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La doble cara del conformismo

01-08-2021

Publicado en

El Norte de Castilla, Diario de Navarra

Gerardo Castillo Ceballos |

Facultad de Educación y Psicología

El conformismo puede ser bueno y satisfactorio en algunas ocasiones, pero no en otras. En principio es la actitud de la persona que acepta y asume cualquier circunstancia de la vida diaria, pública o privada, especialmente cuando es adversa o injusta.

 

El protagonista del cuento “El hombre de la camisa feliz” a pesar de que vivía en una pobre cabaña, confesó que era feliz; su secreto era que no necesitaba nada. Esa fue también la actitud de Sócrates; se cuenta que paseando un día por el mercado de Atenas comentó: “Soy feliz porque no necesito las miles de cosas que estoy viendo”. Pero existe también un conformismo negativo, en el que en vez de aceptación hay resignación o indiferencia.

 

Hay una expresión popular que alude al conformismo negativo: “otra de gambas”. Se trata de una frase sarcástica con la que se hace burla de quienes tienen una actitud excesivamente despreocupada sobre cuestiones sociopolíticas. Ese segundo conformismo ocurre cuando cambiamos de opinión o de comportamiento bajo la presión del grupo al que pertenecemos. Con ese comportamiento conformista se pretende simplemente caer bien a los demás y evitar los posibles rechazos derivados de expresar alguna discrepancia.

 

A muchos padres les preocupa mucho un hijo rebelde, mientras que se felicitan del hijo conformista. Ignoran que la rebeldía tiene una función en el desarrollo personal, mientras que el mal conformismo es disfuncional para ese desarrollo. Es más fácil encauzar a un rebelde que hacerlo con un conformista; el primero acepta debatir, aunque acabe en conflicto, mientras que el segundo, lo evita desde su indiferencia.

 

Un drama educativo actual es que disminuyen los rebeldes mientras aumentan los conformistas. En mi opinión, eso está relacionado con ciertos hábitos adquiridos en la infancia en el contexto de una sociedad consumista y hedonista. Si están surgiendo muchos hijos conformistas es porque también proliferan los adultos conformistas. Pedir “otra de gambas” puede interpretarse también como una evasión de problemas personales, fugarse de situaciones que nos desbordan y superan, esconder la cabeza debajo del ala. Hasta aquí, el conformismo individual.

 

En las últimas décadas el conformismo social ha crecido a gran ritmo. Se habla ya de la ideología conformista, que propone adaptarse a lo que hay, lo que genera una actitud de pasividad y resignación. El disidente es tachado de insolidario. Las presiones a las personas para que se adapte a esa mentalidad son innumerables. Si no se adaptan pueden ser consideradas inadaptadas sociales, ya que el objetivo es integrarlas en el rebaño, al precio de privarlas de su individualidad. Vivimos en una época en la que se suele marginar a las personas inconformistas, mientras “se ensalza a los sumisos, los indiferentes, los resignados, que son la masa, la muchedumbre, que con su pasividad, su modorra y falta de carácter, hace lento y doloroso el avance de las sociedades” (Ricardo F. Magón).

 

La prevención de ese problema requiere educar a los hijos en la cultura del esfuerzo; por ejemplo, que se ganen algunas de las cosas que desean. Ello suele producir una mejora del autoconcepto y de la autoestima, lo que ocasionará que valoren más sus opiniones y no tanto las de los demás. El mejor recurso para evitar que los hijos sean contagiados por el conformismo negativo son los padres sanamente inconformistas. El inconformismo es un incentivo para cambiar. Comprometerse con uno mismo, tener inquietudes personales, es necesario para progresar. La inconformidad es sinónimo de afán de superación.