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Lo que el siglo XX se llevó del belén tradicional

07/01/2026

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Un belén actual nos presenta delicadas representaciones tridimensionales y “realistas” del nacimiento de Cristo, a escala, con figuras de pretendido corte historicista y arquitecturas orientalizantes o inspiradas en los monumentos artísticos y la arquitectura doméstica de la tierra. Los antiguos belenes no buscaban ese realismo, pero poseían un carácter mucho más simbólico en todos sus elementos, ya que en una sociedad iletrada era más fácil enseñar y evocar mediante unos mensajes sencillos, que especular sobre la realidad de la Judea del siglo I. No se trataba tanto de conjeturar, ni de organizar perspectivas y escalas, sino de transmitir mensajes en torno a lo inefable, mediante unos contenidos, a la vez que sorprender, emocionar y cautivar.

A partir de comienzos del siglo XX, comenzó el declive las antiguas figuras de barro policromado, fabricadas en los talleres murcianos o granadinos, exponentes y síntesis de una tradición secular. Todo ello fue favorecido por algunas directrices que, después de la Guerra Civil, se dirigieron desde Falange Española a los belenistas y sus asociaciones para desterrar los anacronismos del belén popular.

El triunfo del historicismo

El último siglo y medio aportó a la historia del belén, un proceso continuo de crecimiento, conformándose como una costumbre y devoción de familias y pueblos. Sin embargo, desde fines del siglo XIX y comienzos del XX se asistió, progresivamente, a la sustitución del belén tradicional y popular, con fuerte carga simbólica, por otro de tipo historicista y de pretensiones realistas con paisajes y figuras orientalizantes, junto a la perspectiva y proporción de sus elementos, bien visibles en sus dioramas. La Iglesia y las nacientes Asociaciones de Belenistas –especialmente las catalanas-, impulsaron la nueva tendencia y comenzaron a entrar en declive las figuras de barro policromado y la plasmación de la sociedad preindustrial en los belenes.

Detrás de aquella innovación había varias causas. En primer lugar, la costumbre de la Iglesia de no bendecir figuras de barro. Las elaboradas en Olot eran de pasta de madera y de una apariencia digna y, sobre todo, de pretendida fidelidad histórica, al vestir sus personajes con túnicas, mantos y turbantes. Precisamente, por su “propiedad” e historicidad, aquella estética cautivó a clientes particulares e instituciones con su peculiar visión histórica, derivada del grupo de los nazarenos, pintores alemanes que reaccionaron contra el Neoclasicismo imperante, en base a los descubrimientos arqueológicos en Palestina. En la misma sintonía, los artistas de la calle parisina de Saint Sulpice influyeron decisivamente en la escuela olotina, con un estilo correcto y, ciertamente, dulzón. Con esos presupuestos, parroquias, conventos y colegios se decantaron por aquellas figuras. De momento, las figuras de Olot convivieron con las de barro cocido, aunque acabarían por imponerse. Para los paisajes, la nueva estética encontró en la escayola, un material con el que recrear los pretendidos entornos bíblicos, siempre con reglas de naturalismo, perspectiva y fidelidad histórica.

La pugna entre la tendencia popular y tradicional y el nuevo belén definido por sus seguidores como “correcto” y de “buen gusto” se dejó sentir primero en Madrid y Barcelona. El enfrentamiento entre ambas corrientes ha sido estudiado en el caso de Madrid por Ángel Peña y, recientemente, para Cataluña por Jordi Montlló, calificándolo de batalla, por oponerse dos visiones antagónicas. En Navarra desde los belenistas, Eliso Ijalba se mostraba conciliador en una entrevista en Diario de Navarra el 27 de diciembre de 1963, si bien en el manual que escribió, en 1965, que el belén bíblico era “recomendable porque nos traslada, en aras a su realismo al ambiente de aquella Noche Santa”. Por el lado contrario, los textos de Julio Caro Baroja, José María Iribarren y José Javier Uranga evocaron el papel y significado antropológico y patrimonial del belén tradicional que iba desapareciendo conforme avanzaba el siglo XX.

