“LA VIRGEN CONFORTANDO A SAN BERNARDO" ANTE LA VISION DE LA MONJA CISTERCIENSE BERNARDA BEA
 

María Josefa Tarifa Castilla
 

El monasterio navarro de Nuestra Señora de la Caridad de Tulebras, primera fundación del Císter femenino hispano, cuenta entre su variado patrimonio artístico con una serie de obras pictóricas, algunas dedicadas a santos de la Orden, como este cuadro de San Bernardo de Claraval plasmado en uno de los pasajes más trascendentales de su vida, el episodio milagroso en el que la Virgen María le reconforta con su leche.

Un lienzo barroco de estilo popular e ingenuo, pero que presenta la peculiaridad de mostrar en el extremo inferior derecho a una monja cisterciense en menor tamaño y de rodillas, que aparece identificada con la inscripción “Dª BERNARDA BEA” y que se refiere a la abadesa del mismo nombre, natural de Magallón, que rigió los destinos de este cenobio navarro entre los años 1833-1837 y 1845-1849, por tanto un lienzo que fue retocado a posteriori. Una época difícil para la comunidad religiosa, ya que con la desamortización de Mendizábal perdieron todas sus propiedades en 1837, funestas consecuencias que también se dejaron sentir especialmente en la biblioteca, el archivo y exorno de algunas dependencias, aunque la Madre Bernarda se las arregló para salvar el monasterio de la exclaustración, de tal modo que la comunidad permaneció en Tulebras, siendo el único reducto de vida cisterciense que quedó en Navarra, acogiendo incluso a algunas religiosas del extinto cenobio de Trasobares (Zaragoza). 

Bernarda Bea tenía fama de santidad en el monasterio, como recoge la crónica del monasterio El Espejo del santo y real monasterio de Tulebras, en las anotaciones del capellán Luis Gómara: “Era alma de mucha oración, sencilla y recogida, y como Dios a los sencillos y humildes se comunica, dicen tenía visiones y revelaciones, y veían ser verdaderas porque les decía sobre sus familias noticias que no se podía saber sino por revelación; y raptos también tuvo, pues varias veces la vieron levantada del suelo”. 

Unos años antes de su elección como abadesa, en 1830 San Bernardo fue proclamado Doctor de la Iglesia, el “Doctor Melifluo”, por lo que quizás con motivo de este acontecimiento tan señalado para la religiosa cisterciense, además de por el fervor que profesaba hacia este santo de la Orden, Bernarda llamó a un pintor y se hizo retratar en este cuadro barroco de la Lactatio en primer término, haciéndose partícipe del milagro, sin rasgos definidos pero perfectamente identificada por la inscripción que la acompaña, junto a su emblema heráldico que cuelga del frente de la mesa de altar, en cuyo interior se colocaron las iniciales B/A.
 

"La Virgen confortando a San Bernardo". Monasterio de Tulebras
 

La temática del cuadro refiere el Milagro de la Leche, según el cual, estando San Bernardo en oración ante una imagen de la Virgen amamantado al Niño en la iglesia de Saint Vorles, en Chatillon-sur-Seine, pidió ayuda y auxilio a la Señora con las palabras monstra te esse Matrem, y en ese momento la escultura mariana se animó y la Virgen, apretándose un pecho, hizo saltar algunas gotas de leche sobre los labios del monje que estaban resecos a fuerza de haber cantado sus alabanzas. Una iconografía que tiene su origen en la Virgen de la leche, perteneciente al ciclo de la infancia de Cristo, -que se origina en los primeros momentos del arte cristiano, hacia el siglo IV, con un amplio desarrollo en la Edad Media y Renacimiento- es decir, la Virgen como alma nutricia de Dios que proporciona el alimento físico para la crianza del Niño Jesús, que se transformará con el paso del tiempo en composiciones más elaboradas, entendiendo la leche como sinónimo de las gracias de la Madre de Dios hacia los creyentes. 

