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LOS ASISTENTES

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Más de 20.000 personas escucharon en directo la homilía

Amigos de la Universidad, alumnos, profesores y otros profesionales llenaron
la explanada de la Biblioteca para asistir a la misa oficiada por san Josemaría

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 Francisco Ponz, rector de la Universidad en 1967

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Encendido en amor a Dios, a la Iglesia y a todas las almas, la palabra de San Josemaría, segura, firme y vigorosa, escuchada en absoluto silencio, penetraba  y quedaba grabada en las mentes y en los corazones de todos. No entraré yo a comentar aquí la gran riqueza teológica y apostólica del contenido de la homilía, cosa que otros han hecho y seguirán haciendo. Sólo diré que con ella, en quienes entonces estábamos en la Universidad, como en los que vinieron después, se hizo más fuerte la convicción de que, para cada uno y para el servicio que se prestaba a la sociedad, era verdaderamente importante procurar, con ayuda de la gracia divina, que la propia vida, en todos sus momentos y manifestaciones, se ajustara lo más posible a las enseñanzas del Evangelio, que se supiera encontrar a Jesucristo en todas las cosas grandes o pequeñas de cada día, que se buscara siempre el bien de los demás. Junto a eso, y aun por eso mismo, se habría de tratar de realizar las funciones propias de la Universidad con la mejor calidad que permitieran nuestras limitaciones, poniendo en juego la preparación y criterios profesionales propios, con lealtad a los principios fundacionales y con plena libertad y personal responsabilidad. Los Amigos de la Universidad también reaccionaron con el deseo de mejorar en su vida cristiana, y captaron más profundamente el elevado sentido de su cooperación generosa, como “claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal”.

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Dr. José Miranda, médico pediatra

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En un principio no estaba previsto que me encargara de la grabación del audio de la homilía, pero quise unirme al equipo para asegurar que quedaba todo bien registrado, junto con Juan José García Noblejas. Finalmente, hubo problemas con la grabación en vídeo y solo se conservan filmadas algunas partes de la misa, así que esa grabación sonora resultó ser un tesoro.

Otra cosa que recuerdo muy bien de esos días fue un breve encuentro de san Josemaría con los toreros que habían participado en una corrida organizada por la Asamblea de Amigos. La tertulia, en la que estuvo muy cariñoso, fue en el Colegio Mayor Aralar. Nunca me olvidaré de una simpática metáfora que utilizó al decirle a los toreros: “Esta mañana he toreado delante de miles de personas vestido de verde y oro”, refiriéndose a los ornamentos que había utilizado en la Misa. Luego regaló a a cada uno una medalla de Nuestra Señora del Amor Hermoso".

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Jesús Tanco, antiguo empleado de la Universidad

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Recuerdo, de la misa en el campus, un ambiente especial de alegría, con bandas de música como la de Lodosa, con pancartas simpáticas y alusivas a la misión de la Universidad, con una multitud, llamémosla así, muy entregada a la labor universitaria que empezaba a dar frutos abundantes en Navarra. 

Por supuesto que hubo asistentes de otras regiones españolas y una buena representación internacional, acorde con el espíritu universal de la Navarrensis.

Aquel día es difícil de olvidar para mí: la Universidad, engalanada y festiva, forjó un ambiente y estilo, que pude comprobar como alumno, y después como profesor y colaborador profesional, y que se ha mantenido en el tiempo. Fue un día memorable y encantador".

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Carmen Gutiérrez, madre de varios profesores de la Universidad

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El 8 de octubre de 1967, mi marido, acompañado de algunos de mis hijos, asistió a la Santa Misa en el campus de la Universidad de Navarra. En la homilía pronunciada por san Josemaría se repite trece veces la expresión "Hijas e hijos míos". Para él, éramos sus hijos; él, para nosotros, Padre. Su cariño hacia cada uno de sus hijos no era una teoría, sino que tomaba forma en casos concretos.

Como Padre se adelantaba a lo que, en un momento determinado, pudieran necesitar sus hijos, apretando su agenda con el deseo de sacar tiempo para estar con ellos. Así, el 5 de octubre de 1967, día de la llegada de san Josemaría a Pamplona, nació mi hija María de los Ángeles. Mi marido fue, como había hecho justo un año antes, al Colegio Mayor Aralar para decirle a san Josemaría que, ese mismo día, a las 12h, había nacido una niña. Quería pedirle que la bautizara.

- Padre, no tengo más padre que usted. Yo a mi padre le pediría… ¿Qué sé yo lo que le pediría? Un submarino…

Y san Josemaría no le dejó continuar:

- ¡Pillo, más que pillo! ¿Qué quieres? ¿qué te la bautice? Pues te la bautizo. Habla con don Álvaro, para ver cuándo puede ser, porque tenemos el tiempo muy apretado, y si alguien te pone algún inconveniente, vienes y me lo dices.

San Josemaría era un padre que ejercía su paternidad de forma sobreabundante. Era consciente de que los miles de personas que el 8 de octubre le escuchaban en la explanada de la biblioteca de la Universidad eran, antes que nada, "una gran familia de hijos de Dios en su Iglesia Santa". Sus palabras, "palabras de sacerdote" no buscaban otra cosa que ayudar a sus hijos a ser mejores hijos de Dios".