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El culto y oficio a San Raimundo de Fitero en su monasterio


FotoCedida/Oficio con los rezos de San Veremundo y San Raimundo para el Reino de Navarra, Pamplona, 1767. Colección Particular

El culto al que fuera primer abad de Fitero tuvo un gran hito a fines del siglo XVI, cuando el abad fray Marcos de Villalba trajo una reliquia insigne en 1590, extraída del cuerpo del santo con motivo del traslado de su cuerpo a un nuevo monumento funerario, costeado por el citado fray Marcos. La reliquia se introdujo en el busto relicario romanista hasta que se trasladó, bien entrado el siglo XVIII, en torno a 1736, a un hermosísimo relicario de plata. Con ese relicario hubo costumbre hasta el siglo XIX, de salir a los pies del templo a conjurar los nublados.

Sin embargo, el rezo y oficio del fundador de la orden militar de Calatrava fue autorizándose paulatinamente para el cister (1702), para la diócesis de Tarazona (1728) y otras órdenes religiosas, hasta llegar el año 1800, en que se extendió a toda España, a petición de Carlos IV, mediante un Breve expedido en Roma el 5 de diciembre de 1800, ampliando el Oficio de su festividad a todo el clero regular y secular de ambos sexos de todos los dominios hispanos, con categoría de rito doble menor para el día 15 de marzo. 


Recibo de los gastos ocasionados en Roma para la consecución de los oficios de San Raimundo de Fitero y San Veremundo, 1767. Archivo General de Navarra

La extensión del Oficio y rezo para el reino de Navarra fue un hecho en 1767. El decreto de la Congregación de Ritos que lo posibilitó, se produjo a instancias de las Cortes de aquel Reino en sesión del 4 de octubre de 1765, en la sala preciosa de la catedral, lo solicitaron tanto para san Raimundo, como para san Veremundo, abades de Fitero e Irache. La iniciativa partió de los abades de ambos monasterios, que ocupaban asiento en el brazo eclesiástico. Del texto de la petición a la santa sede, entresacamos el siguiente párrafo: “Deseosos de que se extienda a todos los pueblos deste Reino y veneración de los santos... y San Raimundo abad que también fue del Real Monasterio de Santa María de Fitero y fundador de la Orden Militar de Calatrava, presidio de la religión cristiana contra los moros”. El éxito de las gestiones se tradujo en el decreto de 1766 y la impresión del rezo, al año siguiente, con las licencias oportunas rubricadas por el Vicario General de la diócesis de Pamplona, don Manuel de la Canal. El agradecimiento del Reino a la Sagrada Congregación de Ritos se hizo constar en la siguiente reunión de las Cortes, en 1780, en las que se dio cuenta de que la Diputación del Reino había resuelto satisfactoriamente el mandato de las Cortes precedentes. El texto, fechado en Pamplona el 21 de enero de aquel año, dice: “Así bien, por el capítulo 113, se previene que, logrados los Breves para los rezos de San Veremundo y San Raimundo, cuya solicitud se resolvió en las últimas Cortes, por auto de 4 de octubre de 1765 hiciese la Diputación las diligencias necesarias para su cumplimiento. Lo ha tenido enteramente el encargo, pues consta al fol. 14, lib. 18, que el Reverendísimo fray José Ruete, siendo abad de Irache remitió el Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, concediendo el rezo para todo el Reino y al fol. 74 que la Diputación pasó a los prelados respectivos el Decreto”.

Detrás de todo aquel proceso estuvo don Fermín de Lubián, prior de la catedral de Pamplona y destacadísima personalidad en la Pamplona del siglo XVIII. Sus averiguaciones tenaces comenzaron en 1757 con una interesante correspondencia con uno de los canónigos de Toledo, apellidado Rodríguez, de la que nos ocupamos en otro lugar. Al prebendado cabría relacionar con don Francisco Rodríguez Gálvez, toledano y doctoral de Tudela, que intervino en las gestiones cuando se planeó la construcción de la capilla de Santa Ana e influyó para que el cabildo de la capital de la Ribera encargase a Toledo un gran lote de plata labrada en 1715.


Escultura de vestir para las procesiones del monasterio de Fitero, c. 1702, desaparecida.

