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Levantemos la mirada

07/05/2022

Publicado en

Omnes

Ramiro Pellitero |

Profesor de la Facultad de Teología

La visita del Santo Padre a Malta en los primeros días del mes de abril, y el ciclo litúrgico de la Semana Santa y el comienzo de la Pascua son los principales momentos en los que se ha pronunciado el Papa Francisco.

Nos centramos en el viaje apostólico a Malta y en la Semana Santa. El sábado santo, durante la vigilia pascual, Francisco invitó a “levantar la mirada”, porque el sufrimiento y la muerte han sido abrazados por Cristo y ahora ha resucitado. Mirando sus llagas gloriosas escuchamos a la vez el anuncio pascual que tanto necesitamos: “¡Paz a vosotros!”.

“Con una humanidad poco común”

Haciendo balance de su viaje apostólico a Malta (pospuesto durante dos años a causa del Covid), decía el Papa el miércoles 6 de abril que Malta es un lugar privilegiado, una “rosa de los vientos”, un lugar clave, por varias razones.

Primero, por su situación en medio del Mediterráneo (que recibe y procesa muchas culturas), y porque recibió muy pronto el Evangelio, por boca de san Pablo, al que los malteses acogieron “con una humanidad poco común” (Hch 28, 2), palabras que escogió Francisco como lema de su viaje. Y eso es importante para salvar a la humanidad de un naufragio que nos amenaza a todos, porque –decía el Papa evocando implícitamente su mensaje durante la pandemia– “estamos en la misma barca” (cfr. Momento de oración en la Plaza de San Pedro, vacía, el 27-III-2020). Y por eso necesitamos, dice ahora, que el mundo se vuelva “más fraterno, más vivible”. Malta representa ese horizonte y esa esperanza. Representa “el derecho y la fuerza de los pequeños, de las naciones pequeñas pero ricas de historia y civilización, que deberían llevar adelante otra lógica: la del respeto y la libertad, la del respeto y también la lógica de la libertad”.

En segundo lugar, Malta es clave por el fenómeno de las migraciones: “Cada inmigrante” –señaló el Papa ese día– “es una persona con su dignidad, sus raíces, su cultura. Cada uno de ellos es portador de una riqueza infinitamente más grande que los problemas que implica. Y no olvidemos que Europa fue hecha con las migraciones”.

Ciertamente, la acogida de los inmigrantes –observa Francisco– debe ser proyectada, organizada y gobernada con tiempo, sin esperar a las situaciones de emergencia. “Porque el fenómeno migratorio no puede ser reducido a una emergencia, es un signo de nuestros tiempos. Y como tal debe ser leído e interpretado. Se puede convertir en un signo de conflicto, o en un signo de paz”. Y Malta es, por eso, “un laboratorio de paz”: el pueblo maltés ha recibido, junto con el Evangelio, “la savia de la fraternidad, de la compasión, de la solidaridad […] y gracias al Evangelio podrá mantenerlos vivos”.

En tercer lugar, Malta es lugar clave también desde el punto de vista de la evangelización. Porque de sus dos diócesis, Malta y Gozo, han salido muchos sacerdotes y religiosos, y también fieles laicos, que han llevado a todo el mundo el testimonio cristiano. Exclama Francisco: “¡Como si el paso de san Pablo hubiera dejado la misión en el ADN de los malteses!”. Y por ello esta visita quiso ser ante todo un acto de reconocimiento y agradecimiento. 

Tenemos, en suma, tres elementos para situar esta “rosa de los vientos”: su “humanidad” especial, su encrucijada para los inmigrantes y su implicación en la evangelización. Sin embargo, también en Malta –dice Francisco–, soplan los vientos “del secularismo y de la pseudo-cultura globalizada a base de consumismo, neocapitalismo y relativismo”. Por ese motivo acudió a la Gruta de san Pablo y al santuario nacional de Ta’ Pinu: para pedirles al apóstol de las gentes y a la Virgen una renovada fuerza, que viene siempre del Espíritu Santo, para la nueva evangelización. 

En efecto, en la basílica de san Pablo rezó Francisco a Dios Padre: “Ayúdanos a reconocer desde lejos las necesidades de cuantos luchan entre las olas del mar, golpeados contra las rocas de una costa desconocida. Haz que nuestra compasión no se agote en palabras vanas, sino que encienda la hoguera de la acogida, que hace olvidar el mal tiempo, da calor a los corazones y los une; fuego de la casa construida sobre roca, de la única familia de tus hijos, hermanas y hermanos todos” (Visita a la Gruta de san Pablo, 3-IV-2022). Y de ese modo la unidad y la fraternidad que provienen de la fe se muestren a todos con obras. 

En el santuario de Ta´Pinu (isla de Gozo) señaló el Papa que, en la Cruz, donde muere Jesús y parece que todo está perdido, a la vez nace una vida nueva: la vida que viene con el tiempo de la Iglesia. Volver a ese comienzo significa redescubrir lo esencial de la fe. Y eso esencial es la alegría de evangelizar. 