La cueva y sus personajes en el belén tradicional

Si en la cueva se colocaban unas ruinas clásicas era para significar que con la venida de Cristo se superaba el Antiguo Testamento. Si se insistía en la colocación de peñas y rocas era para recalcar que el nacimiento del Salvador había tenido lugar entre bestias, en una cueva, fuera del lugar habitado, tras ser rechazada la Sagrada Familia por las gentes. Todo ello daba lugar a reflexionar sobre cómo se podía expulsar a Jesús de los corazones de los hombres. Junto al portal se colocaban velas y faroles y el suelo se sembraba con botones de nácar brillantes, cristales triturados y conchas para que reflejase la luz, para acercarse con los sentidos y el espíritu a contemplar la “luz del mundo”.

Las figuras de José y María, generalmente arrodillados en adoración y contemplación, vestían de con colores precisos y simbólicos. Ella de rojo o rosa en su túnica, para indicar el color de la carne por la Encarnación, y el azul en el manto que la identificaba como reina del cielo. En ocasiones, la túnica era blanca, para evidenciar su pureza. José, por su parte, combinaba el morado del sufrimiento y sacrificio y el marrón, color con el que se identificaba a los carpinteros. A veces, luce manto amarillo, por su pertenencia al pueblo judío. De ordinario y, siguiendo las recomendaciones de las visiones de santa Brígida, ambos estaban ante el Niño “hincados de rodillas, lo adoraban con inmensa alegría y gozo”.

El Divino Infante aparecía fajado y, como verdadero protagonista de la Navidad, solía ser de grandes proporciones, en sintonía con las viejas normas de tamaño jerárquico. Su cuna poseía contenido trinitario, pues se adornaba con un triángulo, evocador de la Trinidad y la Paloma del Espíritu Santo, junto a una gloria de cabezas de ángeles. Respecto a los animales, la mula se identifica con el pueblo judío, de ahí que aparezca, en algunos casos, arrodillada ante el misterio, dando paso a la Nueva Ley. El buey se asimilaba con el mundo pagano y la gentilidad. 

El agua del río o de la fuente también poseía un contenido simbólico, puesto que donde no hay agua no hay vida. El nacimiento de Jesús se convertía en verdadera fuente de vida. En los ejemplos más acabados no faltaba una serpiente, como símbolo del pecado, merodeando el portal.

Las figuras aladas de ángeles y arcángeles otorgaban al belén su dimensión más ultraterrena. En unos casos eran adoradores u oferentes y en otros portaban instrumentos musicales e incluso las arma Christi. No hay que olvidar al respecto de esto último, que la unión de todo lo relativo al belén y a la pasión, formaba parte del mismo relato.

En algunos casos, en el mismo portal se daban cita los arcángeles Miguel y Gabriel, como en el belén de Salzillo o en el de las Recoletas de Pamplona. El motivo no es otro que el relato del nacimiento que hace la Madre María Jesús de Ágreda en su Mística Ciudad de Dios, en donde afirma: “El sagrado evangelista san Lucas dice que la Madre Virgen, habiendo parido a su Hijo Primogénito, lo envolvió en paños y le reclinó en un pesebre. Y no declara quien le llevó a sus manos desde su virginal vientre, porque esto no pertenece a su intento. Pero fueron ministros de esta acción los dos príncipes soberanos san Miguel y san Gabriel que, como asistían en forma humana corpórea al misterio, al punto que el Verbo humanado, penetrándose con su virtud por el Tálamo Virginal, salió a luz, en debida distancia, le recibieron en sus manos, con incomparable reverencia…. Y al punto que los santos ángeles presentaron al Niño Dios a su Madre, recíprocamente se miraron Hijo y Madre Santísimos, hiriendo ella el corazón del dulce Niño y quedando juntamente llevada y transportada el él”. En el caso del escultor murciano, la razón radica en que sor María defendió la entrada de Santiago en España por Cartagena. Las Recoletas, como en la mayor parte de las clausuras femeninas, el texto se sor María formaba parte de la lectura diaria en el refectorio.

Ni que decir tiene que los pastores y zagalas que llegan al portan, ofrecen sus presentes arrodillados, lo mismo que algunos animales, como las ovejas que se tienden, rendidas, con las patas delanteras extendidas, en actitud de adoración y de la mansedumbre y pureza de los que siguen a Cristo.

