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Carlos Manuel Gamazo de la Rasilla, Profesor de Microbiología de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra

¿Y si los antibióticos dejan de funcionar?

El año pasado murieron en el mundo 700.000 personas por bacterias resistentes a los antibióticos. Y si no hacemos nada para remediarlo, la previsión para el 2050 será de 10 millones de muertes. 40.000 de ellas, en España.

vie, 18 nov 2016 12:09:00 +0000 Publicado en El Diario Montañés

Estamos en el año 2050. Sonia tiene 4 años y ha pasado muy mala noche, con fiebre alta, tos y dificultades para respirar. Acude con sus padres a la consulta. Allí, el médico toma una muestra de sus secreciones, la introduce en un aparato y al cabo de unos minutos obtiene el resultado: se trata de una infección producida por neumococo. El sistema también le informa de la serie de antibióticos que puede administrarle para acabar con la infección. Todo esto suena muy bien, el pronóstico es de recuperación total; sin embargo, si esa misma niña acudiera al médico hoy, en noviembre de 2016, éste no sería capaz de obtener esa información con tanta rapidez y, lo que es más grave, tampoco dispondría de tal variedad de antibióticos para eliminar la infección. Los antibióticos que ayer eran eficaces para combatir infecciones bacterianas, hoy ya no lo son. El año pasado murieron en el mundo 700.000 personas por bacterias resistentes a los antibióticos. Y si no hacemos nada para remediarlo, la previsión para el 2050 será de 10 millones de muertes. 40.000 de ellas, en España. Si no hacemos nada, Sonia no tendrá tanta suerte.

¿Por qué hay ahora más bacterias resistentes que antes Un antibiótico es un agente químico capaz de inactivar y, en ocasiones, destruir, bacterias. Las bacterias, por su parte, se multiplican muy rápido y cometen errores, de tal forma que aparecen con mucha frecuencia variantes (mutantes, en el argot biológico). El empleo masivo e indiscriminado de antibióticos elimina a las bacterias sensibles, pero sobreviven las nuevas bacterias mutantes resistentes, convirtiéndose en mayoritarias. Éstas se transmiten después entre nosotros y a nuestros hijos, ya sea directamente e incluso a través de los alimentos (hasta un tercio de los patógenos bacterianos más resistentes a los antibióticos se encuentran en los alimentos).

¿Quién tiene la culpa ¿Podemos hacer algo La culpa la tenemos todos, porque no empleamos bien los antibióticos, porque las granjas de producción animal abusan de ellos, porque los gobiernos no legislan ni controlan adecuadamente su uso, porque no se apoya la investigación y porque no comunicamos bien. No obstante, aún estamos a tiempo de actuar. Podemos informarnos y concienciarnos con iniciativas como la de hoy, 18 de noviembre: Día europeo para el uso prudente de los antibióticos.

Precisamente la Unión Europea reunió hace unos meses, por primera vez en su historia, a sus ministros
de salud y de agricultura y ganadería para discutir sobre la amenaza de la resistencia a los antibióticos: «El uso indiscriminado de antibióticos en las explotaciones ganaderas está directamente ligado al incremento de la resistencia a los antibióticos», concluyeron. El mensaje era claro, incuestionable. El problema radica ahora en su cumplimiento.
La Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) ha detectado que de 130 países evaluados, más de 110 no disponen de una legislación para el uso prudente de los antibióticos. Si esto sigue así, y estos productos están disponibles en venta libre, el escenario para los años venideros pinta muy gris.

Los propios profesionales de la medicina, al no disponer de los medios necesarios para realizar con rapidez el diagnóstico preciso, prescriben antibióticos sin evidencia clara de infección bacteriana. Por otra parte, la mayoría de los ciudadanos no son conscientes de que la gripe y la mayoría de los catarros tienen origen viral, y de que los antibióticos no son eficaces frente a ellos. No son conscientes de que emplearlos inadecuadamente, tomarlos sin receta o incumplir las pautas y dosis prescritas harán que, trágicamente, las bacterias resistentes ganen la batalla.

El mensaje es claro, hay que emplear racionalmente los antibióticos que aún funcionan y, además, apoyar a la investigación para disponer de nuevos antibióticos. Se requieren esfuerzos a nivel internacional, leyes que se cumplan, más formación y mejor comunicación. Aún se puede plantar cara a este grave problema.