24 de octubre de 2016

Ciclo de conferencias

LA PIEL DE LA ARQUITECTURA

La apoteosis del color: yeserías y pinturas murales en los siglos del Barroco

Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro. Universidad de Navarra

 

Color, ornato, imagen, magnificencia y otros conceptos son aplicables a los interiores barrocos que quisieron generar un auténtico caelum in terris en iglesias, capillas y camarines a los largo de los siglos XVII y XVIII, particularmente en este último para lo referente a yeserías y pintura decorativa y de perspectiva en Navarra. En cuanto a la temporalidad de un sistema u otro, hay que hacer notar que desde la segunda década del siglo XVIII, las grandes escenografías pintadas se irían haciendo paso para triunfar y sustituir a las yeserías a partir de la década de los cuarenta de la citada centuria.

Los grandes conjuntos de yeserías

El valor consustancial y de verdadera fusión de las yeserías con la arquitectura fue asumido por promotores y mentores en conjuntos tan significativos como las capillas de los santos patronos en Pamplona y Tudela, dedicadas respectivamente a San Fermín y Santa Ana. En el primero de los casos, la crítica academicista de don Antonio Ponz que señaló: “siento haber visto en la Parroquial de San Lorenzo el monstruoso ornato de la Capilla de S. Fermín”, llevó a su completo afeitado a fines del siglo XVIII. En Tudela, tanto la capilla de Santa Ana como la del Espíritu Santo corrieron mejor suerte, al haberse encalado en sucesivas ocasiones, preservándose toda su policromía, felizmente recuperada en distintas intervenciones. Color, oro y plástica se aúnan también en otros conjuntos menos llamativos, aunque no menos importantes. En los grandes monasterios como Irache o Fitero se levantaron capillas abiertas a sus templos, con advocaciones ligadas a las grandes devociones de los mismos. En Irache se hizo con San Veremundo en un conjunto dotado de ricas yeserías en su cúpula, que fue derribado en una fecha tardía, en 1982. Otras capillas como la de San Ignacio de Pamplona, redecorada hacia 1730, o las ubicadas en parroquias como Villafranca, Caparroso, ambas dedicadas a la Virgen del Rosario, San Pedro de la Rúa de Estella (San Andrés), o en conventos como la de San Joaquín en los Descalzos de Pamplona, ponen de manifiesto el gusto por aquel modo de generar espacios irreales, repletos de retórica, ostentación, lujo, esplendor horror vacui, imágenes celestiales y jerarquías angélicas para cautivar a los fieles que veían aquello y quedaban sorprendidos y absortos ante su contemplación. La competencia no anduvo lejos entre las motivaciones de algunos promotores, Así, el Regimiento tudelano acordaba en 1712, al poner inicio al gran proyecto ciudadano de la capilla de Santa Ana y cuando estaba en fase de conclusión la de San Fermín de Pamplona, su intención de construir la “capilla más ostentosa  que puede haber en toda la comarca”.

Capilla desaparecida de San Veremundo. Irache

El gran protagonista de estos conjuntos, propio del Barroco castizo hispano, es el ornato. El colorido diverso y matizado aplicado sobre sus superficies colabora en una auténtica sinfonía y orgía ornamental, sensorializa más aún el rico programa decorativo de yeserías y se erige, como algo atrayente y sorprendente. Todos esos ejemplos y muy particularmente los tudelanos son paradigma de una estética que pretende cautivar mediante los sentidos, con la creación de un microcosmos festivo y retórico de verdadero delirio.

En plena etapa rococó encontramos algunos ejemplos destacados, como la mencionada capilla de San Joaquín, con decoración ideada y llevada a cabo bajo la dirección de fray José de los Santos en 1750, que se encuentra totalmente encalada. En los Dominicos de la capital navarra, otro fraile, en este caso de la orden de Predicadores, fray Francisco de la Vega, del monasterio de Nieva, fue requerido para realizar las delicadas yeserías vegetales, con abundante cardina, en 1751, para la capilla inmediata al sotocoro, bajo la tribuna del órgano. Sin embargo, el ejemplo más señero de la estética de aquella última fase del estilo barroco nos lo proporciona el santuario de San Gregorio Ostiense, cuya cabecera y camarín se rehicieron entre 1758 y1764, con planos del prolífico carmelita descalzo Fran José de San Juan de la Cruz. Las yeserías, con gran dominio de los blancos y mayor levedad que en etapas anteriores, se deben a Juan José Murga, siendo doradas por el maestro de Los Arcos Santiago Zuazo, a partir de 1765.

