13 de octubre

El Barroco en Villafranca

Pensar y vivir en los siglos del Barroco: las artes

Dña. Pilar Andueza Unanua
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

 

Dado que Villafranca se erige como uno de los conjuntos urbanísticos y monumentales más relevantes del Barroco navarro, la conferencia impartida tuvo como objeto ofrecer un panorama general de este movimiento artístico y cultural. La exposición de sus características y manifestaciones más significativas sirvieron para contextualizar lo ocurrido en la villa navarra durante buena parte de la Edad Moderna.

Nacido en Italia y desarrollado durante el siglo XVII y buena parte de la centuria siguiente en Europa e Hispanoamérica, el Barroco se presenta como un sistema ideológico y cultural por medio del cual las monarquías absolutas europeas y la Iglesia trataron de mantener los principios sobre los que se sustentaban, instrumentalizando el arte y las imágenes con fines propagandísticos. La Francia de Luis XIV y la Contrarreforma católica se erigen como máximos exponentes de todo ello. Esta operación alcanzó su máxima expresión en la denominada fiesta barroca, que actuó, en palabras de Blasco Esquivias, como un bálsamo social en aquella sociedad llena de desigualdades y desequilibrios. 

Frente al triunfo de la razón durante el Renacimiento, el Barroco fue un movimiento artístico destinado a cautivar los sentidos y a producir un impacto sensorial en el espectador, tanto en el ámbito civil como en el religioso. En éste sentido la Iglesia católica utilizó todos los recursos orales -sermones- y plásticos a su alcance, a los que sumó la música, con tres fines: docere, delectare et movere, siguiendo así en buena medida los principios de la retórica aristotélica. 

El arte barroco irradió en dos grandes direcciones: por un lado se percibe el gusto y el interés por la realidad, por lo inmediato y por lo cotidiano. Pero por otro se observa también una la inclinación hacia la apariencia, lo monumental y lo sorprendente. Ejemplos de lo primero los hallamos en la pintura holandesa, con sus retratos, individuales y colectivos, sus paisajes, sus naturalezas muertas o sus escenas costumbristas, destinadas a su potente burguesía. Pero también es visible en la pintura de Velázquez. Ante la viveza del rostro en el retrato de Inocencio X, no nos extraña que el sumo pontífice exclamara al verlo “vero troppo”, como tampoco sorprende que Sandrart afirmara al contemplar el retrato de Juan de Pareja en la exposición del Panteón de Roma: “todo lo demás era pintura. Sólo ese era verdad”. Esta misma tendencia es visible entre los escultores, entre los que el gran Bernini dio vida propia a sus retratados gracias a su virtuosismo técnico y a su profundización psicológica, como vemos en los retratos del cardenal Borghese o Constanza Bonarelli. Por su parte lo deslumbrante tiene como trasfondo una manifestación del poder y un fin propagandístico. El Salón de los Espejos de Versalles, los extraordinarios jardines, o las bóvedas pintadas por Gaulli y Pozzo en las iglesias del Gesú y San Ignacio de Roma resultan magníficos exponentes de todo ello. 

El Barroco reflejó la realidad y lo cotidiano 
como se ve en los bodegones holandeses.
Willem Claesz Heda

Un extraordinario ejemplo del gusto por la apariencia, 
lo monumental y lo sorprendente lo hallamos en el Salón de los espejos de Versalles

La Iglesia católico utilizó las imágenes con tres fines: docere, delectare y movere.
Andrea Pozzo: Bóveda de la iglesia de San Ignacio. Roma

 

Entre las características más significativas del Barroco debemos destacar su carácter pictórico, no sólo visible en la pintura heredera de la escuela veneciana, sino también en la arquitectura y escultura donde se opta por la mezcla de materiales, el gusto por la policromía y la luz. Los colores vibrantes de la pintura de Rubens o el juego de mármoles de colores en la basílica de San Pedro sirven como muestra, como sirve también la policromía de la rica imaginería religiosa española, o algunos muebles realizados con pan de oro, carey o piedras duras. 

El Barroco mostró también un extraordinario interés por la luz, a veces muy contrastada. Resulta muy visible en la pintura, especialmente la tenebrista, pero también por su efecto cambiante sobre un interior arquitectónico como el transparente de la catedral de León. 

La preocupación espacial fue una constante. De ella derivó el gusto por el movimiento, por las formas abiertas, diagonales y asimétricas, visibles en todas las artes. Así San Carlino, de Borromini, resulta un ejemplo en este sentido, como lo son las esculturas de Bernini o nuevamente la pintura de Rubens. Íntimamente ligado a ello va el interés por el ilusionismo y la teatralidad, como vemos en la capilla Cornaro, la Fontana de Trevi o la Plaza de España de Roma, o en las escaleras imperiales que llenaron los palacios europeos.

El gusto por la escenografía y la teatralidad 
se pone de manifiesto en las grandes escaleras imperiales.
Palacio de Wuzburgo

 

La fusión de las artes fue una máxima del Barroco, donde todas las artes, incluidas las decorativas se dieron la mano. Capillas como la de Santa Ana de Tudela o la del Rosario en Puebla de los Ángeles (México) o muchas iglesias centroeuropeas lo ponen de manifiesto con claridad. 

El interés por el color, la luz, 
la preocupación espacial y el movimiento, 
así como la escenografía y la fusión de las artes 
se aprecia en la iglesia de San Juan Nepomuceno de Munich

 

Finalmente la magnificencia estuvo siempre muy presente. Siguiendo el principio aristotélico, quien tenía medios económicos y una preeminencia social, estaba obligado a gastar de acuerdo con su posición económica y social. Esta idea favoreció un gran desarrollo no sólo de la arquitectura, la escultura y la pintura, sino también, y de una manera muy especial, las artes decorativas, desde los bordados hasta el mobiliario, pasando por el arte de la platería, los tapices o la joyería.