EDIFICIO SINGULAR DE PAMPLONA

José Javier Azanza López
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

El Edificio Singular de Pamplona tiene su origen en la adquisición en la década de 1960 por el Ayuntamiento de Pamplona de unos terrenos pertenecientes al ramo de Guerra situados entre los fosos de las murallas, la Avenida de Pío XII, y la futura Avenida del Ejército; el propósito del Consistorio era construir en dicho solar un inmueble que se correspondiera con la categoría del enclave urbano en el que se encontraba, sin duda uno de los puntos más representativos de la ciudad. Para lograr tal fin, la Comisión de Urbanismo redactó un informe firmado el 16 de enero de 1967 por su Director Técnico, el arquitecto Estanislao de la Quadra-Salcedo, en el que proponía la ejecución de un edificio de “construcción singular”, una vez introducidas las necesarias modificaciones en las ordenanzas de construcción vigentes. La culminación del complejo proceso previo de tramitación legal se concretó en la resolución de 22 de junio de 1968, por la que el Ministerio de Vivienda autorizó la reserva de dispensación solicitada por el Ayuntamiento, dando luz verde a la construcción del Edificio Singular. 

Las bases del concurso para la adjudicación del solar redactadas por la Comisión de Urbanismo, dejaban bien claro que se trataba de construir un edificio respetuoso con el carácter histórico del sector; este respeto historicista hacia el recinto fortificado de la Ciudadela se convertirá en el eje rector de la mayoría de los anteproyectos presentados. Pero, a la vez que el edificio tenía la obligación de armonizar con las viejas piedras de las murallas, debía configurarse como un hito arquitectónico, dada su privilegiada situación en la unión del Ensanche y del Plan Parcial de la Avenida de Pío XII. En consecuencia, pasado, presente y futuro de la ciudad debían darse cita en los proyectos, circunstancia que sin duda contribuyó a aumentar su carácter singular; singularidad que en absoluto debía entenderse únicamente como una construcción de gran volumen y altura, sino que entraba en juego un factor fundamental como era la calidad del proyecto en todos sus aspectos.

El anuncio del concurso de anteproyectos fue publicado en el Boletín Oficial de la Provincia de Navarra nº 141, de fecha 22 de noviembre de 1968. Del mismo se hicieron eco, además de la prensa local, otros medios de provincias limítrofes, entre ellos La Voz de España y El Diario Vasco, de San Sebastián; La Gaceta del Norte y El Correo Español, de Bilbao; y El Heraldo de Aragón, de Zaragoza. De las quince inscripciones iniciales, tan sólo siete acabaron entregando anteproyecto en el plazo fijado. Cada uno de ellos venía identificado por un número de seis cifras que actuaba a modo de lema, detrás del cual se ocultaban el anteproyecto del arquitecto y la oferta económica del promotor-constructor. Los nombres que concurrieron al concurso del Edificio Singular conforman en gran medida el panorama de la arquitectura navarra de las décadas centrales del siglo XX, de ahí el interés de las soluciones presentadas. Bajo el lema 502.647 se ocultaba el anteproyecto de Miguel Gortari en asociación con el constructor Nicolás Gurbindo; el lema 742.650 correspondía a la propuesta de Javier Lahuerta junto a Construcciones Juan Bautista Flores; el anteproyecto 162.953 venía firmado por Carlos Sobrini en asociación con la Promotora Huascarán S.A., creada exclusivamente para la promoción de este edificio; el lema 930.548 se correspondía con el anteproyecto diseñado por los arquitectos Miguel Ángel Garaikoetxea y Fermín Modrego para la empresa Construcciones Leocadio Barcos; bajo el lema 128.139 concurrían el promotor de San Sebastián Santiago Sáenz y un equipo de arquitectos encabezado por Manuel Jaén Albaitero, del que formaba parte Javier Guibert; finalmente, los lemas 475.210 y 201.137 se correspondían con las propuestas presentadas por los arquitectos Francisco Javier Sarobe y Miguel Ángel Goñi, que concurrieron al concurso con la empresa promotora Construcciones Combinadas
 

