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Alejandro Navas García, , Profesor de la Facultad de Comunicación

Alguien tiene que dar el primer paso

En el aniversario del asesinato a manos de los nazis de los líderes del movimiento de La Rosa Blanca, el autor recuerda que nos enseñaron que no se requerían especiales luces para desenmascarar a un régimen perverso

vie, 22 feb 2013 10:16:00 +0000 Publicado en Diario de Navarra

 

Así respondió la joven Sophie Scholl al Tribunal del Pueblo que la interrogaba, acusada de pertenecer a "La Rosa Blanca". Para más inri, Sophie pronunció esas palabras con una pierna rota, a consecuencia de la tortura que sufrió previamente a manos de la Gestapo. Un grupo de estudiantes, con la colaboración de algunos profesores, habían hecho algo tan sencillo como repartir panfletos que denunciaban las atrocidades del régimen nazi. Acompañaron esa acción de pintadas contra Hitler en la Universidad de Munich. Cinco estudiantes integraban el núcleo inicial del movimiento, que pronto consiguió adeptos en otras ciudades alemanas.

El interrogatorio, celebrado el 22 de febrero de 1943, fue breve, y la sentencia condenatoria se ejecutó sin dilación: los hermanos Scholl -Sophie y Hans- y Christoph Probst, líderes del grupo "subversivo", fueron guillotinados ese mismo día. Los demás integrantes de La Rosa Blanca corrieron igual suerte a lo largo de los meses siguientes. Los acusados de simple colaboración sufrieron condenas de prisión, entre seis meses y diez años. El nerviosismo, incluso temor, del régimen nazi ante ese brote de resistencia era notorio. Cuesta advertir proporción entre el alcance de la protesta -los estudiantes no pudieron publicar más que siete sencillos panfletos - y la brutal respuesta del Gobierno.

Cuando La Rosa Blanca empieza su actividad, Hitler llevaba casi diez años en el poder -hemos recordado recientemente el 80º aniversario de su acceso al Gobierno--. Después de exhaustivas investigaciones, conocemos casi todo sobre la vida del personaje.

Pero hay algo que todavía sigue inquietando a los estudiosos: cómo un monstruo de esa calaña pudo llegar a la cumbre de la sociedad más culta y desarrollada de su tiempo. La humillación colectiva impuesta por la paz de Versalles, que alimentó el nacionalismo resentido, o la crisis económica, con su inflación galopante -grabada a fuego en el imaginario alemán hasta el día de hoy, y que explica buena parte del comportamiento económico de Angela Merkel-, no bastan para explicar la diabólica fascinación que pudo ejercer Hitler sobre tantos millones de alemanes.

Sophie Scholl y sus amigos nos enseñan que no se requerían especiales luces para desenmascarar a un régimen perverso. Bastaban un mínimo de honradez intelectual y de fortaleza de carácter y la decisión de hablar, de no callar ante la injusticia. El silencio nos convierte tantas veces en cómplices de la iniquidad. Y cuando todos miran a otra parte y enmudecen -por ejemplo, cuando los judíos del barrio desaparecen-, alguien tiene que dar el primer paso. No hacen falta largos y sesudos parlamentos. Los textos de La Rosa Blanca destacan por su simplicidad. Ante la institucionalización de la barbarie se trataba de recordar lo más básico sobre la dignidad humana y sus exigencias.

Dar la cara en situaciones límite resulta más fácil si se cuenta con amigos leales. En el germen de La Rosa Blanca está una tertulia de estudiantes, que se reunía para hablar de filosofía, ciencia y arte. La perseverancia en el bien se facilita si uno vive rodeado de personas íntegras, que dan buen ejemplo.

He recordado las peripecias de esos jóvenes heroicos hace unos días, hablando con Pablo Herreros y Mario Tascón durante su reciente visita a Pamplona. Tenemos aquí otro ejemplo de palabra valiente, que cuestiona el establishment mediático y político. El bloguero Pablo se "atrevió" a criticar la práctica televisiva de pagar a delincuentes para que acudan a los programas. De modo inesperado, la denuncia de La Noria adquirió notoriedad, y su llamamiento a las empresas que financiaban el programa resultó eficaz: la retirada de esa publicidad provocó la desaparición del programa y la ira de Telecinco, que pretendió llevar a Pablo ante la justicia y a la cárcel. Mario Tascón, pionero del periodismo online en España, logró movilizar a decenas de miles de ciudadanos en defensa de Pablo, y esa presión social (y la conocida aversión de las empresas a la foto en la entrada del juzgado) hizo retirar la querella.

Vivimos en una sociedad inficionada por la corrupción. Habrá que ver si los Gobiernos, partidos políticos y líderes sociales son capaces de suscribir esos pactos de los que se habla y, sobre todo, de cumplirlos una vez firmados. Pero lo que podemos hacer todos, cada uno en su sitio, es hablar, denunciar al corrupto y al delincuente. La resignación que lleva al desaliento se convierte fácilmente en complicidad, y los corruptos, incansables e imaginativos, se aprovechan de nuestra pasividad. Aguantar el tipo en solitario puede resultar difícil. La Rosa Blanca era, sobre todo, un grupo de buenos amigos. Pablo Herreros encontró el apoyo de Mario Tascón y de algunos otros. Nosotros también deberíamos intentar compartir ese afán de honradez, aunque no sea más que para tener cerca alguien con quien desahogarnos. A partir de la acción de esos pequeños grupos, desde abajo, será posible enderezar el rumbo de esta sociedad desnortada.