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Una señora de Lugo

06/09/2021

Publicado en

Diario de Navarra

José Benigno Freire |

Profesor de la Facultad de Educación y Psicología

Aunque pudo suceder en cualquier lugar, les contaré la historia de Manueliña (nombre supuesto), de 85 años. Vivía en una residencia de Lugo y se contagió de covid, junto a otros diez. Los trasladaron a otra residencia mejor equipada en Orense. A los dos o tres días falleció… Avisaron a su familia y celebraron, en Lugo, un tristísimo entierro, con el féretro sellado, siguiendo estrictamente los protocolos de la pandemia.

Pues bien, diez días después apareció Manueliña en la residencia de Lugo, vivita y coleando, en perfectas condiciones y curada del coronavirus. Indescriptible el pasmo y la alegría de sus allegados, especialmente del desconsolado marido. Cometieron un error de identificación en el traslado. Un injustificable error, aunque disculpable porque Manueliña tenía mermadas las capacidades mentales y, posiblemente, atendiera a cualquier nombre.

Atónito, me pregunté: ¿qué pasó con los familiares de la mujer que sí murió? ¿Sin noticias tantos días? ¿O quizás, por la confusión de nombres, recibían informes de otra enferma? ¿O no se comunicaron? ¿O, simplemente, esperaban noticias…? En cualquier caso, otra mujer que partió muy ligera de afectos… ¡hasta sin nombre!

Este suceso aviva una torrentera de recuerdos de las desventuras sufridas por los ancianos en los últimos largos meses: falta de recursos asistenciales, carencia de apoyo médico en las residencias, el sufrimiento y el (necesario) aislamiento, camas por los pasillos, el espectáculo de la morgue y los hospitales de campaña, la soledad…Y aquella orden que nunca jamás debió dictarse: no acercar a los hospitales a los mayores de…

 ¡Pobres generaciones! Desde los sesenta y cinco hasta los noventa y pico años; es decir, los nacidos sobre la década de los treinta hasta el atardecer de los cuarenta e inicio de los cincuenta. La mayoría se criaron con el hambre de la guerra, o con la cartilla de racionamiento. Y levantaron un país en escombros hasta casi asentar la sociedad del bienestar. Lo lograron con interminables jornadas de trabajo, con sueldos miserables, sin medios, sin vacaciones ni descansos, quizá emigrando para asentar un patrimonio familiar; y una gran capacidad de ahorro al reducir al mínimo los gastos. Una vida austera, o con penurias, soportada por la ilusión de mejorar el porvenir de sus hijos. Y fueron ellos, también, a finales de los setenta, los que se comieron sus lágrimas o sus rabias para despejar el horizonte de la convivencia social.

Y cuando la vida les regalaba un merecido sosiego el covid se lo truncó. Por supuesto, se intentó atenderlos en las mejores condiciones, aunque tal vez se pudo hacer algo más. Los profesionales y familiares derrocharon dedicación y cariño. Los “mandos” priorizaron su vacunación; aunque algún desencantado se maliciase que quizá escondía algo de táctica para aligerar ingresos hospitalarios y plazas de UCI. Puede, pues al mismo tiempo que recibieron cuidados heroicos y homenajes sentidos, escucharon aquello de…: no es lo mismo que muera una persona de noventa que una de veinte. Los muertos no lo oyeron; los vivos, sí…

Y los vivos -con las excepciones de rigor-, escépticos o impotentes, continuaron regalando destellos de ternura, ganas de vivir. Fue radiante su alegría al reencontrarse con sus hijos, y nietos; el regocijo de los primeros paseos; el agradecimiento a sus cuidadores; el estoicismo ante las penurias pasadas… Y aquella imagen del matrimonio de viejecillos enfermos que enlazaban las manos cada uno desde su cama. ¡Qué enternecedor, y envidiable, ver a dos ancianos que se quieren en el otoño de la vida!

Estos abuelos, los vivos, bien merecen un agradecimiento profundo: le debemos mucho a esas generaciones. Rebosemos con ternura y piedad lo que le niegan aquellos que legislan con la mira puesta en los votos y el postureo. En primer lugar, prodigándoles los cuidados y atenciones precisas hasta exprimir la última gota de vida: ¡hemos comprobado la fuerza, el ansia, con que se aferran a ella! Y, después, sin sentimentalismos, verbalizarles la gratitud. Recordarles su ayuda en aquel agobio o algún momento entrañable de la infancia, acompañado de un abrazo pospandémico. O cualquier cosilla menuda que apunte al corazón y desencadene una plácida cascada de emociones, porque en la vejez las emociones o se agrian o se adormecen.

Si no se agrian, esconden una lágrima que compendia y saborea todos los aprietos y alegrías de una vida. Esas lágrimas, que asoman del cariño, gritan: ¡mereció la pena vivir! Tal vez a algún amable lector estas líneas le huelan a mermelada afectiva. Tal vez… O, tal vez, manifieste la carencia afectiva de no haber sentido la hondura de querer por el simple querer, sin utilidades. Eso que tan bellamente expresó Pedro Salinas: “¡Qué alegría vivir sintiéndose vivido! Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo”.