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Gerardo Castillo Ceballos, Profesor de la Facultad de Educación y Psicología

Una laguna educativa, el uso del dinero

mar, 04 jul 2017 10:11:00 +0000 Publicado en Hoy Extremadura

Nuestros hijos están creciendo en un contexto social en el que sus referentes suelen ser los personajes idealizados que han ganado el primer millón de euros antes de los treinta años. En alguno de esos casos admiran la habilidad para haberlo logrado con poco esfuerzo.

Sorprende mucho que en el tema del dinero, en el que tanto los hijos como los padres estamos tomando frecuentes decisiones, no exista una normativa pedagógica. Veamos tres frecuentes situaciones problemáticas que denotan esa omisión educativa:

  1. El hijo consigue que los padres le compren lo que ve en los anuncios de televisión, aunque sea lo más caro.

  2. Al hijo no le dura su «paga» en el bolsillo; es incapaz de aplazar una compra y de ahorrar.

  3. En su afán de disponer de más dinero para caprichos caros realiza apuestas 'online' desde su teléfono móvil.

Detrás de esas conductas está la influencia de un ambiente consumista que cifra la felicidad en tener más y más cosas, lo que requiere ganar todo el dinero que se pueda por un procedimiento fácil y rápido. Muchos adultos de hoy estamos transmitiendo a los jóvenes más la ambición de ser ricos a corto plazo que la pasión por ser una persona culta y honesta.

En una viñeta humorística de Faro se recoge este diálogo entre un adolescente y su padre (este último está pobremente vestido):

-Papá, si no me compras el Iphone, voy a entrar en un mundo de frustración.

-¡Bienvenido!

El actual culto al dinero que tanto influye en los hijos está relacionado con un fenómeno que el filósofo Jesús Arellano denomina existencia cosificada: «surge cuando se reduce la persona a cosa; eso es lo que significa en griego el término 'porno', el tratamiento de las personas como cosas. El hombre cosificado se plantea sólo sus gustos y sus placeres, y los reduce a dinero. Se oculta detrás de todo eso».

Nuestros hijos están creciendo en un contexto social en el que sus referentes suelen ser los personajes idealizados que han ganado el primer millón de euros antes de los treinta años. En alguno de esos casos admiran la habilidad para haberlo logrado con poco esfuerzo. Un ejemplo: el propietario de un negocio de venta de autos usados que engaña a sus clientes cambiando el kilometraje sería «listo», mientras que un trabajador honrado «mileurista» que trabaja diez horas diarias sería un «pringao».

Está regresando la figura del pícaro, pero sin los motivos y la 'grandeza' original. Antes eran «pobres diablos», antihéroes pertenecientes a un estrato social muy bajo que intentaban simplemente comer cada día usando (mal) su ingenio. En cambio, el pícaro actual es un delincuente de cuello blanco que no necesita tener ingenio y que es movido no por el hambre, sino por la avaricia. La picaresca del Lazarillo de Tormes es un juego inocente comparada con la de un corrupto.

Christiane Collange, una periodista francesa, menciona la picaresca de sus hijos adolescentes para sacarles dinero a sus padres:

  1. El síndrome del «¿tienes veinte euros » repetido con frecuencia.

  2. Inventarse deudas para que las paguen los padres.

  3. Pedir «préstamos» a los padres sin el propósito de devolverlos.

  4. Pedir dinero para algo necesario y desviarlo hacia algún capricho.

Urge educar a los hijos para prevenir comportamientos inadecuados, pero también para utilizar el dinero como medio educativo para el desarrollo de algunas virtudes humanas. El buen uso del dinero puede hacer a los adolescentes más responsables, pacientes, solidarios y generosos. Actualmente es muy necesario enseñarles la virtud de la honradez. Para ello sugiero aprovechar las oportunidades que se presentan para hablar con los hijos de esa virtud, como, por ejemplo las tres siguientes:

  1. La prensa informa de que una persona encontró una cartera con mucho dinero y seguidamente la devolvió, a pesar de estar muy necesitada.

  2. Descubrimos que un hijo hace trampas en el juego.

  3. Tras una riña con su hermano, un niño reconoce que la culpa fue suya y le pide perdón.

Un objetivo básico en la educación económica de los hijos es que aprendan a administrar su dinero de bolsillo: que gasten sólo lo necesario; que no compren de forma compulsiva; que valoren diferentes ofertas y comparen precios antes de comprar.

Conviene que la asignación de los padres sea fija. La «paga» periódica suele ser la primera experiencia de independencia financiera. Con ella aprenderán que el dinero no es ilimitado, que cada vez sólo se dispone de una cierta cantidad, que no se puede comprar todo lo que se desea.

A partir de cierta edad, es aconsejable que los padres informen a sus hijos sobre el presupuesto familiar, para que valoren más lo que reciben y no sean caprichosos. También es muy formativo que los hijos visiten ambientes con personas que lo están pasando muy mal y tengan detalles de caridad con ellos (ancianos en asilos, niños en orfanatos, personas sin techo o en albergues, etcétera).

El factor más eficaz es el ejemplo paterno. «Largo es el camino con preceptos; breve y eficaz con ejemplos» (Séneca).