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Miguel Bergasa. Sanfermines

IGNACIO MIGUÉLIZ VALCARLOS

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La obra de Miguel Bergasa (Pamplona, 1951) se desarrolla principalmente con base en el documentalismo humano, el protagonista de sus fotografías es el hombre, cuya psicología capta con gran dignidad a través de su mirada. Su trabajo recoge su manera de ver el mundo, muchas veces a través del objetivo de una cámara, lo cual marcó su forma de entender la fotografía, que pivota sobre la idea de la memoria, tanto personal como colectiva, recuperando espacios, tradiciones, usos y costumbres. En todos sus proyectos un punto básico lo constituye la mirada del personaje retratado, la mirada del otro, en la que, en cierta medida, tal y como señala el fotógrafo, se refleja él mismo y los espectadores nos buscamos a nosotros mismos. Todo ello se recoge en su serie Sanfermines (1972-2011), en la que, a través de la mirada del otro, del personaje anónimo que se refleja en sus imágenes, nos va desgranando los actos y escenarios, las costumbres y tradiciones, de una fiesta que trasciende la memoria personal para convertirse en un referente colectivo.

La relación de Miguel Bergasa con la fotografía se inició en Pamplona a finales de los años 60 de la mano de la Agrupación Fotográfica de Navarra, donde se acercó por primera vez a este medio. Su vinculación e interés creció y se desarrolló durante su época de estudiante en Zaragoza y Madrid en la década de los setenta, cuando comenzó a participar en diversos concursos fotográficos, exposiciones y coloquios, que articulaban el ámbito fotográfico en nuestro país. En la capital uno de los focos de mayor actividad artística en esos años eran los colegios mayores universitarios, a los que había que sumar la actividad de la Real Sociedad Fotográfica, así como la de las galerías Photocentro y Redor, o del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo, a cuyas actividades Bergasa era asiduo. En este último centro Bergasa tuvo la oportunidad de visitar una de las exposiciones que marcaron su carrera, una muestra sobre fotógrafos latinoamericanos. En estos primeros años conoció las diferentes corrientes fotográficas gracias a las exposiciones que visitaba y a las publicaciones que pudo revisar. En base a este formación autodidacta comenzó a trabajar de manera experimental en diversas vías y tendencias fotográficas buscando un lenguaje propio. En Madrid también tuvo la oportunidad de conocer y entablar amistad con otros fotógrafos que se movían en los círculos, con los que compartió inquietudes e intereses, que le acompañarían y marcarían a lo largo de su trayectoria.

Tras esta etapa en Madrid, volvió a su Pamplona natal en 1983, lo cual supuso un punto de inflexión, ya que la ciudad no ofrecía las oportunidades de descubrir artistas y obras o la interactuación con otros autores, en definitiva el desarrollo en el ámbito fotográfico que ofrecía Madrid. Sin embargo, su vuelta le permitió un tiempo de pausa y reflexión para analizar y plantear sus intereses e inquietudes y así descubrir qué tipo de fotografía quería hacer y que es lo que buscaba plantear y trasmitir con este medio. Este tiempo de reflexión determinó su manera de ver el mundo, por lo general vinculado a su forma de entender la fotografía, ya que su visión muchas veces pasaba a través del objetivo de una cámara.

Su regreso a Pamplona significó también la vuelta a los espacios y memorias vinculadas a su infancia, a sus recuerdos e intereses de juventud, todo ello enlazado con vivencias familiares El recuerdo de todas estas experiencias influyó en la forma en que se planteó el qué y el cómo utilizar la fotografía como medio de expresión, como canalizar la forma de presentar y componer aquello que quería relatar y trasmitir a través de sus imágenes. Y esto, que parte de su experiencia previa en el ámbito fotográfico y de la reflexión sobre lo que quería expresar a través de sus imágenes, supone el punto fundamental en la obra de Bergasa. Sus fotografías pivotan en numerosas ocasiones sobre la idea de la memoria, tanto personal como colectiva, de aquellas vivencias que marcaron su vida, pero también de aquellas que marcaron la cultura y tradiciones de la comunidad a la que pertenece, y de aquellas otras sociedades que visitó a lo largo de su trayectoria. En su obra refleja y recupera espacios, tradiciones, usos y costumbres que el paso del tiempo va a hacer que desaparezcan. Así, el bagaje personal de Bergasa ha marcado una forma de ver y sentir el mundo, lo cual queda plasmada en sus fotografías, muchas veces conectadas con su persona a través de la memoria y de los escenarios vividos. De esta forma, y tal y como hemos dicho, su trabajo se desarrolla principalmente con base en el documentalismo humano, el protagonista de sus fotografías es el hombre, cuya psicología capta con gran dignidad a través de su mirada. A lo largo de su trayectoria ha recorrido España y Latinoamérica, con una breve incursión a la India, todo lo cual ha quedado reflejado en las numerosas series que ha realizado.