No se anda con rodeos Francisco, sino que se sitúa en la realidad de lo que está pasando: “La crisis de la fe, la apatía de la práctica creyente sobre todo en la pospandemia y la indiferencia de tantos jóvenes respecto a la presencia de Dios no son cuestiones que debemos ‘endulzar’, pensando que al fin y al cabo un cierto espíritu religioso todavía resiste, no. Es necesario vigilar para que las prácticas religiosas no se reduzcan a la repetición de un repertorio del pasado, sino que expresen una fe viva, abierta, que difunda la alegría del Evangelio, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar” (Encuentro de oración, homilía2-IV-2022).

Volver al comienzo de la Iglesia junto a la cruz de Cristo, significa también la acogida (de nuevo, alusión a los inmigrantes): “Sois una isla pequeña, pero de corazón grande. Sois un tesoro en la Iglesia y para la Iglesia. Lo digo otra vez: sois un tesoro en la Iglesia y para la Iglesia. Para cuidarlo, es necesario volver a la esencia del cristianismo: al amor de Dios, motor de nuestra alegría, que nos hace salir y recorrer los caminos del mundo; y a la acogida del prójimo, que es nuestro testimonio más sencillo y hermoso en la tierra, y así seguir avanzando, recorriendo los caminos del mundo, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar”.

La misericordia: el corazón de Dios

El domingo 3 de abril Francisco celebró la misa en Floriana (en las afueras de La Valeta, capital de Malta). En su homilía, tomó pie del evangelio del día, que recogía el episodio de la mujer adúltera (cfr. Jn 8, 2 ss). En los acusadores de la mujer puede verse una religiosidad carcomida por la hipocresía, y por la mala costumbre de señalar con el dedo. 

También nosotros, observó el Papa, podemos tener el nombre de Jesús en los labios, pero desmentirlo con los hechos. Y enunció un criterio muy claro: “El que cree que defiende la fe señalando con el dedo a los demás tendrá incluso una visión religiosa, pero no abraza el espíritu del Evangelio, porque olvida la misericordia, que es el corazón de Dios”. 

Aquellos acusadores, explica el sucesor de Pedro, “son el retrato de esos creyentes de todos los tiempos, que hacen de la fe un elemento de fachada, donde lo que se resalta es la exterioridad solemne, pero falta la pobreza interior, que es el tesoro más valioso del hombre”. Por eso, Jesús quiere que nos preguntemos: “¿Qué quieres que cambie en mi corazón, en mi vida? ¿Cómo quieres que vea a los demás?”.

En el modo de tratar Jesús a la adúltera –se encontraron la Misericordia y la miseria–, señala el Papa, “aprendemos que cualquier observación, si no está movida por la caridad y no contiene caridad, hunde ulteriormente a quien la recibe”. Dios, en cambio, siempre deja abierta una posibilidad y sabe encontrar caminos de liberación y de salvación en cada circunstancia.

Para Dios no existe nadie que sea “irrecuperable”, porque siempre perdona. Más aún –retoma aquí Francisco a uno de sus argumentos preferidos– “Dios nos visita valiéndose de nuestras llagas interiores”, porque no ha venido para los sanos sino para los enfermos (cfr. Mt 9, 12).

Por eso debemos a aprender de Jesús en la escuela del Evangelio: “Si lo imitamos, no nos enfocaremos en denunciar los pecados, sino en salir en busca de los pecadores con amor. No nos fijaremos en quienes están, sino que iremos a buscar a los que faltan. No volveremos a señalar con el dedo, sino que empezaremos a ponernos a la escucha. No descartaremos a los despreciados, sino que miraremos como primeros aquellos que son considerados últimos”.

Pedir perdón y perdonar

La predicación de Francisco durante la Semana Santa comenzó contraponiendo el afán de salvarse a sí mismo (cfr. Lc 23, 35; Ib., 37 y 39) con la actitud de Jesús que no busca nada para sí, solo implora el perdón del Padre. “Clavado al patíbulo de la humillación, aumenta la intensidad del don, que se convierte en per-dón” (Homilía en el Domingo de Ramos, 10-IV-2022). 

En efecto, en la estructura de esta palabra, perdón, se puede ver que perdonar es más que dar, es dar del modo más perfecto, dar implicándose a sí mismo, dar por completo.

Nadie nos ha amado, a todos y a cada uno, como Jesús nos ama. En la cruz, Él vive el más difícil de sus mandamientos: el amor a los enemigos. No hace como nosotros, que lamemos nuestras heridas y rencores. Además, pidió perdón, “porque no saben lo que hacen”“Porque no saben”, subraya Francisco y señala: “Esa ignorancia del corazón que tenemos todos los pecadores. Cuando se usa la violencia, nada se sabe de Dios, que es Padre, ni de los demás, que son hermanos”. Así es: cuando se rechaza el amor se desconoce la verdad. Y un ejemplo de todo ello, concluye el Papa, es la guerra: “En la guerra volvemos a crucificar a Cristo”.

