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Olga Lizasoáin Rumeu, Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

Tras el huracán del cáncer

sáb, 19 oct 2019 10:14:00 +0000 Publicado en Diario de Navarra

Soy una superviviente de cáncer y esto hace que me sienta muy especial. Son muchas las voces comprometidas en defender que uno es superviviente desde el mismo día del diagnóstico. Yo no tengo la menor duda. De la noche a la mañana tienes la impresión de haberte salido de la carretera, de encontrarte tirada en una cuneta. De sentirte bien, a tener cáncer; del control de tu vida, al hospital; de los proyectos profesionales, a las pruebas médicas; de los planes de ocio, a la quimioterapia. El diagnóstico inicial viene seguido de un huracán que parece arrasarlo todo.

Sin digerir esta nueva realidad toca afrontar dos pasos de gigante. Uno, el someterte a todas las pruebas médicas complementarias y dos, la comunicación de la noticia a familiares y demás personas de tu entorno. Sea como sea o cuando sea, esta comunicación te libera y contribuye a asimilar tu nueva realidad. El callar, el ocultar, el esperar, el temor a causar dolor a los que más quieres, se convierte en una carga añadida muy pesada. Por muy hondo que respires lloras con solo empezar a pronunciar las primeras palabras. Este llanto, este quiebro tan profundo en tu voz, hacen que el otro se prepare, se sitúe rápidamente ante lo que vas a transmitir, allanando el camino de la comunicación. Su incredulidad, su silencio, su mirada, sus lágrimas, su empatía, su ´no sé qué decir´, su abrazo, su apoyo, su fuerza, su cariño, su ánimo, su confianza y ese estoy aquí para ti, son los anclajes perfectos en esta caída libre. En este proceso hay mucha soledad, si bien la presencia, el cariño y la cercanía de la gente que te quiere, son la fuerza para avanzar con optimismo.

En el afrontamiento de la enfermedad se produce un proceso de duelo interno, frente al cual se identifican una serie de etapas que comienzan con la negación e incredulidad, presentes en el momento de la comunicación del diagnóstico. Actúan como un mecanismo de defensa que filtra la información e impide que caiga de golpe. Al ir tomando conciencia de las pérdidas que supone la enfermedad, les siguen reacciones de enfado, ansiedad, miedo, angustia y rabia, junto con un sentimiento de incomprensión por parte de los demás. Se abre así un período de decaimiento, frustración, pérdida de control y abandono. Se culpa a agentes externos para más tarde culparse a uno mismo. Aparecen alteraciones del sueño, del apetito, en las relaciones sociales y familiares, junto con una falta de interés generalizado por las cosas. Poco a poco se va asimilando el diagnóstico, aunque la incertidumbre ante la evolución de la enfermedad y el efecto de los tratamientos estará presente a lo largo de todo el proceso. Se trata de ir aprendiendo a convivir con las imposiciones de la enfermedad para permitirse continuar con el curso de la vida.

Tras el ciclón pavoroso del diagnóstico llega el parón de la vida cotidiana que, junto con los sentimientos de fragilidad y vulnerabilidad acompañan el lento recorrido por la senda de la cirugía, de la quimioterapia y de la radioterapia.

Una vez oí que las dos palabras más bonitas no son “te quiero” sino “es bueno”. Cuando en el momento del diagnóstico no has tenido la suerte de escucharlas, las dos siguientes son “ha desaparecido”. Sientes ese deseo inmenso de volver a reencontrarte frente al espejo con brillo en los ojos y con expresión de vida, que tanto la quimio, como el miedo y la tristeza, han ido neutralizando.

Dicen, y así es, que tras un cáncer los duendes del miedo a la recaída siempre están ahí, alertas, activando su presencia de manera especial cuando se acercan las consultas médicas de control, o esos días en los que uno, simplemente, no se encuentra bien. Los expertos recomiendan bajarles el volumen para que no hagan mucho ruido. Esto me enseña que los miedos y otros muchos sentimientos relacionados con el proceso oncológico no desaparecen así como así. Están ahí, en algún rincón. Es complicado, por ello, establecer el equilibrio entre lo que eras antes del diagnóstico y lo que eres ahora; entre la vuelta a la normalidad y la dureza de lo vivido.

Así, al finalizar los tratamientos comienza, paulatinamente, el volver a mirar el mundo más allá de ti, con ilusión y con la perspectiva que da el camino recorrido. Te invade entonces la sensación de que no vas a tener tiempo para todo aquello que quieres hacer, para comerte la vida a mordiscos, o a pequeños sorbos que tampoco hay prisa, tan solo ganas, muchísimas ganas.