A lo largo de todos sus proyectos, un punto básico de la fotografía de Bergasa lo constituye la mirada del personaje retratado, la mirada del otro, en la que, en cierta medida, tal y como señala el fotógrafo, se refleja él y los espectadores nos buscamos a nosotros mismos. Y esta mirada del otro va más allá del simple retrato, del primer plano de un personaje concreto, se amplía a imágenes que reflejan vivencias y tradiciones, situaciones concretas que recogen el territorio, el entorno, la cultura y las costumbres en las que se desarrolla de vida de los personajes retratados. En esta visión cobra gran importancia la representación de lo cotidiano, de lo que Unamuno definió como la intrahistoria, aquellos momentos, acontecimientos y situaciones que marcan la vida diaria del hombre, no los acontecimientos históricos. Cómo vemos al otro y cómo nos buscamos en él, cómo a través de la mirada convertimos el retrato en imagen, pasando de persona a objeto, en definitiva, como percibimos al otro y a nosotros mismo es uno de los temas recurrentes dentro de la fotografía contemporánea. En las fotografías de Bergasa nos enfrentamos a diferentes situaciones y personajes, y a través de ellos podemos trazar también las vivencias e intereses del propio fotógrafo.

Junto a esta idea, otro eje fundamental en su obra es el de la memoria, enlazada con su bagaje vital, con sus vivencias culturales y con lugares colectivos habitados en el subconsciente. Vinculado al concepto de memoria, muchos de sus registros fotográficos están protagonizados por la idea de la recuperación y salvaguarda del olvido de todo aquello que la evolución y el progreso condena a desaparecer, borrándolo de nuestro entorno cotidiano, por lo que Bergasa lo documenta en sus imágenes. Memoria que le permite enlazar con sus vivencias personales pero también con las colectivas, con aquellas costumbres, tradiciones y formas de vida que articulan su cultura y que se pueden vincular con tradiciones similares que se viven y celebran en otros lugares y territorios, sobre todo en Latinoamérica. Su interés por estas tierras se convierte en otro de los puntos fundamentales de su obra. La búsqueda de paisajes comunes a través de la mirada y la memoria es una constante a lo largo de la larga trayectoria. En Latinoamérica Bergasa enlazó escenarios comunes con España, al encontrar costumbres y tradiciones que se repetían en ambos lados del océano pero que se expresaban de manera diferente, dando lugar a imágenes complementarias. La elección de España y Latinoamérica como escenario de sus representaciones no fue difícil, la primera constituía su entorno cotidiano, y con la segunda compartía modelos culturales y sociales. Igualmente, muchas de las tradiciones que, en determinados aspectos, en la Península habían evolucionado y desaparecido, todavía permanecían en Latinoamérica. A ello se unía que el hecho de hablar un mismo idioma le permitía interactuar con los protagonistas de sus fotografías. Ambas comparten un pasado común, con unos usos y costumbres que partiendo de una misma raíz han evolucionado de manera diferente, cuestión que Bergasa ha sabido recoger y poner en paralelo tendiendo puentes entre las dos. Así, su serie Después del tiempo (El hombre y su entorno laboral), recupera los oficios que conoció de niño y que el tiempo ha hecho desaparecer. Posteriormente, redescubrió este tipo de trabajos en uno de sus viajes a Latinoamérica, en espacios y lugares comunes a su consciencia y que sin embargo visitaba por primera vez, pero que inmediatamente percibió como propios ya que estaban vinculados a la memoria colectiva, en este caso por su relación y cercanía con los mismos oficios que él había visto en su infancia y juventud en su entorno cercano. En sus imágenes dignifica a través de la mirada al personaje retratado, ubicándolo en su entorno laboral, que se muestra con orgullo.

