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Diez años de Gran Hermano

Alejandro Navas, Profesor de Sociología, Universidad de Navarra

Diez años de Gran Hermano

lun, 26 abr 2010 09:26:00 +0000 Publicado en Heraldo de Aragón

El 23 de abril del 2000 comenzó a emitirse la primera edición de Gran Hermano. Diez años transcurridos y once ediciones: nuestro país ha establecido un récord mundial de duración para el programa estrella de la telerrealidad. De los aspectos técnicos se han ocupado suficientemente los críticos televisivos. Aquí me interesa más bien analizar lo que nos dice este fenómeno sobre la sociedad española. ¿Qué tipo de público demanda una dosis tan desmesurada de un reality show de tales características?

Cuando el programa empezó a emitirse, los responsables de Telecinco nos lo vendían como un "experimento sociológico". Al día de hoy, Mercedes Milá ha variado ligeramente ese discurso: "Ahora es más que un experimento sociológico, es antropológico". No es necesario rebatir una pseudoargumentación lamentable, que más bien nos indigna por lo que entraña de hipocresía o incluso cinismo. En todo caso, el experimento radicaría en el comportamiento del público, de los millones de personas que le guardan una fidelidad aparentemente inconmovible. ¿De qué se trata, al fin y al cabo, en Gran Hermano? Básicamente, de ver quién se pelea con quién y quién se acuesta con quién. Sexo y violencia, la vida y la muerte, los dos grandes asuntos dramáticos de siempre.

Además, en este caso hay un componente competitivo y el público es juez. La sensación de poder que se obtiene al votar y decidir la suerte de los concursantes proporciona un placer añadido. Estamos ante una nueva versión del viejo juego entre exhibicionismo y voyeurismo. Mucha gente está dispuesta a mostrar a millones de espectadores lo que apenas contaría al médico, al confesor o a un pariente de confianza en un clima de intimidad y discreción. Y millones están a la espera, anhelantes por devorar esas peripecias supuestamente dramáticas (entretanto sabemos que el término de telerrealidad resulta engañoso: hay mucho guión y montaje preparado detrás de esa aparente espontaneidad; sólo así se asegura el nivel deseable de morbo). Contemplar las desdichas ajenas viene a erigirse en un mecanismo compensatorio de la propia mediocridad: los demás, y no digamos si son algo famosos, también lloran. No importa que ese juego se salde con una alarmante pérdida de profundidad o densidad vital. Como decía el filósofo Karl Jaspers en los comienzos de la televisión, tal vez intuyendo la que nos venía encima, "ser espectador es no existir".

Mucha gente parece abdicar de su propia vida, renunciando a todo protagonismo y viviendo de forma parasitaria, como una prótesis de la pantalla, donde se desarrollaría la vida que realmente cuenta. La emigración al mundo virtual lleva consigo con frecuencia una disminución del capital social, de las relaciones cara a cara con personas de carne y hueso. Aparte de los interlocutores con que la gente se relaciona en las redes sociales, muchos incorporan a los personajes televisivos, incluidos los de ficción, a su círculo de amistades, dándoles un papel relevante en la propia vida.

Me produce inquietud, además, un hecho previo a la emisión del programa: las docenas de miles de candidatos que se presentan al casting para ser seleccionados. La llegada del autobús que recorre el país constituye todo un acontecimiento en numerosas localidades. Durante siglos se pensó -y se vivió- que la fama era consecuencia de logros destacados en los diversos ámbitos: la profesión, la milicia, la creación artística o científica, el deporte. El talento era presupuesto imprescindible de la notoriedad. Ahora no: para ser famoso, aunque sea de modo fugaz, basta con pisar el plató y "montar el número" -preferentemente, con los ingredientes mencionados de sexo y violencia; además, resulta imprescindible gritar e insultar-. Hay aquí una perversión de la cultura del esfuerzo que tanto costó implantar en nuestra sociedad, y se hace un flaco servicio a nuestros adolescentes dejando que se deslicen por esa pendiente.

"Cuanto más estúpido es el programa emitido, más inteligente se cree la audiencia", declaraba en los noventa Helmut Thoma, a la sazón director general del canal RTL, uno de los pioneros de la televisión basura europea.  Da pena que esas palabras puedan aplicarse a nuestro público.