El palacio de Olite

Torre de las Tres Grandes Finiestras

Una de las construcciones más sorprendentes del palacio olitense es la torre que ocupa el extremo suroriental, que los textos medievales llamaban de las Tres Grandes Finiestras y la nomenclatura romántica denominó de los Cuatro Vientos. Se trata de una construcción cuyo único fin era disponer de un espacio desde donde asomarse a los jardines y al paisaje, teniendo como fondo la Sierra de Ujué y el santuario de Santa María, destino preferido de las romerías de los monarcas Évreux.

Crónicas y obras de ficción escritas en la Edad Media nos hablan de la contemplación desde miradores palaciegos como una actividad especialmente apreciada por las elites de la época. Son muchos los palacios y castillos que todavía hoy disponen de grandes ventanas o galerías asomadas a un terreno despejado, donde se celebraban fiestas y justas.

La torre llegó a comienzos del siglo XX sin los tres miradores volados que la caracterizan. Para reconstruirlos, los arquitectos restauradores se inspiraron en los dibujos del torreón llamado de Ochagavía del palacio de Tafalla, también construido para Carlos III el Noble y destruido en la segunda mitad del siglo XIX. Este torreón ponía en comunicación, por encima de una calle, los dos grandes jardines de dicho palacio.

Es de señalar que en un primer momento la torre de las Tres Grandes Finiestras se encontraba al final de una estrecha galería, de forma que sus tres caras exteriores caían a plomo hasta el fosado. En uno de los habituales cambios de diseño tan habituales en el palacio olitense, en un momento dado se decidió la edificación de una amplia terraza por delante y a los lados de la torre, para lo cual erigieron arcos paralelos perpendiculares al muro que sirvieran de apoyo a la explanada. La torre había perdido parte de su gracia, pero la corte había ganado espacio en este ámbito refinado alejado de la Gran Torre.