Plano de situación del Edificio Singular
 

En la mayor parte de los anteproyectos, el estudio previo del emplazamiento condicionaba de forma notable la solución final, al valorarse aspectos como el carácter histórico del sector por su proximidad a la Ciudadela, la amplitud de espacios libres a su alrededor que permitía la singularización del edificio en altura y volumen, o su papel clave en el urbanismo pamplonés, al servir de enlace entre ámbitos tan dispares como la ciudad histórica, La Ciudadela con su cinturón ajardinado, y los emergentes barrios del Tercer Ensanche; a todos ellos quedaba unido, al mismo tiempo que de todos se encontraba separado, subrayando su aislamiento la disposición exenta del solar en el triángulo formado por las avenidas del Ejército y de Pío XII con el foso de las murallas. La singularidad del edificio por los motivos anteriormente mencionados exigía tratarlo con una nobleza de formas y materiales que lo hicieran digno de estar situado junto a la Ciudadela; pero a su vez debía reflejar en su estructura que se trataba de una edificación moderna, levantada en el último tercio del siglo XX. Era preciso en consecuencia conjugar ambas realidades.

Desde el respeto histórico al emplazamiento, el arquitecto pamplonés Miguel Gortari pretendía alcanzar una armonía con el recinto militar inspirada en la pureza de la geometría de su planta pentagonal, a partir de la cual desarrollaba la estructura del edificio en el que introducía aristas de piedra y juegos violentos de volúmenes que rememoraban el carácter fortificado del sector. Por su parte, Javier Lahuerta se decantaba por un volumen cilíndrico de planta circular que, además de contar con una gran tradición castrense en torreones y atalayas, resultaba perfectamente compatible con la Ciudadela, tanto por su sencillez como por su axialidad central y múltiple. Los anteriores aspectos se conjugaban con soluciones que definían su carácter de arquitectura contemporánea, caso de la indudable belleza estética de la torre de cristal y jardín en que se convertía el anteproyecto de Carlos Sobrini, del afán de esbeltez cercano al edificio laminar que mostraba el anteproyecto con el lema 475.210, o del diseño “brutalista” de la rampa en espiral de acceso a las plantas destinadas a garaje en el anteproyecto 201.137. Junto a ello, debemos señalar como nota común a todos los anteproyectos la clara vocación ciudadana con que surgía, pues aun tratándose de un edificio de viviendas en el que la superficie comercial estaba limitada a su nivel inferior –el claro dominio de la función residencial por encima de la comercial o de negocios fue objeto de un interesante debate por parte de arquitectos como Fernando Redón-, se buscaba el máximo aprovechamiento con la inclusión de salas de cine, centros y galerías comerciales, y locales de ocio y diversión.


Recreación del Edificio Singular con el proyecto irrealizado de paso elevado sobre la Avenida del Ejército y Pío XII
 

El 23 de junio de 1969, el fallo del Jurado designaba dos anteproyectos finalistas. Uno de ellos era el de Carlos Sobrini, en el que valoraba tanto la calidad y alto “standing” de la edificación, como el completo programa de servicios que ofrecía a los futuros usuarios del inmueble. El segundo venía firmado por el equipo de arquitectos de Manuel Jaén Albaitero y Javier Guibert, en el que el Jurado supo apreciar su gran calidad plástica y el excepcional interés urbanístico que ofrecía el conjunto de locales comerciales dispuestos en las plantas bajas del edificio. Abiertas las plicas económicas de ambos, resultó vencedor este último al ofrecer por el solar una cantidad ligeramente superior al primero –22.600.000 pesetas frente a 21.840.845-.

