Kiko Llaneras: “Las herramientas son las mismas en el Periodismo y en la Ciencia, lo que cambia son los tiempos”
26 | 01 | 2026
Kiko Llaneras es periodista de datos en El País y doctor en Ingeniería Industrial. Su trabajo se sitúa en la intersección entre ambas disciplinas, que comparten el rigor, la precisión y el trabajo con datos. En la Tecnun Student Research Conference, celebrada el 16 de enero en el edificio Parke, Llaneras ofreció una conferencia dirigida a investigadores de Tecnun y Ceit y, a continuación, respondió a varias preguntas sobre los desafíos de la comunicación y la ciencia en el entorno actual.
¿Qué ha supuesto para ti, en tu labor periodística actual, todo ese bagaje previo en Ingeniería?
El objetivo de un científico es entender y explicar el mundo y la misión del periodismo es conocer la verdad y contarla. Por eso, en cuanto a la objetividad, el uso de datos y la verificación de afirmaciones, estas dos disciplinas se parecen más de lo que a veces pensamos.
La gran diferencia, para mí, es la velocidad. En el mundo académico, los plazos son largos; puedes dedicar años a una tesis. El Periodismo, en cambio, se hace a toda prisa. Recuerdo que al empezar recibía llamadas con un tema y yo lo meditaba tranquilamente hasta que caía en la cuenta de que era para el mismo día. Ante esto, la única solución es ser más cauto: si haces en horas o días un trabajo que a otros les lleva meses, hay que extremar la cautela, ser transparente con los métodos, no sobreprometer resultados y no fingir tener certezas.
Además, esta semejanza entre Periodismo y Ciencia se ha intensificado en los últimos años. Los medios se han vuelto más analíticos: Internet premia al que explica lo que pasa más que al que tan solo lo cuenta. Antes el Periodismo era más descriptivo, hoy eso ha perdido valor porque lo que pasa en cualquier lugar lo puedes ver en tiempo real. Por eso la labor se ha desplazado hacia preguntas más difíciles: ¿qué significa esto?, ¿cómo se conecta?, ¿qué implicaciones tiene?... La síntesis y el análisis se han vuelto centrales y aún queda camino por recorrer para aportar un verdadero valor añadido.
En esta relación que a veces se percibe asimétrica y que se da entre lo académico, lo científico y lo periodístico, ¿qué ejercicio crees que tendría que hacer cada uno para alcanzar el objetivo común de explicar el mundo?
Creo que el Periodismo ha necesitado y necesita cuantificarse. Las matemáticas y los números son un lenguaje. Es como con el inglés: si no lo dominas, lo que lees no es inteligible. Y eso le pasa a mucha gente con las matemáticas. Además, ha existido una tendencia nociva a pensar que entender números es una cuestión innata, como si hubiera personas que nacen con esa capacidad y otras que no. Pero no es así.
El gran hándicap del Periodismo (y de otras disciplinas) es que no puedes renunciar al lenguaje de los números, igual que no puedes renunciar al inglés. Si no, alguien usará ese lenguaje para colocarse en una posición de superioridad. Y no tienes por qué concederle eso. Además, el lenguaje numérico es utilísimo: te abre acceso a cosas muy interesantes y valiosas. Por eso defiendo que, desde el punto de vista formativo, la gente tenga acceso y dominio de estos lenguajes: números, programación… tocar esos ámbitos, aunque luego cada uno haga lo que quiera.
En el mundo técnico o científico, cuando entiendes esto, viene otra conclusión: si te vas a poner en manos de un periodista, un departamento de comunicación o alguien que se dedica a comunicar, debes respetar su expertise. Comunicar es una habilidad que se entrena, se aprende, tiene sus propios códigos y no es arbitraria. Y, además, es cada vez más importante.
Vivimos en una economía de la atención: la gente tiene mil cosas que hacer y tú compites con todo lo demás por su tiempo. La atención es poder. Puedes intentar ignorar todo esto o confiar en que hay gente con talento magnético de manera innata, pero ignorarlo es hundir tus ideas.
En esta sobreabundancia de información y con tanta desconfianza, ¿cómo puede el público distinguir fuentes fiables de ruido?
Lo primero es reconocer que las cabeceras clásicas siguen teniendo un valor enorme. Cuando ocurre algo importante que afecta a la vida de la gente, la mayoría recurre a los periódicos: lo vimos en la pandemia, el día del apagón o en la DANA. En esos momentos en los que la gente quiere estar bien informada, busca fuentes fiables, y ahí el papel de los grandes medios sigue siendo clave.
La gente discrimina bastante bien y no es cierto que crea todo lo que ve en internet. El primer filtro es el escepticismo: no te crees todo lo que lees. Además, aunque haya mucha información errónea, eso no significa que se adopten esas ideas de inmediato. Es un aprendizaje continuo: poco a poco se aprende a distinguir qué fuentes son fiables y cuáles no.
Creo que el valor de la curación y la selección de contenidos seguirá creciendo, porque en un mundo saturado de estímulos la gente necesitará claridad en lugar de ruido. Pero esa transición no es automática, porque el ruido también es un negocio: mientras la gente lo consuma, seguirá siendo rentable y se seguirá produciendo. Por eso estamos en un equilibrio perverso: cuanto más miramos el ruido, más incentivos económicos hay para generarlo. Aun así, quiero pensar que con el tiempo se acabará imponiendo un modelo en el que se premie más la claridad y la calidad informativa.