Basílica de San Gregorio Ostiense

Por lo que respecta a sus autores, hay que señalar que fueron una y otra vez los mismos retablistas, quienes se hicieron cargo de su ejecución. La documentación se muestra clara al señalarlos. Valga como ejemplo lo ocurrido en la capilla parroquial de la entonces colegiata tudelana, dedicada al Espíritu Santo (1737-1744), en donde los maestros José y Antonio del Río, bien conocidos por sus retablos, se hicieron cargo de conjunto. Asimismo, la policromía corría a cargo de los mismos maestros que doraban el mobiliario litúrgico. En el caso mencionado se llevó a cabo bajo la dirección de José Sarmiento, que empleó un total de 7.400 panes de oro y 3.900 de plata.

Capilla del Espíritu Santo. Catedral de Tudela

Respecto a testimonios escritos de cómo valoraron aquellos conjuntos cronistas y predicadores, poseemos algunos. En un memorial redactado por las fuerzas vivas de la ciudad en 1730 para evitar que el deanado cayese en plena jurisdicción del obispo de Tarazona, leemos: “La capilla nueva erigida a nuestra Patrona Santa Ana, verdadera maravilla que ha admirado a nuestra España y han celebrado por prodigio las naciones extranjeras, cuyas expensas, habiendo excedido de 30.000 pesos, tienen de milagro haberlas costeado todas, y en pocos años el tesoro inagotable de la devoción de este pueblo con su sudor y con sus manos. Circunstancia digna del mayor peso para el aprecio en la balanza de un juicio desapasionado”. En el sermón predicado por fray Martín de Salgado con motivo de la visita de la reina Mariana de Neoburgo a Tudela, en 1739, afirma con la exageración propia del momento: “los primores del Arte, que apuraron en la Fábrica de la Capilla, las Líneas de Vitrubio, los Compases de Viñola y las proporciones de Arfe. Es la Concha, que reserva, a la Señora Santa ANA...... en su construcción se ven columnas dóricas y toscanas, en Pedestales robustos. Rosas partiendo el cimacio, en las jónicas;  y en las de orden compuesto, repartidos, Filetes, Listones, Golas, boceles y dentellones. En lo que es Cantería, no hay  Dovela, Cimbra, incumba o cerchón, que no sea el ya no más del Arte de la Arquitectura Civil. Y todo lo que es Imágenes, balconcillos volantes y florones simétricos, está tan cubierto de Oro, que se ve resaltar el Oro hasta el Cubierto. El Suelo horizontal está bruñido; y tanto, que hace deslizar los pies, al que entra incauto”.

La pintura decorativa gana terreno: lo aparente infinito

Distintos templos de localidades navarras fueron escenario del desarrollo de la tendencia escenográfica. Pese a las pérdidas sistemáticas de este tipo de obras, al eliminar las pinturas en las últimas décadas, aún contamos con destacados conjuntos pertenecientes a distintas tipologías y momentos.

La introducción se debió, sin duda, a la actividad de Francisco del Plano, afamado maestro aragonés y casado con la tudelana Antonia Canfranc. De sus obras, lo más destacado y a la vez lo mejor de este género de pintura en la Comunidad Foral, es el conjunto de retablos pintados del convento de los Franciscanos de Viana, datable en la segunda década del siglo. Por aquellos momentos se le denominaba como “maestro de perspectiva” y “maestro de perspectiva de mutaciones” y años más tarde el mismísimo Palomino lo juzgaría como  habilísimo en arquitectura y ornatos “que aseguran no le hacían ventaja los célebres boloñeses Colonna y Mitelli”. No deben extrañar estas expresiones si se contempla la mencionada obra de Viana, seguramente sufragada o por don Juan de Goyeneche o por frailes que partieron para las Indias. En todo el conjunto se observa un verdadero alarde del conocimiento de las leyes de la perspectiva, al que se une un rico y exquisito repertorio ornamental en el que se mezclan elementos arquitectónicos, laureas, guirnaldas, palmas roleos, cintas y volutas con jerarquías angélicas. Llaman la atención por su destreza la puerta entreabierta con el acólito del presbiterio, así como la balconada con la celosía semialzada a la que se asoma un curioso, con el mismo procedimiento que el pintor utilizó en la capilla del Pilar en la catedral calagurritana. El ilusionismo pasa en estos casos a verdaderos trampantojos con verdaderos efectos de trompe l´oeil con los que se procura intensificar la realidad para que el que contempla no tenga sombra de duda, es decir, que no sospeche siquiera que está siendo engañado.

