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El K-pop, la sociedad del espectáculo y la eterna pregunta por el mal

15/01/2026

Publicado en

ABC

Raquel Cascales |

Profesora de Ética y Estética de la Universidad de Navarra, así como investigadora del grupo Religión y sociedad civil del Instituto Cultura y Sociedad.

A primera vista, KPop Demon Hunters (Kang y Appelhans, 2025) podría pasar por una película de anime adolescente, un entretenimiento más de la sociedad del espectáculo. Pero detenerse en esta capa superficial sería quedarse corto. Tras ritmos pegadizos, la película esconde el auge de la cultura coreana, una llamada de atención sobre la situación psicológica de nuestra sociedad y, por último, una reflexión filosófica sobre las elecciones vitales. 

Un espectáculo pop

En el nivel inmediato, la película ofrece un despliegue visual y sonoro propias del K-pop: coreografías milimétricas, estilismos llamativos y un ritmo sin tregua. Las protagonistas encarnan distintos perfiles: guerreras con rasgos diferenciados, simpáticas y divertidas, capaces de conectar con públicos muy diversos. 

La película, de hecho, ha tenido una buenísima acogida en Occidente, pese a que no renuncia a una estética y simbología profundamente coreana. Y, precisamente, ahí radica el éxito del soft power coreano. Este país ha conseguido que le situemos en el mapa gracias al consumo de su industrial audiovisual (es evidente el auge de los Korean Dramas), así como de su industria musical. A través de ellas se proyectar una imagen vibrante y atractiva al mundo, que se expande a otros ámbito como la cocina o la belleza corana. No obstante, esta estrategia tiene su reverso: la explotación de los idols, la sexualización de menores y la presión inhumana de un sistema que convierte a sus artistas en productos.

La película no esquiva del todo estas tensiones y recoge también críticas sociales universales: la exigencia de las redes sociales, los fenómenos idolátricos de masas, la pugna entre tradición y modernidad (tan presentes en la obra de Miyazaki) o la brecha social entre ricos y pobres, retratada con crudeza en Parásitos (Joon Ho, 2019). Pero la pregunta persiste: ¿es esta capa suficiente para explicar que KPop Demon Hunters se haya convertido en la película más vista de la historia de Netflix y que sus canciones lleven semanas encabezando las listas globales?

¿Esconder las heridas?

Aquí la historia toca una fibra antropológica y psicológica. Todos llevamos heridas, asuntos no resueltos que reaparecen sin que podamos dominarlos del todo. La película plasma con acierto cómo, en una sociedad que exige perfección, mostrar la vulnerabilidad es un riesgo, ya que podemos salir todavía más heridos.

El caso de la protagonista, Rumi, resulta paradigmático. Aparentemente no tiene ningún trauma, aunque en su cuerpo latan cicatrices. Está convencida de que cuando el exterior esté en orden, sus problemas desaparecerán. Sin embargo, como ya ocurre con otro héroes (de Hércules a Neo o Frodo) el camino pasa por la aceptación. Solo aquellos que consiguen atravesar sus propios abismos, pueden acompañar a los demás en el suyo. 

En el resto de personajes la cuestión se agrava, pues muestra cómo, incluso pequeñas inseguridades, pueden convertirse en pensamientos obsesivos machacantes (“lo hiciste mal”, “no eres suficiente”) que aíslan y convierten el interior en un infierno. 

Lo mismo ocurría en la cuarta temporada de Stranger Things: el monstruo se alimentaba de las pesadillas íntimas de los protagonistas, agrandándolas y atrapándolos hasta desear la muerte. La salida, como en esas series, no está en la autosuficiencia, sino en la amistad. Los amigos rescatan continuamente cuando acogen nuestras cicatrices. Y esto es cierto en la adolescencia y siempre. En un mundo que siembra odio, polarización y desunión, esta película recuerda el poder de la unión. 

La eterna lucha entre bien y mal

Pero, ¿qué es el mal? Mientras Occidente ha tendido a considerar el mal o el bien como construcciones sociales, las narrativas coreanas vuelven a poner sobre la mesa lo que nos jugamos en esa distinción. 

En El juego del calamar, el mal aparece en su forma más descarnada: violencia, crueldad, desesperación. En KPop Demon Hunters, en cambio, el mal es atractivo, seductor y fascinante, hasta rayar lo idolátrico, como se escucha en la canción “Your Idol”. 

Frente al mal, no existe neutralidad moral y hay qué decidir de qué lado queremos estar. Cada elección configura quiénes somos. Tanto en la serie como en la película se les recuerda, de formas distintas, a los personajes: “tú no eres esa clase de persona”. Las microdecisiones nos configuran moralmente, pero no nos definan por completo. Siempre cabe la redención. De ahí que ambas producciones audiovisuales concluyan con un sacrifico: personajes que entregan su vida para salvar al otro. 

El mal muestra muchos rostros (violencia radical o fascinación estética), pero el bien no tiene un rostro definido. Se manifiesta de forma frágil y sutil en la amistad, en la unión, en la sociedad que cuida, en aquellos que tratan de hacer la vida más amable a los demás.