nos envuelve. Un amplio nártex alojado entre las dos torres de la fachada, que pone ante nuestros ojos una completa visión apocalíptica.

La duración de esta obra está bien situada en el tiempo: no comienza antes de 1168, fecha del privilegio de Fernando II de León, en el que se encomienda a Mateo la obra del templo, y está concluida en abril de 1188, como se muestra en el dintel del Pórtico. Veinte años después.

Nos acoge a la entrada el apóstol Santiago entronizado en el parteluz, sobre un fuste de mármol con el árbol de Jesé, genealogía humana de Cristo, que se completa con la genealogía divina, esculpida como Trinidad- Trono de Gracia, en el capitel. Sobre y en torno a él, todo el pórtico guarda una inusual perfección y simetría. En el primer cuerpo de columnas se representan profetas y apóstoles: Moisés, Isaías, Daniel y Jeremías, confrontados con Pedro, Pablo, Santiago Zebedeo y Juan. El tímpano central está presidido por un impresionante Cristo sedente que muestra sus llagas, flanqueado por los evangelistas. La visión apocalíptica continúa con los ángeles que llevan las Arma Christi, con las manos veladas en los portadores de instrumentos que han estado en contacto con el cuerpo de Cristo. Y en torno al arco, se sientan los veinticuatro ancianos con los instrumentos que van a iniciar la música en honor al Cordero. Instrumentos representados con tan asombrosa y detallada precisión que constituyen el más valioso testimonio de la organología medieval.

Y en las arquivoltas de las puertas laterales se presentan la Anástasis y el Juicio Final, con los bienaventurados como niños amorosamente acompañados por ángeles que, a veces, se vuelven curiosos y asustados para mirar los castigos que los demonios infligen a los réprobos. Frente al tímpano, ángeles y serafines, junto con las imágenes de las estatuas columnas y los ángeles trompeteros de las esquinas completan el ambiente apocalíptico.

En el año 1519 el cabildo decide cerrar la catedral por la noche, alterando la visión exterior del pórtico. Y en 1738 se derriba la fachada medieval para sustituirla por el Obradoiro. Con ello, desaparece el antiguo imafronte, que podemos reconstruir virtualmente casi en su totalidad gracias al dibujo de 1657 del canónigo Vega y Vedugo y a las piezas recuperadas, alguna de difícil contemplación, expuestas en el Museo del Prado, hasta marzo de 2017, junto a una estatua columna, feliz hallazgo aparecido en las recientes obras de restauración.

El Pórtico es una asombrosa obra de síntesis que aúna los conocimientos técnicos, artísticos, teológicos, litúrgicos, musicales y simbólicos del momento, con el aliento apocalíptico. Y crea una atmósfera dotada de una armonía y una belleza cuya sofisticación espacial y plástica no va a ser igualada hasta el Renacimiento italiano.

El director de esta obra maestra, que inaugura el naturalismo en el arte español y crea un nuevo modo de concebir el arte en el que introduce por primera vez de manera explícita la fórmula del diálogo, no es otro que el apellidado tantas veces “misterioso” Maestro Mateo.

No tan misterioso. Menos, si se compara con los constructores de catedrales de su tiempo. Respecto a su origen se han enunciado diversas conjeturas,  aunque hoy los estudiosos asumen su origen leonés, algo que concuerda con la tradición que le hace hijo de Pedro Deustamben, el Pedro Peregrino del Codex, destacado constructor en el Camino, cuyos restos reposan en la basílica de San Isidoro de León, de cuya reforma y finalización fue responsable.          

En cuanto a su trayecto vital -si se acepta el documento que lo acredita como director de la obra de refacción del puente romano (pons caesaris) de Puentecesures “en 21 de octubre de 1161, construía el maestro Mateo el puente de Cesures”- se extendería entre la proximidad de 1140 y el año 1217, una larga y productiva existencia, el octavo centenario de cuyo final vamos a conmemorar en 2017 con la apertura al público de su pórtico restaurado.

Junto a un posible origen geográfico y familiar y una verosímil cronología, hay dos documentos incontestables: el ya citado privilegio del rey Fernando II, y el epígrafe del dintel del Pórtico: “En el año de la Encarnación del Señor, 1188, día de las calendas de abril, los dinteles del pórtico principal de la iglesia del Bienaventurado Santiago fueron colocados por el Maestro Mateo, que dirigió este portal desde los cimientos”. Inscripción que denota un gesto de arrogancia al presentarse   como artífice exclusivo de la obra y omitir a cita de los obispos, el cabildo e incluso el del rey, detalle que abona la leyenda que le atribuye el pecado de soberbia.

En el año de la Encarnación del Señor, 1188, era MCCXXVI, á 1.º de Abril, fueron
asentados los dinteles del Pórtico principal de la iglesia del bienaventurado Santiago,
por el maestro Mateo, que dirigió la obra desde los cimientos.

  

Aunque, en la finalización de su trabajo, se haya representado de rodillas, según cuentan, en un gesto de arrepentimiento o humildad, al pie del pilar central de su obra y de espaldas a ella. El popular Santo dos Croques.    

De su formación, los expertos apuntan a que se realiza en el círculo compostelano, enriquecida con la influencia de lo borgoñón y, con toda probabilidad, de lo parisino, pues Gelmírez manda a sus jóvenes maestros y aprendices más dotados a Francia, a París.

Pero Mateo no es sólo el escultor superdotado que se ha considerado tradicionalmente. Hoy existe un consenso generalizado de que su papel es el de un gran director de obras que durante más de cuarenta años (1168- 1211) lleva a cabo la remodelación y finalización del cuerpo occidental de la catedral: cripta, últimos tramos de la nave y el macizo oeste, torres, portal abovedado con apertura al exterior, tribuna…; así como una total puesta a punto del edificio con el fin de remozar, monumentalizar y unificar su aspecto exterior, rehaciendo la vieja arquitectura para adaptarla a los nuevos tiempos –portadas, vanos, iluminación- e interior, con la creación de un extraordinario coro pétreo en el corazón catedralicio y la colocación de la estatua de Santiago el Mayor entronizado detrás del altar mayor, una estatua que repite el modelo del Santiago sedente del parteluz.

Algo sabemos, pues, de nuestro maestro. Además, se deduce de la documentación alguna de las propiedades urbanas que poseyó en la ciudad (“Das casas que foron de mestre Matheu”), y casi con certeza el emplazamiento de la casa en que vivió, frente a la puerta septentrional de la basílica. También, que fue laico y tuvo familia, al menos un hijo: el maestro Pedro Mateo.

No es poco en el silencioso mundo de los constructores medievales.

Pero tenemos sobre todo su legado y su memoria artística. Su tarea monumental, su catedral, su Pórtico. La obra a la que dedicó toda una vida, y que hoy, más de doscientos años después, sigue inundando nuestro corazón de contento y maravilla.