Su interés por Latinoamérica se refleja en los treinta viajes realizados a diferentes países del continente, lo que se traduce en varias series que tienen como protagonista diferentes aspectos, tradiciones y costumbres de distintos países del continente, desde Paraguay a México. En ellos se ha interesado por las diferentes culturas que lo pueblan, centrando su mirada en aspectos concretos de las mismas y que documenta en series como Aviones carniceros de Bolivia, Menonitas de Paraguay o Perú, viaje de ida y vuelta, así como en otras más transversales, como Miradas en Latinoamérica o Ritos y otras tradiciones. Muchos de estos reportajes fotográficos tuvieron su versión de documental cinematográfico para televisión, la mayoría de ellos grabados por su amigo y cineasta Enrique Urdánoz, siempre desde el punto de vista humano. Junto a estas series, y casi de manera anecdótica dentro de su carrera queda su serie sobre la India, que se aleja de su campo habitual de visión en España y Latinoamérica, acercándose a un país y un continente que no volverá a recoger en su obra. 

En sus obras Bergasa no refleja tipos etnográficos o exóticos, sino que profundiza en la psicología de cada personaje, sin importarle la raza o el estatus, tratando siempre a los protagonistas con gran dignidad. En cierta medida, tal y como el mismo fotógrafo señala, en cada retratado busca algo de sí mismo. En algunas de sus imágenes encontramos a los protagonistas mirándonos directamente, posando para el fotógrafo, mientras que otros bajan la cabeza y ocultan su mirada.

Así, las fotografías de Bergasa reflejan un viaje a través del túnel del tiempo que recogen retratos y escenas cotidianas, paisajes y vistas de las granjas, en la línea tanto de la fotografía clásica de Walker Evans o Paul Strand como de los nuevos documentalistas. En estas imágenes el hombre es siempre el protagonista, tanto cuando está presente como cuando es su ausencia lo que marca la fotografía y humaniza la escena, palpándose la tensión entre los personajes representados. Tal y como Bergasa señala, se trata de imágenes atemporales que documentan una sociedad y forma de vida.

Dentro de las series realizadas por este fotógrafo que recogen tradiciones y costumbres populares de España y Latinoamérica, no podía falta la visión de una de las festividades más universales de nuestra época, los Sanfermines. Así mismo, esta fiesta se celebra en Pamplona, localidad natal de Bergasa, por lo que enlaza con todos los conceptos que protagonizan el trabajo de este fotógrafo: la memoria, la mirada y la persona. Recogidos por multitud de fotógrafos, tanto amateurs como profesionales, de todos los continentes, los Sanfermines convierten Pamplona, a principios de julio, en la capital mundial de la fiesta, la diversión y la alegría. 

Los Sanfermines, la fiesta y la celebración, han sufrido una profunda transformación en cuanto a la forma de celebrarse y vivirse a lo largo de los últimos años. Después de que Ernest Hemingway los popularizase tras recogerlos en su novela The sun also rises (1925), traducida al español como Fiesta, despertaron el interés del turismo, tanto nacional como internacional. La llegada de los primeros visitantes foráneos, junto a la de la democracia y la apertura social que se vivió a partir de los años 70, propició también una evolución en cuanto a la forma de celebrar los Sanfermines, donde lo religioso y lo tradicional fueron perdiendo peso frente a la fiesta, en la que también se incluían los encierros y las corridas. Igualmente, la forma de celebrar la fiesta fue evolucionando de acuerdo a la modernización de la sociedad, como queda reflejado en las fotografías de Bergasa. Lo más llamativo, la incorporación de una indumentaria uniformada, la ropa blanca con el pañuelo y la faja de color rojo, que hoy son distintivos universales de la fiesta, seña inequívoca y mundialmente reconocida, y que sin embargo, tal y como podemos apreciar en las imágenes, no empezó a usarse hasta la década de los 70.