En las palabras de Jesús dirigidas al buen ladrón, “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43), vemos “el prodigio del perdón de Dios, que transforma la última petición de un condenado a muerte en la primera canonización de la historia”. 

Así comprobamos que la santidad se alcanza pidiendo perdón y perdonando, y que “con Dios siempre se puede volver a vivir”“Dios no se cansa de perdonar”, repitió varias veces estos días el Papa, también en relación con el servicio que los sacerdotes han de prestar a los fieles (cfr. Homilía en la Misa in Cœna Domini, en el nuevo Complejo Penitenciario de Civitavecchia, 14-IV-2022).

Ver, escuchar y anunciar

En la homilía durante la vigilia pascual (sábado santo, 16-IV-2022), Francisco se fijó en el relato evangélico del anuncio de la resurrección a las mujeres (cfr. Lc 41, 1-10). Y subrayó tres verbos. 

En primer lugar, “ver”. Vieron la piedra corrida y cuando entraron no hallaron el cuerpo del Señor. Su primera reacción fue el miedo, no levantar la vista del suelo. Algo así, observa el Papa, nos pasa a nosotros: “Con mucha frecuencia, miramos la vida y la realidad sin levantar los ojos del suelo; sólo enfocamos el hoy que pasa, sentimos desilusión por el futuro y nos encerramos en nuestras necesidades, nos acomodamos en la cárcel de la apatía, mientras seguimos lamentándonos y pensando que las cosas no cambiarán nunca”. Y así sepultamos la alegría de vivir. 

Luego, “escuchar”, teniendo en cuenta que el Señor “no está aquí”. Quizá le buscamos “en nuestras palabras, en nuestras fórmulas y en nuestras costumbres, pero nos olvidamos de buscarlo en los rincones más oscuros de la vida, donde hay alguien que llora, quien lucha, sufre y espera”. Hemos de levantar la mirada y abrirnos a la esperanza. 

Escuchemos: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No debemos buscar a Dios, interpreta Francisco, entre las cosas muertas: en nuestra falta de valentía para dejarnos perdonar por Dios, para cambiar y terminar con las obras del mal, para decidirnos por Jesús y por su amor; en el reducir la fe a un amuleto, “haciendo de Dios un hermoso recuerdo de tiempos pasados, en lugar de descubrirlo como el Dios vivo que hoy quiere transformarnos a nosotros y al mundo”; en “un cristianismo que busca al Señor entre los vestigios del pasado y lo encierra en el sepulcro de la costumbre”

Y finalmente, “anunciar”. Las mujeres anuncian la alegría de la Resurrección: “La luz de la Resurrección no quiere retener a las mujeres en el éxtasis de un gozo personal, no tolera actitudes sedentarias, sino que genera discípulos misioneros que ‘regresan del sepulcro’ y llevan a todos el Evangelio del Resucitado. Después de haber visto y escuchado, las mujeres corrieron a anunciar la alegría de la Resurrección a los discípulos”, aunque sabían que les tomarían por locas. Pero ellas no se preocuparon de su reputación ni de defender su imagen; no midieron sus sentimientos ni calcularon sus palabras. Sólo tenían el fuego en el corazón para llevar la noticia, el anuncio: “¡El Señor ha resucitado!”.

De ahí la propuesta para nosotros: “Llevémoslo a la vida ordinaria: con gestos de paz en este tiempo marcado por los horrores de la guerra; con obras de reconciliación en las relaciones rotas y de compasión hacia los necesitados; con acciones de justicia en medio de las desigualdades y de verdad en medio de las mentiras. Y, sobre todo, con obras de amor y de fraternidad”.

En la audiencia general del 13 de abril el Papa había explicado en qué consiste la paz de Cristo, y lo hizo en el contexto de la guerra actual en Ucrania. La de Cristo no es una paz de acuerdos, y, menos, una paz armada. La paz que Cristo nos da (cfr. Jn 20, 19.21) es la que ha conquistado sobre la cruz con el don de sí mismo.

El mensaje pascual del Papa, “al término de una cuaresma que parece no querer acabar” (entre el fin de la pandemia y la guerra) tiene que ver con esa paz que Jesús nos trae llevando “nuestras llagas”. Nuestras porque se las hemos causado nosotros y porque Él las lleva por nosotros. “Las llagas en el Cuerpo de Jesús resucitado son el signo de la lucha que Él ha combatido y vencido por nosotros, con las armas del amor, para que nosotros podamos tener paz, estar en paz, vivir en paz” (Bendición urbi et orbi Domingo de resurrección, 17-IV-2022).