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La mentira como recurso político

04/08/2021

Publicado en

El Diario Montañés y Diario de Navarra

Gerardo Castillo |

Profesor de la Facultad de Educación y Psicología. Universidad de Navarra

La mentira cada vez tiene más protagonismo en los debates políticos. Se tilda de mentirosos a los adversarios, sin que estos últimos se quejen de sufrir un agravio. No ocurre lo mismo fuera del Parlamento, donde se la considera un insulto grave. Parece que en política, como en la guerra, todo vale. Esto es un síntoma de que la mentira se está trivializando y normalizando en la vida política. Es una situación muy preocupante, tanto por su permisivismo moral como porque atenta contra la democracia. Contrasta mucho con la importancia que se le daba a la sinceridad en los pueblos primitivos: quien mentía tenía «lengua partida», por lo que era considerado persona no fiable. Utilizar por sistema la mentira como arma y herramienta política denota, como mínimo, falta de imaginación y de argumentos.

Un ejemplo de mentira como recurso político es el que se llevó a cabo por la directora de campaña de Donald Trump, quien justificó la barrera de entrada a Estados Unidos para los ciudadanos musulmanes. Según ella, dos musulmanes habían estado involucrados en la matanza de Bowling Green, pero este hecho no ha existido jamás. La mentira es una expresión contraria a lo que se piensa. Para san Agustín, la mentira consiste en «decir falsedad con intención de engañar». El valor ‘verdad’ favorece las relaciones humanas, mientras que el antivalor ‘mentira’ deteriora la convivencia.

En algunos ambientes la verdad y la sinceridad ya no se consideran valores. Se habla de la ‘cultura de la mentira’ en la que la mentira se utiliza como estrategia y herramienta política. Ello es reflejo de una sociedad en la que importa más aparentar que ser, y donde es fácil encontrar gente que renuncia a sus convicciones por conseguir un buen puesto.

Los motivos por los cuales se miente en política son muchos. Entre ellos cabe destacar los siguientes: para obtener un beneficio, para no aceptar una responsabilidad, para eludir una tarea, para no asumir una verdad, para tener notoriedad. Detrás de la mentira se esconde la compulsión a sobresalir.

Existe una ‘mentira emocional’ denominada posverdad que cada día tiene más presencia social y política. En 2016, el diccionario de Oxford reconoció ese término como la palabra del año, por el amplio uso que se le estaba dando en el ámbito político. La posverdad es la distorsión de una realidad en la que los hechos objetivos pesan menos que la apelación a las emociones personales. Muchas personas dicen «yo siento» en lugar de «yo pienso»; también «siento que eso es verdad». Para algunos autores, lo que mejor caracteriza a la posverdad es el desprecio de la verdad. Ello crea un vacío que está condenado a llenarse con fábulas.

Para contrarrestar el poder de la mentira en la vida social y política se suele recurrir al escepticismo positivo: ¿A quién le sirve esta información? ¿Cuál es la calidad y confiabilidad de las fuentes? Es muy importante fomentar el amor a la verdad desde edades tempranas, porque sin ella ni seremos libres, ni sabremos distinguir lo verdadero de lo falso, ni nuestra vida tendrá coherencia y sentido.

El amor a la verdad conlleva el deseo de saber y aprender. Ese amor puede brotar con la curiosidad natural del niño. Quien ama la verdad la busca de forma ilusionada y perseverante; además apunta alto y no se conforma con la inicial ausencia de respuestas. Aunque algunas veces el tiempo de búsqueda se alargue, no es tiempo perdido, sino de aprendizaje. El niño arquero que apuntaba a la luna con sus flechas nunca la alcanzó, pero fue quien llegó más lejos. Es muy importante la fuente a la que nos acercamos a beber, pero no hay que desestimar la capacidad para buscarla. Sócrates decía que, cuando al ser humano se le anula su natural tendencia hacia el saber, se le esclaviza en la peor prisión, la de la oscuridad mental, la ignorancia. Añadía que la forma más grave de ignorancia no es la del que no sabe, sino la de quien carece de interés por aprender. Sugiero inscribir esas palabras en el pórtico de todos los parlamentos. A quien ame la verdad, le repugnará la mentira.