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Fuerzas de Estados Unidos intervienen en la Operación Furia Épica desde el grupo de ataque del portaviones Gerald Ford [Pentágono]
A nadie se le escapa que los efectos de la operación combinada que Estados Unidos e Israel desencadenaron sobre Irán el pasado 28 de febrero se van a hacer sentir a nivel global de una manera que todavía no podemos vislumbrar. La ofensiva está produciendo una fuerte reacción negativa en los mercados financieros; mientras que el precio del petróleo Brent ha escalado un 25% desde que comenzó el ataque. Tras el anuncio iraní de cierre del Estrecho de Ormuz, no es difícil intuir que el mundo entero se va a tener que enfrentar a un entorno económico muy desfavorable en el futuro próximo si el bloqueo es efectivo y se prolonga. Europa no es una excepción.
Varios países de Oriente Medio han sido ya objeto de la represalia iraní; una parte del territorio de la Unión Europea está dentro del alcance de los misiles de largo alcance de la República Islámica y, de hecho, algunas instalaciones militares británicas en Chipre han sido bombardeadas. Dada la presencia en el sudeste de Europa de fuerzas militares norteamericanas desplegadas para disuadir a Rusia en el marco de la OTAN, la posibilidad de un nuevo ataque de Irán sobre territorio europeo no es, en absoluto, descartable, y podría resultar en una nueva invocación del Artículo 5 del Tratado de Washington —lo que aún no ha sucedido— y en la consecuente implicación de la Alianza Atlántica en la guerra.
Lo quiera o no, por tanto, Europa ya está implicada de alguna forma en este nuevo episodio de violencia. La actitud de la Unión Europea puede calificarse en su conjunto como gris y desigual. Carente de una posición común cohesionada, está manteniendo un perfil bajo, recurriendo a lugares comunes —llamadas a la contención, respeto al derecho internacional, uso de la diplomacia— para, realmente, mantener un equilibrio que satisfaga a todos y no comprometerse en nada.
El contraste de las posturas de los países europeos es muy elocuente, y habla, por sí sola, del nivel de cohesión en esta materia del continente en general, y de la Unión Europea, en particular. Francia, Alemania, Gran Bretaña —país no comunitario—, naciones con una clara vocación de liderazgo regional, y que fueron activas en 2015 en el momento de la forja del acuerdo nuclear con Irán (el JCPOA), han mostrado su disposición a adoptar medidas defensivas contra Irán, lo que es interpretable como un apoyo a las operaciones norteamericanas. Grecia se ha unido a ellos, no declarativamente, pero sí despachando dos unidades de la Armada Helénica a las aguas de Chipre para apoyar la defensa del territorio.
Otros países de la Unión guardan un silencio ensordecedor y, en general, se mantienen al margen. Algunos, como las repúblicas bálticas o Polonia, se muestran más cercanos a Estados Unidos, pero sin romper la cautela; otros, como Irlanda o Austria, son más críticos, dentro de la misma línea; finalmente, otros —el bloque mayoritario— prácticamente no se pronuncian, más allá de las vaguedades habituales. Ninguno de los que albergan bases norteamericanas ha puesto ningún obstáculo a que las fuerzas militares las empleen, o su espacio aéreo, en apoyo a las operaciones.
España aparece sola a un extremo del espectro. El gobierno de España no está de acuerdo con la operación, que considera una violación del derecho internacional; en esto, Madrid no es una excepción, pues, al menos, Irlanda, Austria y Malta le acompañan en tan categórica apreciación. Aquí se acaban las similitudes pues, además de lo anterior, España, en solitario, se ha constituido en el paladín de la oposición a la acción norteamericana, recuperando el slogan de ‘no a la guerra’ que el Partido Socialista ya empleó en Irak y, aunque con el matiz de haber despachado la fragata ‘Cristóbal Colón’ a Chipre, ha pasado de la retórica a la acción, negando a su principal aliado militar el uso de las bases que ocupa en territorio español, justo en el momento en que más lo necesita: cuando está librando una guerra para neutralizar una amenaza como la iraní, pues eso es lo que se dirime hoy en aquellas tierras. La reacción de la administración ha sido airada; el secretario del Tesoro Bessent ha sido especialmente duro al decir que la actitud de España, “pone en riesgo las vidas de soldados norteamericanos”.
La crítica del ejecutivo español a la decisión norteamericana es comprensible, aunque sea, como tantas cosas, discutible; lo que ya no se entiende tan bien es la necesidad de adoptar una postura tan drástica como esta y, menos aún, la de erigirse en portavoz del antiamericanismo hasta el punto de merecer el elogio público de la misma República Islámica.
Lo visto en este caso presenta a España, a ojos de Estados Unidos, como un socio no fiable; es reminiscente del gesto que otro político español tuvo no ofreciendo sus respetos a la enseña nacional de Estados Unidos recibiéndola en pie durante la parada de la Fiesta Nacional; y, de ello no puede quedar duda ninguna, Estados Unidos buscará retribución, lo que no es bueno para los intereses nacionales.
Vivimos en un mundo imperfecto; el objetivo de transformarlo en uno regido por altos principios y valores es noble, y los esfuerzos para lograrlo, loables. Unos valores, sin embargo, no pueden prevalecer automáticamente atrofiando otros; la invocación al derecho internacional como valor fundamental en el uso de la fuerza no puede servir para legitimar ‘de facto’, y por la inoperancia de la comunidad internacional, la conducta de un régimen como el de Irán, proliferador y empeñado en destruir el Estado de Israel, en el exterior, y cruelmente represor en el interior.
Salvador Sánchez Tapia es General de Brigada (Res) y profesor de Geopolítica y de Resolución de Confllictos en la Universidad de Navarra; es investigador principal de GASS