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Cercanía, disponibilidad y colaboración

17/01/2024

Publicado en

Diario de Navarra

Gregorio Gutián |

Decano de la Facultad de Teología

En el Concilio Vaticano II se usa el término latino “conspiratio” para referirse a quienes tienen el encargo de confesar, conservar y poner en práctica la fe recibida de los Apóstoles. En el número 10 de la Constitución “Dei Verbum” se lee que esta acción tiene lugar cuando “prelados y fieles colaboran estrechamente” (“Antistitum et fidelium conspiratio”). En este texto, la “conspiratio” es la acción de quienes “respiran juntos”, es decir, de quienes participan de un mismo espíritu a la hora de cumplir una misión.

La Universidad de Navarra es una de esas empresas que, a partir del germen puesto por san Josemaría Escrivá, se ha desarrollado gracias a que muchas personas han comprendido el espíritu evangélico que la anima, que es el de poner todos los medios para que quien lo desee encuentre una manera concreta de desarrollar su capacitación profesional, su potencial de servicio a la sociedad y su personalidad humana y cristiana. Comenzaron la Universidad unos pioneros (Ismael Sánchez Bella, José María Albareda, Juan Jiménez Vargas, Federico Suárez, Álvaro D’Ors, y tantas y tantos otros) pero han sido miles las personas que la han situado en el lugar en el que hoy se encuentra gracias a su trabajo, estudio y apoyo. Todos ellos han “respirado juntos”, han alentado un mismo espíritu que los ha hecho capaces de cosas grandes.

Este es el marco para el reconocimiento que ahora deseo manifestar a Monseñor Francisco Pérez González, que ha sido Arzobispo de nuestra diócesis durante dieciséis años. D. Francisco llegó a la Universidad, no en su etapa de formación teológica, ni cuando defendió su tesis doctoral, sino al ser nombrado por Benedicto XVI pastor de esta Iglesia diocesana de Pamplona-Tudela. Fue tomando contacto con las diversas instituciones y, entre ellas, con la Universidad de Navarra. Pero esta universidad no es solo una institución académica sino también una obra corporativa de la Prelatura del Opus Dei y, por tanto, una realidad íntimamente vinculada a la misión de la Iglesia en el mundo. Pronto pudimos percibir que nuestro Arzobispo se hacía cargo de lo que la Universidad de Navarra quiere llevar a cabo al servicio de la sociedad y de la Iglesia: formar profesionales que sean personas maduras con vocación de servicio a la sociedad y, si son cristianos, conscientes de su responsabilidad histórica. Durante estos años hemos sentido que D. Francisco se ha unido a este empeño, y así también nosotros somos muy conscientes de ese “respirar juntos” en la tarea evangelizadora de la Iglesia en Navarra y en el mundo.

Diría que esa relación entre nuestro Arzobispo y la Universidad se puede resumir en tres palabras: cercanía, disponibilidad, colaboración.

Su cercanía la han comprobado no solo las autoridades académicas, que han encontrado en él ánimo y aprecio, sino también los empleados y los estudiantes. El estilo de D. Francisco le lleva a relacionarse con las personas que encuentra en cualquier situación, lo mismo con quienes tienen altas responsabilidades que con la gente corriente que se mueve por el campus. Con frecuencia he sido testigo de cómo nuestro Arzobispo se detenía con unos y otros por el campus, y tenía con ellos una palabra amable y animante. Recuerdo, por ejemplo, que en una ocasión casi se sienta con un grupo de estudiantes que estaban tomando unas cervezas en La Terraza del Museo.

En cuanto a su disponibilidad, en numerosas ocasiones ha presidido la Misa de inauguración del curso académico de la Universidad y ha sido raro que, ante una petición de asistencia o participación en jornadas o actos académicos, su respuesta haya sido “no puedo”. Si lo que se le pedía coincidía con un compromiso anterior, inmediatamente D. Francisco ha buscado la alternativa más conveniente. Como decano de la Facultad de Teología me ha ocurrido más de una vez tener que acudir a él en petición de auxilio ante la ausencia repentina de algún obispo que estaba comprometido para alguna actividad. Siempre lo he hecho con la confianza de que, si estaba en su mano, acudiría a donde fuera necesario.

Finalmente, la colaboración de D. Francisco, más que una acción directa, ha sido con frecuencia el ánimo de quien sabes que entiende lo que estamos haciendo, la comprensión de nuestro servicio y su ayuda concreta en aspectos en los que era necesaria o conveniente la intervención del obispo.

En definitiva, al despedirse de nuestra diócesis tras estos años de fecundo ministerio episcopal, D. Francisco también se lleva de la Universidad de Navarra un hondo agradecimiento y el reconocimiento de su espíritu de comunión, que nos ha llevado a “respirar juntos” para hacer posibles tantas cosas buenas.

Esperamos que pueda disfrutar de su nueva etapa y poder seguir contando con él en esta que siempre será su casa.