Así, la serie de Bergasa, como suele ser habitual en él, se fue recopilando a lo largo del tiempo, entre 1972 y 2011, de manera pausada y lenta, constatando los cambios que se iban produciendo en la manera de celebrarse. A lo largo de este tiempo, Bergasa ha ido reuniendo un repertorio que muestra la adaptación a los tiempos y circunstancias de cada momento de algo que, a priori, nos puede parecer inamovible en sus tradiciones. Bergasa recoge todo aquello que va cambiando con la modernidad, en algún caso costumbres que ya han desaparecido, y en otros tradiciones que comenzaban. Y lo hace centrándose, como es habitual en su obra, en las personas, atendiendo al aspecto más humano de la fiesta. En su imágenes huye de lo estandarizado, de aquellas imágenes recurrentes que si recogen otros fotógrafos y que todo el mundo espera ver, como si los Sanfermines solo fuesen eso: el encierro, las borracheras y la ciudad sumida en el caos y la suciedad. Por el contrario, Bergasa refleja la tradición, la alegría, el sentimiento de pertenencia colectiva y la hospitalidad. Sus imágenes nos muestran la cara amable de la fiesta, la diversión de toda una comunidad, en su sentido más amplio, ya que abarca a locales y foráneos. A través de su mirada dignifica a los protagonistas de sus imágenes, los muestra orgullosos de participar de unos actos que trascienden lo local y se vuelven universales, donde reina el compañerismo y la fraternidad, donde todos son bien recibidos.

Sus obras reflejan distintos momentos de la fiesta, diferentes actos de una misma escenificación, que recogen los diversos escenarios en que esta se desarrolla. Sin embargo, en estas imágenes, en los temas retratados, nos llama poderosamente la atención ciertas ausencias. Por un lado la de los niños, uno de los protagonistas de los Sanfermines, en especial vinculados a la comparsa de Gigantes y Cabezudos, y por otro, la mirada que tiene del Encierro, uno de los momentos estelares para los fotógrafos que recogen estas fiestas. En el primer caso, son muy pocas las fotografías de esta serie que se centran en la figura infantil, y cuando aparece, no lo hace en calidad de protagonista de la imagen, sino como figurante secundario de una escena colectiva que refleja el ambiente general de la fiesta. Mientras que en el caso de las fotografías del Encierro, pocas veces el interés de Bergasa se centra en los toros y corredores, lo cual no quita que cuando lo hace lo recoja de manera magistral, sino que lo que habitualmente plasma es el ambiente, el contexto de la celebración, con la multitud que se agolpa en las calles, que se sube a ventanas del recorrido para poder ver la carrera o que se agolpa alrededor de un herido que está siendo evacuado.

Sus fotografías nos permiten ver también la evolución en cuanto a la propia celebración de la fiesta, desde el número de personas que participa, que van creciendo según avanzamos en el tiempo, a la vestimenta de sus protagonistas. Podemos ver como el blanco y el rojo no aparecen de manera rotunda hasta las imágenes de los años ochenta, o alguna de las tradiciones que se han perdido con el tiempo, como la compra de ristras de ajos, que se echaban sobre los hombros, que llegó a ser tan popular que incluso, de manera popular, se renombro la plaza de Recoletas, donde se ponían los puestos, como plaza de los Ajos.

La fiesta popular. El ambiente en calles y plazas

Como ye hemos dicho, Bergasa recoge en sus fotografías el ambiente general de la fiesta, las vecinas con las ristras de ajos; las cuadrillas de fiesta; los grupos de músicos, locales y extranjeros, tocando en la calle; el ambiente de la plaza del Castillo y de las calles, de las barracas y del baile de la alpargata; el cambio de la ciudad por las carpas de los Encuentros de Pamplona, etc., un totum revolutum en el que todo el mundo participa, en el que no hay jerarquías ni distinciones, todos comparten el mismo espíritu festivo, el mundo, las diferencias, los problemas se han apartado por unos días, y solo reina la alegría y las ganas de disfrutar. Sus fotografías nos muestran la evolución de las tradiciones, de la forma de afrontar y vivir la fiesta. Las mujeres con las ristras de ajos pertenecen al pasado, ya nadie las compra y los puestos, que antiguamente ocupaban toda la plaza, han dejado paso a otro tipo de casetas. También podemos ver la evolución en la forma de vestir, frente a la ropa de diario que vemos en las imágenes de los años setenta, vamos viendo en los ochenta la introducción del blanco y rojo, colores que dominan ya las tomas a partir de los 90 y que, desde esa década, constituye una de las señas identitarias de la fiesta.