Entre las contestaciones y adhesiones solicitadas por las instituciones navarras, destacamos la del obispo de Tarazona, dirigida al Reino, rubricada el 19 de octubre de 1765 y conservada en el Archivo General de Navarra (Negocios Eclesiásticos, leg. 5, carpeta 28). En ella aprovecha para reivindicar al abad cisterciense como canónigo turiasonense y escribe: “Deseo que mis adjuntas súplicas concurran a las religiosas miras del discreto celo que anima a Vuestra Señoría Ilustrísima, sobre cuyo interés en este piadoso asunto, tengo yo el particular, por la distinguida porción que le cabe a mi obispado en ese Ilustrísimo Reino de fomentar con Vuestra Señoría Ilustrísima el culto a San Ramon de Serra, canónigo de esta mártir, mi esposa, a quien tanto hermoseó con sus virtudes, como fueron estas útiles al Cister, a Calatrava y a la Iglesia toda”.

En el citado Archivo General de Navarra se conservan otros documentos, como la petición para la libranza por los gastos realizados en Roma, el Breve original del Papa en vitela (Negocios Eclesiásticos, leg. 5. carpeta 36) o el impreso certificado por el vicario general de la diócesis de Pamplona don Manuel de la Canal sobre la copia del mencionado documento pontificio (Negocios Eclesiásticos leg. 5, carpeta 37).

Los gastos en la curia romana los suscribe en mayo de 1767 el monje fray Bernardo de Salazar y contienen partidas relativas a conceptos como: abogado de la Congregación de Ritos, la impresión del memorial y su encuadernación, las propinas a los familiares de los cardenales, los derechos de secretaría, la expedición del decreto y al archivero de la Congregación por los derechos de registro. El curioso recibo se conserva, asimismo, en el Archivo General de Navarra (Negocios Eclesiásticos, leg. 5, carpeta 38).


 

 
Busto relicario del santo en el monasterio de Fitero, obra posible de Bernal de Gabadi, c. 1590.
Foto J. L. Larrión
Escultura de San Raimundo en el retablo de Santa Teresa del monasterio de Fitero, por José Serrano, 1730.
Foto J. L. Larrión

 

En el monasterio de Fitero, con la autorización de culto en 1702 para toda la orden del cister, los actos de culto se debieron incrementar notablemente. En primer lugar, se le dotó de un retablo presidido por una imagen de candelero con una cabeza harto expresiva, conservada y procesionada hasta 1965. El citado retablo lo policromó el dorador Juan Preciado con setecientos panes de oro traídos de Pamplona y cuatrocientos de plata, que también sirvieron para decorar las andas de la procesión y unos hacheros. Posteriormente, en 1730, otra escultura de madera policromada se colocó en el cuerpo principal del gran retablo de santa Teresa, en el crucero norte del templo abacial. El contrato para su realización lo firmó en octubre del mencionado año de 1730, comprometiéndose a entregarlo finalizado, en agosto de 1732 por la cantidad de 2.200 reales de plata. Respecto a la figura del primer abad de Fitero, se especifica en el citado documento que se esculpiría un “San Raimundo con bastón en la mano izquierda y en la mano derecha una bandera”. Así lo hizo Serrano en una bella imagen en la que domina claramente el contenido abacial, con un rostro idealizado, amplia cogulla cisterciense de largas mangas y cruz de Calatrava. La policromía con ricos oros en las vestimentas y pulidas encarnaciones, revaloriza esta escultura de líneas abiertas, con los brazos desplegados para sostener la bengala, símbolo de su autoridad y la bandera, emblema de la Orden de Calatrava.

Respecto a la reliquia, engastada en un relicario argénteo de tipo brazo con hermosa peana decorada con cruces de Calatrava, sabemos por un documento de 1810 que, entre las obligaciones del sacristán figuraba, “exponer el brazo-relicario de San Raimundo, tanto de día como de noche” los días de tormentas veraniegas.


Brazo-relicario de plata del santo del monasterio de Fitero, c. 1736. Foto J. L. Larrión

Para saber más

FERNÁNDEZ GRACIA, R., “Entre la historia, la leyenda y el mito. La imagen de San Raimundo, abad de Fitero y fundador de la Orden militar de Calatrava”, Fitero: el legado de un monasterio. Pamplona, Fundación para la Conservación del Patrimonio Histórico de Navarra, 2007, pp. 125-172

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