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Patrimonio navarro exiliado (12). Robo, enajenación y venta de obras de platería

13/09/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Ignacio Miguéliz Valcarlos |

Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

La movilidad de las obras de platería ha sido una constante a lo largo de la historia, motivado por dos de las características principales de estas piezas, por un lado su reducido tamaño y peso, y por otro, su riqueza material, lo cual las hacía el regalo idóneo para ser enviados a sus localidades nativas por navarros que habían hecho fortuna en otras tierras. Y aunque esto propició que llegaran a Navarra numerosas obras argénteas, constituyendo uno de los capítulos más interesantes de la platería navarra, también fue el motivo de la perdida de números alhajas. Así es, el valor del material con el que estaban realizadas estas piezas fue una de las principales causas de su desaparición, ya que en momentos de necesidad económica se recurrió a la plata labrada para fundirla y conseguir efectivo.

Guerras y desamortizaciones. El principio del fin

Las guerras contra los franceses y las carlistas que se vivieron a partir de finales del siglo XVIII y durante el XIX supusieron una importantísima pérdida de obras de plata, sobre todo de aquellas custodiadas por la iglesia. En estas contiendas hubo que sumar al saqueo de algunos templos por parte del ejército, la petición que hizo el gobierno a los obispados de la plata de las iglesias para sufragar gastos de guerra. Los Obispos accedieron a su entrega, a condición de que si alguien estuviese interesado en comprar alguna de las obras, éstas se vendieran, salvándolas así de su destrucción. Prueba de ello es la presencia de una custodia de la iglesia de Gazólaz en la capilla de san Fermín o de otra de santa María de Olite en san Saturnino de Pamplona. A ello hay que añadir las enajenaciones que se produjeron durante las desamortizaciones eclesiásticas, que supusieron la dispersión de la mayor parte de los ajuares argénteos de estos templos.

Y a todo ello hay que añadir varios robos producidos lo largo de estas centurias, como el de la Catedral de Pamplona en 1936 o los de san Miguel de Aralar y san Pedro de la Rúa de Estella en 1979. En el caso de los dos primeros se recuperó la mayor parte de lo robado, mientras que en el de Estella se perdieron piezas como el báculo del Obispo de Patras, obra en esmaltes de Limoges realizada en el siglo XIII.

Seguir el rastro de las alhajas enajenadas es muy difícil, ya que raramente se cuenta con una descripción, dibujo o fotografía que nos permita identificarlas. Sin embargo, el hecho de que estas obras se realizasen en plata, la misma que se usaba para acuñar moneda de curso legal, hizo que se legislase para evitar fraudes, obligándose a estampar en ellas dos marcas, la del autor y la de la localidad donde se había realizado. Mientras que en otros casos son las inscripciones, heráldica o documentación conservada, la que nos habla de la enajenación de piezas y su procedencia. El análisis de todo ello permite que ocasionalmente nos encontramos con la sorpresa de descubrir obras de procedencia navarra en museos y colecciones foráneas, y en el mercado.

Alhajas recuperadas por Museos

Gracias a la documentación conocemos la venta de alguna de estas piezas. Así, el Museo Arqueológico Nacional de Madrid compró en 1875 un báculo del siglo XIV, labrado en Aviñón (Francia), procedente del monasterio de Tulebras, donde había llegado en 1835, tras la exclaustración del de Trasobares (Zaragoza). Presenta las armas de los Luna, por lo que se relaciona con el papa Benedicto XIII (1328-1423) y su hermana, abadesa en el cenobio aragonés. Diferentes obras navarras las encontramos también en otros museos, como el de Artes Decorativas o el Lázaro Galdiano de Madrid.

Obras pertenecientes a coleccionistas privados

Las marcas, inscripciones y heráldica que figuran en alguna piezas nos ha permitido reconocer el origen navarro de alhajas pertenecientes a coleccionistas particulares. Este es el caso de un acetre de la colección Várez Fisa de Madrid, dado a conocer por la profesora Esteras Martín en la catalogación razonada de esta colección y en La pieza del mes en la web de la Cátedra Patrimonio y Arte Navarro. Se trata de una obra barroca, con marcas de Pamplona y del platero José Yabar, y que ostenta el escudo de armas de don José de Armendáriz (1670-1740), marqués de Castelfuerte y Virrey del Perú, las mismas que aparecen en el conjunto de bandejas y jarras que regaló a la capilla de san Fermín de Pamplona. Desconocemos la procedencia de esta pieza, probablemente de alguno de los templos a los que Castelfuerte benefició con donaciones, como el extinto convento de las benedictinas de Corella. Muy interesante es también el azafate de la colección Hernández-Mora Zapata de Madrid, labrado por Miguel Lenzano y que sirvió de modelo al dibujo de examen realizado en 1772 por Lorenzo Laoz, quien había sido su aprendiz.

Atención a las subastas

Y mayores sorpresas nos depara ocasionalmente el mercado, cuando vemos aparecer obras navarras, muchas veces mal identificadas. Este es el caso de unas crismeras subastadas por la casa Sotheby’s de Londres en junio de 2021, atribuidas al platero Hernando de Oñate el Mayor, identificado erróneamente por la casa de subastas como un maestro zaragozano, siendo en realidad uno de los principales artífices pamploneses del siglo XVI, del que se conservan unas crismeras similares en Enériz. Mientras que otras veces está perfectamente documentada la procedencia de las obras, en relación a lo cual no hay que olvidar la venta que se hizo de los bienes del palacio de los condes de Guenduláin en Christie’s en noviembre de 2005, en la que salieron piezas de platería, alguna de ellas afortunadamente recuperadas para el Museo de Navarra.