La fiesta culta. Procesión y comparsa de Gigantes y Cabezudos

No escapa a la mirada de Bergasa los actos que articularon la fiesta durante siglos, la procesión de San Fermín, que celebraba y honraba la figura del Santo que da pie a la celebración. Pero Bergasa vuelve a dirigir su mirada hacía aquello que otros fotógrafos no recogen, él se centra en las personas que componen y posibilitan la celebración. Los miembros del Cabildo, el cuerpo de clarines y timbales y la policía, todos ellos vestidos de gala, dispuestos a representar el papel que les depara la función. Capturados en diferentes poses: primeros planos, de espalda, en grupos, etc., pero todos ellos con una mirada amable, conscientes de protagonizar uno de los acontecimientos más importantes en la vida de la ciudad, momento que todos los pamploneses esperan con ansía e ilusión durante todo el año. Y junto a ellos, la comparsa de Gigantes y Cabezudos que, destinados en origen a acompañar al Santo, han desarrollado una agenda propia, que le lleva a protagonizar las mañanas en la ciudad, y a materializar los sueños e ilusiones de los más pequeños. Curiosamente, y como viene siendo habitual en la obra de Bergasa, los niños casi no aparecen en estas imágenes. Gigantes y Cabezudos se recogen con una mirada nueva, que se aleja de la manera estereotipada en la que habitualmente se les representa. Interactúan con los adultos, con el propio fotógrafo, que ante su presencia reviven al niño que llevan dentro y todos aquellos años que, de manera incansable, corrieron delante de los zaldikos y cabezudos y se quedaron absortos ante el baile de los Gigantes.

El mundo del toro. Encierros y corridas

Las imágenes que recorren el mundo durante estos días, de las que todos están pendientes en las televisiones a las 8:00 de la mañana, el encierro que se celebra todos los días y que los reporteros quieren captar con sus cámaras, ocupa un lugar secundario en la obra de Bergasa. Sí, él también plasma en sus imágenes al toro y al corredor, pero no es el protagonista principal de sus imágenes. El fotógrafo va más allá y en su obra plasma la tensión, el miedo, el silencio, la espera y la rapidez del acto. Capta a los espectadores que esperan sobre el vallado, encaramados en ventanas y marquesinas del autobús, y se agolpan en el recorrido para llegar a la plaza. También a los heridos que son evacuados, a la policía que organiza a la multitud y a los operarios que preparan el ruedo. A los adultos que se enfrentan con el toro probando su valía, y a los niños que corren ante las vaquillas, o el tórico de fuego, jugando a ser mayores, anticipando su futuro y demostrándose a sí mismos su pertenencia a la comunidad. Mientras que en las fotografías de la corrida de la tarde, Bergasa se fija en el ambiente de la plaza, en lo que sucede en los tendidos, y en el aire marcial de los toreros, que avanzan con decisión, en una imagen de cualidades abstractas, jugando con la composición en diagonal con los toreros recortados sobre el fondo neutro que construye la arena del albero. Porque, como ya hemos dicho, el ambiente, lo que está sucediendo, es el protagonista principal de las fotos de Bergasa. En sus fotografías intentas capturar el momento, la experiencia vivida, la alegría de una ciudad, en lo que lo particular se diluye en favor de lo común, en la que todos se vuelven uno, sin distinciones ni diferencias.

En definitiva, unas imágenes que nos trasladan a los Sanfermines, que nos permiten trasladarnos y recrear las emociones y sentimientos que se viven durante esos días. Nos invitan a zambullirnos en su ambiente, en el júbilo y diversión que se vive y se experimenta, a dejar por un momento nuestros problemas y preocupaciones a un lado y revivir, aunque solo sea mentalmente, el espíritu sanferminero, de ilusión y alegría, que se experimenta esos días.

Tal y como señala Pedro Salaberri, la serie sobre los Sanfermines de Miguel Bergasa es una “Crónica atemporal de alguien que vive la fiesta en profundidad, sin aspavientos. Fotos que no tienen edad, documento de hace años y de los sanfermines que ya están llegando. Una sentida carta de amor a su ciudad”.