04/02/2026
Publicado en
Ethic
Anna Dulska |
Investigadora de 'Vínculos, creatividad y cultura' de la Universidad de Navarra

El nudo
Para conmemorar aquel encuentro, en la plaza de Castilla en Valeta, delante de la sede del Gobierno (la antigua hospedería de los caballeros castellanos de la Orden de Malta) fue colocada una obra del artista maltés Vince Briffa. La escultura The Knot (el nudo) simboliza el estrecho vínculo geográfico y la interdependencia migratoria entre Europa y África, así como la posición nodal de Malta entre ambos continentes. Al situarse en el contexto político y humano de la crisis migratoria de 2015, la obra permite una lectura más crítica: el nudo alude a la incapacidad de gestión y a las tragedias resultantes: de quienes murieron en el camino, de las familias que lo arriesgaron todo esperando remesas o reencuentros, de las víctimas de la trata y de quienes descubrieron que el sueño europeo era una pesadilla de vida de precariedad. Incluye, además, el miedo —real o imaginado— de no pocos ciudadanos europeos. Diez años después, aquel encuentro sigue siendo un espejo incómodo.
En la Edad Media, Malta formó parte de la Corona de Aragón. El lema de los Reyes Católicos, tanto monta, inspirado en el nudo gordiano, resuena simbólicamente en la gestión migratoria europea actual, donde sucesivos pactos no cortan el problema, sino que agrandan el nudo.
Vasos comunicantes
El Mediterráneo es un espacio de conexión de personas, culturas y economías entre tres continentes, pero las difíciles herencias de la descolonización en África, Oriente Medio y el Sudeste Asiático que siguen afectando a sus sistemas políticos, sociales y económicos, provocan inestabilidad y desplazamientos migratorios. Estos flujos, impulsados por la búsqueda de protección y prosperidad, son a menudo explotados por el crimen organizado, que ocupa los vacíos creados por los estados fallidos y los convierte en un negocio lucrativo.
Hay tres principales rutas migratorias a través del Mediterráneo. Malta e Italia se sitúan en la ruta central, por la que llegan personas desde Libia y Túnez. La ruta oriental conecta Turquía y Grecia con los Balcanes hacia Europa Central, mientras que la occidental enlaza Marruecos y Argelia con España, extendiéndose hacia Canarias. Estas rutas actúan como vasos comunicantes: el refuerzo de una frontera desplaza los flujos hacia otras.
Lo demuestra el acuerdo firmado entre la UE y Turquía en 2016. Durante varios años permitió a la UE mantener el drama fuera de la vista —“ojos que no ven, corazón que no siente”—, pero no resolvió nada. La disminución de la presión sobre la ruta oriental se ha traducido en el incremento de la presión sobre la central. Según los datos de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas FRONTEX y del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en 2025 por la ruta oriental cruzaron 51 mil migrantes, 66 mil por la central, 19,5 mil por la occidental y 17 mil por la atlántica. Conviene señalar que no es necesario llevar a los migrantes a las costas continentales: basta con trasladarlos a islas de Grecia o Italia o a los enclaves españoles en el Magreb. Lesbos se ve a simple vista desde la costa turca y Pantelleria desde la tunecina. Lampedusa se encuentra a medio camino hacia Malta. En trayectos más largos se utilizan barcos nodriza desde los que los migrantes son trasbordados a pateras o cayucos antes de entrar en aguas europeas. En cuanto su origen, las rutas que emprenden nacen a menudo muy lejos del Mediterráneo: en el Cuerno de África, el Sahel o Asia del Sur. Las procedencias predominantes este año son Afganistán, Bangladesh, Argelia y Mali, respectivamente. Para llegar al punto de embarque muchos tienen que cruzar el Sáhara. El año pasado el Mediterráneo y el Atlántico se han llevado 1953 vidas. ¿Cuántos no lograron cruzar el desierto? El Sáhara es un cementerio invisible: las arenas entierran cuerpos y memorias sin registro, borrando estadísticas y responsabilidades.
¿Tanto monta?
La política migratoria de la UE ha reaccionado sistemáticamente tarde. El Sistema de Dublín, que obligaba a solicitar asilo en el primer país de llegada, sobrecargó a Grecia e Italia y resultó ineficaz. En 2015 se introdujo la relocalización obligatoria, pero solo se cumplió parcialmente: de 160.000 plazas previstas, se cubrió un tercio. España acogió un 12% comprometido, Alemania —un 20%. Posteriormente, los acuerdos UE-Turquía e Italia-Libia (2016-2017) externalizaron el control migratorio. El Pacto de Migración y Asilo de 2021 instauró una “solidaridad flexible”, permitiendo a los Estados elegir entre acoger refugiados o financiar retornos. Esta lógica se consolidó con el Nuevo Pacto aprobado en 2024, que entrará en vigor en junio de 2026 e impone pagos de 20.000 euros por migrante no acogido. Paralelamente, acuerdos como Italia-Albania profundizan la externalización, planteando si el “offshoring migratorio” será el coste de la integración europea de los Balcanes Occidentales.
Diez años después, Europa sigue enredando el mismo nudo migratorio: contener sin comprender y delegar sin resolver. Tal vez haya que cortarlo de raíz, evitando que las personas se vean forzadas a huir, aunque para ello haría falta otra metáfora.