Retablo fingido en el convento de San Francisco de Viana

En cuanto a otros interiores, destacan la parroquia de Los Arcos, las capillas de los Sartolo en San Jorge de Tudela y del Santo Cristo del monasterio de Fitero, así como la ermita de la Virgen del Soto de Caparroso. En el primer caso, en plena época del desarrollo del decorativismo, la parroquia recibió el programa más espectacular por su riqueza, convirtiendo el templo en un verdadero caelum in terris, tan apto para la retórica barroca. El encargado de su realización fue José Bravo, pintor de Burgos que lo  llevó a cabo entre 1742 y 1745 y fue caro, ya que ascendió a la cantidad de 7.868 ducados de plata vieja. En aquel proyecto jugó un papel de primera línea don Francisco Magallón y Beaumont, alcalde de la localidad  y entre las palabras que se repiten una y otra vez, encontramos el concepto “hermosear” el templo con el rico programa iconográfico, queriendo significar con ello que se quería hacer algo que recrease y resultase agradable para la vista y placentero para los sentidos, a la vez que fuese proporcionado y estuviese dotado de donaire.

En la cúpula y pechinas de la capilla de los Sartolo de los Jesuitas de Tudela -hoy parroquia de San Jorge- encontramos unos frescos con la gloria y arcángeles de filiación aragonesa o quizás de José Eleizegui, de las primeras décadas del siglo XVIII, realizadas para la citada capilla de la Inmaculada por iniciativa de aquella familia a la que pertenecieron notables jesuitas, entre ellos el escritor, orador y teólogo Bernardo Sartolo (1653-1700) y los hermanos Gaspar (1687-1757) y José (1680-1734) Sartolo de la Cruz, sobrinos ambos del Padre Bernardo.

Capilla de los Sartolo. San Jorge de Tudela

En plena década de los treinta, entre 1732 y 1736, se construyó en el monasterio de Fitero una gran capilla de planta combinada para albergar una imagen de especial devoción, el Cristo de la Guía. Para su decoración interior en grandes paramentos de frescos se acudió a fresquistas aragonés de la familia del Plano, seguramente que por Felipe del Plano.

La ermita de Caparroso fue decorada con pinturas al fresco que realizaron entre 1775 y 1776 el italiano Pedro Bardini y el navarro Andrés Mata, aprovechando la limosna de 500 pesos de don Cristóbal Labairu. El último gran conjunto del siglo XVIII pertenece a Luis Paret en las pechinas y cúpula de la capilla de San Juan del Ramo en Viana, realizada entre 1784 y 1787. Se trata de una obra que por sus características escapa del barroco regional, al pertenecer a uno de los grandes maestros hispanos del momento.

Un capítulo interesantísimo lo constituyen asimismo las decoraciones aplicadas a los muros y cubiertas de los camarines en los santuarios de especial devoción, singularmente los marianos. A la cabeza de todos ellos el de la Virgen del Yugo en Arguedas, con una cubierta plana en la que se figura una cúpula elíptica, obra de José Elezegui de 1728. En los camarines de la Virgen de la Esperanza, Romero de Cascante, Soto de Caparroso o San Gregorio Ostiense se conservan aún buenas muestras de lo que debieron ser modelos muy divulgados en las decoraciones.

El otro lugar en donde se sitúan las pinturas escenográficas es en los fondos de los retablos. Los mayores de Santa María de Viana, Miranda de Arga, Comendadoras de Puente la Reina o Iturmendi son un excelente testimonio de las arquitecturas simuladas, grandes pabellones y las virtudes teologales, o coros angélicos que realizaban maestros como Andrés Mata, José Bravo, Pedro de Rada o José del Rey.

Capilla mayor. Santa María de Viana