Las infografías y otras representaciones visuales simplifican la realidad para acercarla a la audiencia, pero a veces en ese simplificar se puede perder la complejidad del tema. ¿Dónde está el equilibrio entre claridad y rigor?
Creo que la tensión tarda en aparecer. Muchos días cubrimos la actualidad y la realidad es que la gente que te está leyendo, en muchos asuntos, tiene muy poco conocimiento de base. Yo mismo me planteo: “¿Qué ha pasado en Irán en los últimos dos años?” Es un lienzo casi vacío. Entonces, tienes mucho espacio para contar muy poco. Y si eso es real y es lo más importante, aunque deje fuera mucha complejidad, ya es una contribución muy clara y positiva.
El problema es que, con este cambio de atención, las audiencias se han fragmentado brutalmente y conviene escribir para gente que conoce mejor los temas. El consejo tradicional de “escribe para que te entienda tu abuelo” ya no funciona: tu abuelo no te lee si no le interesa el tema. En el día a día, escribes para gente que sabe más del tema, por lo que los incentivos se han movido hacia una mayor profundidad. No puedes escribir para gente que no le interesa, porque esa gente está haciendo otra cosa con su tiempo.
El otro punto para encontrar el equilibrio es aceptar que todo es una aproximación. 900 palabras sobre un asunto complejo van a dejar cosas fuera, un gráfico va a dejar cosas fuera, un mapa también... Son modelos. Como decimos en ciencia: ningún modelo es cierto, algunos son útiles.
Entonces, ¿cómo evitar desinformar cuando dedicas 900 palabras a un tema complejo? La clave es abrazar la cautela, respetar la incertidumbre y ser poco rotundo. Muchas veces el titular más riguroso que puedes hacer es una pregunta. Porque no tienes una respuesta para muchos asuntos que salen en el periódico hoy. Es más honesto titular así y dedicar 3.000 palabras a no responder rotundamente una pregunta para la que no tienes respuesta, pero en las que aportas datos, entrevistas con expertos y contexto.
En definitiva, el equilibrio consiste en asumir que tienes respuestas incompletas y asumir lo que los lectores saben desde siempre: que tú no sabes cuál es el secreto de la felicidad, ni si va a haber una tercera ola de la pandemia, ni si las elecciones las ganará tal o cual. Pero sí te leerán con interés si tienes cosas interesantes que decir sobre asuntos que, en realidad, no puedes resolver (que son casi todos).
Para terminar, con la perspectiva que te da una trayectoria tan dilatada y tras analizar cómo han evolucionado los medios de comunicación, ¿te atreverías a plantear una hipótesis sobre lo que nos deparará el futuro? Y, en ese caso, ¿sería una hipótesis optimista para el Periodismo?
Sí, soy muy optimista, pero no de forma ingenua. Creo que la comunicación tiene un futuro prometedor. No creo que estemos peor informados. La idea de que la sociedad está peor informada no se sostiene sin la nostalgia. Hoy la gente tiene acceso a muchísima información. Incluso hacemos periodismo con satélites: vemos imágenes de la DANA, del avance de tropas en Ucrania o verificamos si las ambulancias llegaron a tiempo en Melilla. Eso antes era ciencia ficción y ahora es cotidiano. Así que, en realidad, podemos estar cada vez mejor informados.
Eso sí, esta abundancia trae problemas nuevos. Es la paradoja de la abundancia: cuando hay exceso de contenido aparecen efectos nocivos que no anticipamos. La curación de contenidos se vuelve muy valiosa, pero también crece la desinformación. La comunicación se ha desmediado: cualquiera puede difundir algo interesante, pero también una mentira atractiva. Aun así, creo que encontraremos formas de que este nuevo ecosistema haga que la sociedad esté mejor informada.
¿Y en la divulgación científica? Porque en este ámbito sí se han dado grandes avances. ¿Vamos por buen camino?
Sí, creo que la divulgación científica va bien encaminada. Antes, en un pueblo pequeño en los 80 y 90, la única ventana al mundo era el quiosco. Si querías leer sobre ciencia, te lo habías leído todo. Hoy puedes acceder a cualquier contenido científico y aprender en cualquier idioma. Es una oportunidad brutal y por eso soy optimista.
El problema no es sólo protegerse de la mala información, sino también conseguir foco. Y a mí me preocupa más esto último: tener demasiadas opciones y no saber elegir una sola es una lucha ancestral de nuestro cerebro. La solución, creo, vendrá combinando cultura y normas sociales, como ocurrió con el móvil en silencio mientras uno viaja en autobús: un cambio cultural sin necesidad de leyes.
En lo personal, la lucha es hacer menos cosas. Si no, no profundizas. Yo dejo pasar el 90% de los temas de actualidad. A veces me deja mal en alguna reunión, pero no tengo tiempo para saber un poco de todo: necesito saber un poco más de algunas cosas para poder escribir con sentido.
Así que sí, es una lucha difícil, pero confío en que encontraremos un equilibrio. Esto es muy nuevo: del quiosco a hoy han pasado 30 años y la cultura se mueve más lento. Pero ya hemos avanzado. Si pudimos silenciar los móviles, podemos silenciar otras cosas también. No sé exactamente cómo (si será por plataformas, leyes o hábitos sociales) pero creo que es un problema que se solucionará.