Pastores y oferentes: la sociedad preindustrial

En el belén tradicional cabían espigadores, huertanos recogiendo naranjas, y un sinnúmero de oficios tradicionales propios de la sociedad preindustrial. Todos ellos conformaban un mundo festivo, reflejo de la alegría desbordante que producía la Nochebuena. Constituía una auténtica explosión de vida, un microcosmos festivo, en donde los textos evangélicos de san Lucas y san Mateo fueron libremente reelaborados, con una fantasía prodigiosa y un artificio de invenciones entre todos los personajes de la vida cotidiana, únicamente contrapuesto con el fasto de la cabalgata de los Reyes.

Particular interés poseen los grupos de danzantes y músicos que, por las calles y plazas, alegran el ambiente hasta límites insospechados, ya que ancianos, jorobados y lisiados se contagian y danzan al son de panderos, zambombas, sonajas e incluso instrumentos de viento y cuerda. La exaltación del gaudium que invadía las casas y las celebraciones litúrgicas de aquellos días se reflejaba en el belén popular, no sólo en danzantes y músicos, sino en gestos de pastores y rústicos, tanto en el mercado y en los trabajos ordinarios, como en alborozadas labradoras montadas en burros con sus correspondientes presentes, que van cantando y tañendo zambombas o panderetas, viandantes, o gentes almorzando en mesones unos huevos fritos o guisando las migas en enormes sartenes.

Todas aquellas figuras constituyen un fiel reflejo de una sociedad rural, lo mismo que las diminutas casas de corcho.  Las indumentarias tradicionales son las de manchegos, maragatos o huertanos de aquella España anterior al ferrocarril y el despegue industrial. Ellos visten con capas españolas, chambergos, camisas, calzones, abarcas, zamarras y polainas y ellas con sayas, delantales, sobrefaldas, pañoletas y sombreros. Los oficios y tipos representados son variados: labradores, ganaderos, cazadores, pescadores, herreros, bodegueros, hortelanos, tenderos y artesanos de todo tipo, sin que falten los desvalidos como viudas, tullidos y mendigos, para significar que para todos había venido el Mesías.

Poco importará que el hecho transcurra en invierno, unos se abrigan, otros andan con un simple chaleco, siegan o recogen las frutas más variadas, mientras viejas y jóvenes, despiojan a sus maridos y padres o se entregan a las más variadas labores de la casa y el medio agro-pastoril. Muchos de aquellos tipos se pueden identificar con los trajes populares españoles, presentes en los grabados de Juan de la Cruz Cano (1777).

La vitalidad y la espontaneidad estaban garantizadas en aquel relato, servido para ser vivido y no sólo referido. Además, en el caso del belén hispano, el nacimiento no se perdía, como en Nápoles, entre un pueblo extrovertido y aún disparatado, sino que la escena se convertía en el centro del relato.

Los Reyes Magos, Herodes y el grupo de los inocentes

Los Magos, por lo general a caballo, visten como monarcas occidentales con armiños, ricas capas, coronas y cetros. Antaño simbolizaron a los tres continentes conocidos, pero en época de los belenes se suelen asociar a las tres edades del hombre. Su principal significado es que nos los revela como la gran manifestación, la Epifanía. Sus dones se asocian al Niño rey (oro), al Niño Dios (incienso) y al Verbo humanado (mirra).  Ésta es la interpretación más generalizada, si bien no faltan otras, como la de San Bernardo, que señala, de modo más prosaico, que el oro estaba destinado a socorrer la pobreza de la Virgen, el incienso a eliminar el mal olor del establo, y la mirra a desparasitar al Niño, librándolo de insectos y gusanos. En el portal eran recibidos por el Niño, ya sentado en un trono, o en el regazo de su Madre, convertida en una auténtica “Sedes Sapientiae”.

También Herodes solía vestir como un rey, junto a sus soldados, vestidos a la romana, con faldellines, armaduras y cascos. Los que sacrifican a los inocentes portan gorros a modo de turbantes con remates rojos en punta, que los filian con los verdugos de la pintura desde fines de la Edad Media, tan presentes en la escena de la Degollación del Bautista.