12/01/2026
Publicado en
El Mundo
Javier Gil Guerrero |
Investigador del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra y autor de “La sombra del ayatolá: una historia de la República Islámica de Irán” (Ciudadela Libros)

La primera observación es que el tempo y la intensidad de la contestación social se han ido intensificando. Desde los años de la fundación y consolidación de la República Islámica (1979-1982), la primera gran protesta no tuvo lugar hasta el verano de 1999. El motivo fue la clausura del periódico reformista Salam, que había informado de una siniestra campaña de asesinatos orquestada por los servicios secretos del país. Ante la protesta de un grupo de estudiantes, las fuerzas del régimen asaltaron el campus de la Universidad de Teherán. La intervención dejó residencias universitarias incendiadas, cientos de heridos y miles de detenidos. La brutalidad de la represión dio lugar a manifestaciones y tumultos en Teherán y otras ciudades.
Diez años más tarde, en 2009, tuvo lugar el segundo gran período de contestación social. La razón fue el fraude en las elecciones presidenciales que permitió la reelección del candidato favorecido por el Líder Supremo Jamenei: Ahmadineyad. Los candidatos opositores, Mir Hosein Musaví y Mehdí Karrubí, encabezaron las protestas que acabaron dando forma al llamado Movimiento Verde. Se trató de una lucha entre las dos facciones del régimen: los reformistas y los partidarios de la línea dura respaldados por Jamenei. Por primera vez, los iraníes pudieron servirse de las redes sociales para organizarse y para compartir fotos y vídeos de lo que ocurría en las calles con el resto del mundo. La represión se saldó con docenas de muertos, cientos de heridos y miles de detenidos. Para muchos iraníes, la lección de 2009 fue que el régimen nunca permitiría una reforma real y desde dentro del mismo. Las esperanzas de un mayor aperturismo social y democratización política eran ilusorias.
2018, con la salida de Trump del acuerdo nuclear y la instauración de la política de “Máxima Presión” sobre Irán, constituyó un punto de inflexión. Las sanciones económicas agudizaron muchos de los problemas endémicos de la República Islámica: inflación, paro, corrupción, clientelismo y nepotismo. Desde entonces, el hundimiento económico y el desencanto político han servido de trampolín para la multiplicación de las protestas. Irónicamente, los partidarios de la línea dura del régimen alentaron la primera gran protesta, que comenzó el 28 de diciembre de 2017, para debilitar al gobierno del reformista Rohaní. El ayatolá Alomolhoda, hombre fuerte del régimen en Mashhad y bestia negra de los reformistas y Rohaní, incitó las primeras protestas en su ciudad. Sin embargo, pronto perdió el control de las mismas. Los ultraconservadores habían prendido un fuego que pronto se extendió por el país. Los iraníes no solo salieron a las calles contra Rohaní, sino también contra Jamenei. El efecto boomerang pilló desprevenido al régimen, que pronto las reprimió duramente. En 2019, los iraníes salieron de nuevo a las calles, esta vez para protestar por el recorte de los subsidios al precio de la gasolina. Aunque esa fue la razón concreta que prendió fuego al país, los manifestantes pronto comenzaron a exigir el fin de la República Islámica y la cabeza de Jamenei. Los disturbios y las huelgas se prolongaron durante meses y fueron los más serios a los que tuvo que enfrentarse el régimen desde 1982. La represión dejó cientos de muertos. En 2021, la mala gestión de los recursos hídricos del país y los cortes de agua provocaron nuevas protestas. Finalmente, en 2022, la muerte de Mahsa Amini, una joven arrestada por llevar mal puesto el velo, desencadenó una nueva oleada de disturbios que superó en participación, virulencia y extensión a los de 2019. La imposición del velo y el abuso a los derechos de las mujeres sirvieron como catalizadores iniciales de las protestas, pero muy pronto los cientos de miles de ciudadanos fueron más allá y exigieron un cambio de régimen en las calles. Más de 550 manifestantes fueron asesinados y casi 20.000 fueron detenidos.
Ahora, tres años después del último gran desafío popular al régimen, los iraníes han salido de nuevo a las calles. Una vez más, el descontento económico ha servido de impulso para las protestas, y, de nuevo, estas han acabado reclamando el derrocamiento de la República Islámica. ¿Qué podemos observar en esta evolución del hartazgo iraní? Primero, que la indignación popular se alimenta de hechos latentes y constantes como la corrupción, la represión y la mala situación económica. Estos actúan como la leña lista para ser prendida. La cerilla, no obstante, suele darse con hechos puntuales y concretos como el cierre de un periódico, el robo de unas elecciones, unos recortes en las ayudas sociales o el asesinato de una mujer. Una vez que se ha prendido el fuego, y como hecho novedoso desde hace ocho años, la contestación social no se limita a reclamar una mejora de la situación económica, los derechos humanos o la representación política en el país, sino que hace una enmienda a la totalidad al reivindicar el fin del régimen político vigente.
Con respecto a las protestas actuales, hay otro elemento novedoso: el que, por primera vez, una parte no desdeñable de los manifestantes apoye el retorno del príncipe heredero en el exilio y que este haya tratado de asumir un liderazgo simbólico de las revueltas. Una de las razones que explica el fracaso reiterado de las protestas en Irán es la ausencia de una oposición legitimada, organizada y jerarquizada dentro del país que sea capaz de canalizar la furia de la población en una revolución. Reza Pahleví está tratando de hacerse con ese liderazgo carismático que transforme las protestas en una rebelión que posibilite ese cambio de régimen. Pero el príncipe heredero lleva más de cuarenta años fuera del país y no parece que cuente con una infraestructura dentro. Otro ingrediente para una revolución exitosa que todavía no parece estar presente es el de la fractura interna del régimen. Por el momento, no hay fisuras visibles dentro de las élites dirigentes. Y tampoco les sigue temblando el pulso a la hora de usar toda la fuerza para mantenerse en el poder. Por último, y no menos importante, el régimen continúa contando con el respaldo de Rusia y China. Las razones que permitieron el derrocamiento de la monarquía Pahleví y la instauración de la República Islámica en 1979 fueron la indecisión de un Sha que, más que tratar de sofocar las protestas, se dedicó a tratar de aplacar a la oposición mediante una política suicida de concesiones crecientes; el liderazgo carismático de Jomeini, que permitió la unión de las facciones opositoras y su acción conjunta; y el abandono a su suerte del Sha por Estados Unidos y las potencias occidentales. No parece que ahora nos encontremos en este escenario.
La República Islámica, no obstante, haría mal en mostrarse complaciente. Ha pasado de ser un régimen instaurado con el respaldo masivo de la ciudadanía, a uno que sobrevive de forma violenta ante una oposición mayoritaria de la población. Al margen de las disputas en torno al número de manifestantes en las calles y las discusiones sobre vídeos manipulados, hay datos empíricos que muestran la desafección popular: la participación en las últimas elecciones de 2024 apenas alcanzó el 39,9% en las presidenciales y el 41% en las legislativas. La participación en las protestas en estos días tampoco debe ser minoritaria cuando el régimen se ve forzado a tomar medidas tan extraordinarias como el corte de internet y las líneas telefónicas en todo el país. El aumento de las protestas en los últimos ocho años tampoco es un indicador alentador para la supervivencia del régimen. Ni la creciente beligerancia de Israel y Estados Unidos a la hora de confrontarlo. Con respecto a la alianza con China y Rusia, esta tiene sus límites, como bien ha podido comprobarse recientemente en Venezuela.