Con estudio abierto en la madrileña calle Juan Hurtado de Mendoza, el equipo de arquitectos responsable del anteproyecto ganador estaba formado por Manuel Jaén Albaitero, Manuel Jaén de Zulueta, Miguel Ángel Ruiz-Larrea y Luis Lozano Giménez; y en el mismo se integró también Javier Guibert, uno de los arquitectos con mayor vinculación a la arquitectura pamplonesa por aquella época, no en vano había firmado junto a Fernando Redón los proyectos más significativos levantados en la capital navarra desde finales de los años cincuenta. A la hora de justificar en la memoria explicativa la solución adoptada, los arquitectos partían de una doble premisa, como era el respeto histórico al sector y la integración urbana del edificio, a las que se unía la clara vocación ciudadana con que surgía. Dadas la situación del solar y la amplitud del espacio circundante, el inmueble se convertía en un elemento dominante del paisaje urbano; este carácter de hito arquitectónico propiciaba que la claridad de volúmenes y la fácil identificación de los mismos desde un amplio entorno, junto con el respeto histórico y la búsqueda de una forma que recordara el carácter estrellado de la Ciudadela, fueran las ideas básicas del anteproyecto. De esta manera, se había procurado una máxima separación de volúmenes según sus funciones tanto en horizontal como en vertical, huyendo de una forma compacta que pudiera suponer un “efecto pantalla” en el paisaje, y apostando por un edificio que permitiese la integración entre espacio exterior e interior; se querían aprovechar a su vez las posibilidades que brindaba un bloque de esta naturaleza para la utilización en altura de áreas que lo convirtieran en una especie de mirador sobre la ciudad. Por último, el amplio espacio interior destinado a uso comercial y de servicios públicos en la planta baja, permitía generar un intenso centro de vida urbana.


Estado de las obras de construcción del Edificio Singular. 19 de julio de 1973 (Foto Paisajes Españoles)
 

El anterior planteamiento daba como resultado un edificio compuesto por tres bloques de acusada directriz vertical y coronaciones exentas que se maclaban entre sí en las primeras plantas y apoyaban sobre un conjunto de pilares. El espacio interior quedaba organizado en diferentes áreas, comenzando por una amplia zona de aparcamiento subterráneo. Desde éste y desde las calles circundantes que penetraban en el edificio, se accedía a un espacio interior en tres niveles habilitados como zona comercial cubierta, al estilo de los clásicos soportales o de los modernos centros comerciales; en estas tres alturas, enlazadas entre sí por medio de escaleras mecánicas, tenían cabida establecimientos de muy distinta naturaleza, desde tiendas y locales de ocio, hasta servicios tan útiles como lavandería, farmacia, estanco, teléfonos e incluso una pequeña estafeta de correos. Por encima de este núcleo comercial se situaba una planta libre ajardinada, que servía de enlace con tres torres residenciales: dos de ellas mostraban planta pentagonal y catorce alturas que alojaban viviendas convencionales, en tanto que la tercera era de planta cuadrada y menor altura que las anteriores, pues tan sólo alcanzaba doce plantas destinadas a apartamentos, residencias y oficinas. Cortando las dos torres de viviendas a media altura –concretamente en la planta octava- se habilitaba una planta libre ajardinada para el esparcimiento y recreo vecinal, en un espacio alejado ya del ruido y la contaminación urbana. En el bloque de oficinas correspondería a este nivel un restaurante público, planteado como un mirador sobre la ciudad. Por último, en el coronamiento de las torres de vivienda se disponían nuevos jardines con solarium y piscina para uso privado.

La redacción del proyecto definitivo del Edificio Singular llevaba la firma del mismo equipo de arquitectos que había elaborado el anteproyecto, y fue visado en la Delegación de Navarra del Colegio de Arquitectos Vasco-Navarro el 23 de diciembre de 1969. Dificultades de carácter técnico relacionadas principalmente con el replanteo del solar retrasaron el inicio de las obras hasta los últimos meses de 1971, quedando concluidas a comienzos de 1976.


Edificio Singular de Pamplona