La representación pictórica de la Lactación de San Bernardo, fue una iconografía que tuvo una amplia difusión en el barroco, pues transmitía muy bien los sentimientos religiosos del momento, resaltando el amor de San Bernardo por la Madre de Dios, en un momento en el que los protestantes atacaban el culto a los santos y a la Virgen. Esta narración, en la que el milagro y el acontecimiento sobrenatural conviven con lo natural, y donde la línea entre lo divino y humano es muy tenue, conectaba perfectamente con la religiosidad barroca, tal y como refleja el cuadro de Tulebras, realizado de acuerdo a la iconografía tradicional y en el que la Virgen ya no muestra el seno descubierto, sino decorosamente oculto bajo la túnica rosácea, de acuerdo con los dictámenes tridentinos, tal y como expresaron el cardenal Federico Borromeo (1563-1631), arzobispo de Milán y el mercedario fray Juan Interián de Ayala, una escena con la que se exalta el sentimiento materno de la Virgen María. 

El lienzo sigue el esquema compositivo habitual en esta iconografía bernarda, con María y el Niño situados en el lateral superior derecho del cuadro flotando en un cielo de nubes y acompañados de cabezas de querubines aladas, dirigiendo su mirada al santo cisterciense que ora ante ella arrodillado en el suelo mientras recibe el preciado regalo nutricio, un chorrito de leche que sale del oculto pecho de la Virgen, confiriendo a la composición un ritmo descendente.
 

Vita et miracvla divi Bernardi Clarevalensis abbatis Opera e industria. Roma, 1587.
Estampa nº 19 

 

La fuente grabada que inspiró esta obra fue seguramente una de las estampas de la vida y milagros de San Bernardo Vita et miracula divi Bernardi Clarevalensis abbatis. Opera e industria, como la nº 19 publicada en Roma de 1587 bajo el patrocinio de Jerónimo Rusticucio, cardenal y protector de la orden cisterciense española, -aunque hoy se piensa que el promotor de esta magna empresa editorial fue fray Bernardo Gutiérrez- cuyos modelos se deben a la invención de Antonio Tempesta. No obstante, el artista también se pudo basar en otras de las ilustraciones que acompañan la vida y milagros del santo de Clavaral y que ejemplifican las apariciones de la Virgen a San Bernardo, correspondientes a los nº 23, 24 y 25 de la obra de 1653 que vio la luz en Amberes bajo el título Sancti Bernardi mellifui doctoris ecclesiae pulcherrima et exemplaris vitae medulla.

San Bernardo es claramente identificable por sus atributos, vestido con la cogulla blanca de la Orden de largas mangas, tonsura en forma de corona, el báculo que sostiene entre sus brazos unidos en oración elevada a la Madre de Dios y dos mitras dispuestas en primer plano en el suelo como símbolo de su rechazo en varias ocasiones a la dignidad episcopal, como aparece, por ejemplo, en la tabla del mismo tema del retablo mayor del monasterio de Fitero de Rolan Moys (1590-1591). El hecho milagroso transcurre en un espacio interior, en el que el ámbito celestial, representado por una atmósfera luminosa dorada envuelta entre algodonosas nubes ocupado por la Virgen y el Niño, queda enmarcado a la izquierda por un cortinaje verdoso de fondo que limita la profundidad de la estancia y a la derecha en primer término por una mesa en la que está dispuesto un libro abierto.

En el extremo inferior derecho del cuadro la abadesa representada en menor tamaño, presencia el milagro arrodillada y con las manos orantes ante el pecho dirigiendo su mirada hacia San Bernardo, ataviada con la blanca cogulla de amplias mangas que cuelgan hasta el suelo, que es la prenda monástica más significativa y que se utiliza exclusivamente en la Iglesia y reuniones capitulares, bajo la que se oculta el hábito blanco con escapulario negro, cubriendo su cabeza con un velo negro y colgando del cuello las cuentas del rosario, en la línea de otras pinturas de monjas cistercienses como la abadesa Francisca Manrique (1570-1582) en la capilla de Nuestra Señora de Belén en el monasterio de las Huelgas de Burgos o la excepcional pintura de Angelo Nardi de Santa Humbelina (1620).


BIBLIOGRAFÍA
Vita et miracvla divi Bernardi Clarevalensis abbatis Opera e industria. Congregationis regularis observantiae eiusdem hispaniorum ad alendam Pietatem Universi Ordinis Cisterciensis, Roma, Marcelii Clodii, 1587.

COLOMBÁS, G.M., Monasterio de Tulebras, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1987.

Réau, L., Iconografía del arte cristiano. Iconografía de los santos. A - F, t. 2, vol. 3, Barcelona, Ediciones del Serbal, 2000, pp. 213-219.