El palacio de Olite

Jardín elevado

Uno de los elementos más sorprendentes del Palacio de Olite es la presencia de un jardincillo acondicionado en la planta noble, varios metros por encima de los demás jardines. Para conseguirlo, edificaron una impresionante secuencia de enormes arcos de piedra que descansan en los muros de la Torre Nueva y del recinto exterior, colocados muy juntos, de tal forma que fuese posible disponer losas de piedra de arco a arco. Sobre dichas losas extendieron la tierra del jardín. El jardincillo estaba enmarcado por cuatro galerías que conformaban una especie de claustro, por lo que la documentación medieval lo llama “la calostra”. El acceso se realizaba desde la Torre Nueva y desde los corredores anejos a los muros perimetrales del palacio, configurando así un espacio intermedio entre el núcleo residencial, formado por la Gran Torre y la Torre Nueva, y las torres exteriores emplazadas al sur del palacio. Ni que decir tiene que la estancia inferior, cubierta por los enormes arcos, quedo inutilizable por la ausencia de iluminación y por la humedad derivada del jardín. Con el paso de los siglos acabó siendo conocida como “sala de los murciélagos”.

En el siglo XX se procedió a una total restauración del jardín, reconstruyendo tres galerías en vez de las cuatro que tuvo en origen. Quien examine con atención las arquerías comprobará que solo conservan un elemento original: la ménsula con torso humano descabezado que se inserta en el muro de la Torre Nueva. Aunque los arcos no sean originales, los arquitectos restauradores se inspiraron en obras tardogóticas, de manera que consiguieron evocar el refinamiento propio del fin de la Edad Media.

La existencia del jardín elevado motivó que el pasaje que conduce desde las torres exteriores hacia la Torre Ochavada atraviese el muro mediante un paso en esviaje asociado a una trompa romboidal, dos de los elementos arquitectónicos más refinados del palacio olitense.