ACERCAR EL PATRIMONIO. TARDES EN LA CATEDRAL DE PAMPLONA

7 de septiembre de 2011

Escenografías áureas: los retablos barrocos
D. Ricardo Fernández Gracia. Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

Al igual que otros muchos templos hispanos, la catedral de Pamplona se revistió de retablos a lo largo de los siglos XVII y XVIII, a iniciativa, en unos casos, del obispo y/o cabildo y en otros de cofradías, particulares que poseían capillas de patronato y gremios. En el caso de las iniciativas propiamente catedralicias encontramos participación del cabildo con rentas ordinarias, pero también con otras extraordinarias, como limosnas o la aplicación del dinero de las comidas de ciertos momentos, como ocurrió en el caso del retablo de Santa Catalina. No faltaron canónigos, especialmente algunos priores y arcedianos que, por tener rentas más pingües, sufragaron obras a su costa.

A comienzos del siglo XVII los retablos ya se habían convertido en enormes máquinas que cobijaban bajo sus estructuras, denominadas por algunos maestros navarros como “edificio de arquitectura”, ciclos de pintura y escultura con temas variados. 

La práctica totalidad de los retablos de la seo pamplonesa se realizaron en madera, generalmente de pino, material especialmente dúctil para la talla y, sobre todo, susceptible de recibir una capa de oro que los convertía en una verdadera ascua de luz. Con el colorido y el dorado -operación en la que se empleaban panes de oro de subidos quilates- el retablo, iluminado por la luz mortecina de las velas, refulgía como una brasa en la penumbra de los templos, insinuándose a la vista del público como una aparición celestial.

Además, con la vibración de sus formas, lo tupido de su decoración y la multiplicidad de sus imágenes confería a los templos españoles de la época, casi siempre de muros rígidos, inertes y cortados en ángulos rectos, una sensación de movilidad y expansión del espacio del que estructuralmente carecían. Los retablos provocaban, de ese modo, un ilusionismo muy característico del Barroco, en que la dicotomía entre fondo y figura, entre superficie y realidad quedaba sólo engañosamente resuelta.

Junto a sus estructuras más o menos dinámicas, su teatralidad y su color, los retablos y más los de esta catedral fueron concebidos como tronos para las imágenes y relieves tanto de devociones enraizadas profundamente en el pueblo, como las de los nuevos santos que representaban ni mas ni menos que la respuesta de la Iglesia de la Reforma católica a unas nuevas necesidades que pregonasen en papel de las obras o de la oración (Santo Tomás de Villanueva, Santa Teresa), sin que faltasen los patronos navarros, la Inmaculada o santos ligados a la historia y la monarquía española como Santiago o San Fernando.
La llegada del arte académico y de modo especial la construcción de la fachada y el informe del arquitecto Santos Ángel de Ochandátegui para un plan de reformas en el interior de la catedral (1800), desataron una fiebre de sustitución de numerosos retablos barrocos por otros de corte clásico. Algunos se perdieron para siempre, en tanto que otros se conservan en algunas parroquias de la diócesis de Pamplona, como Errazquin o Yaben. 

Dentro de lo que podríamos denominar como retablos clasicistas, en la primera mitad del siglo XVII, hay que mencionar el de la Piedad, realizado nada mas comenzar el siglo por Domingo de Vidarte con condición de seguir traza vignolesca. También podemos sumar el retablo de la capilla Sandoval (1633-1634 y lienzo de 1651) y los tres de la capilla Barbazana (1642), obra del prestigioso maestro Mateo de Zabalía, que los llevó a cabo bajo el mecenazgo del arcediano de la Cámara don Juan de Ciriza.

El barroco decorativo penetró con fuerza en la construcción de los colaterales, erigidos con la colaboración del obispo franciscano fray Pedro de Roche y el cabildo. Están dedicados a San Jerónimo y San Gregorio y en su diseño resultan muy anticuados para la fecha tan tardía en que se fechan (1682). Son obra de los maestros avecindados en Villava Simón Iroz y Rafael Díaz de Jáuregui. El maestro que labró sus numerosos relieves y esculturas fue Francisco Jiménez, entonces avecindado en Cabredo. 

Cronológicamente sigue el retablo de San José, realizado a instancias de gremio de carpinteros y albañiles, en 1685, por Juan Barón Guerendiáin y dorado por Juan de Munárriz poco más tarde. La falta de buenos escultores o pintores a una con la devoción por las iconografías seculares, llevó sus promotores a reaprovechar la escultura del titular el relieve de Santo Tomás y la tabla del Calvario de ático, obra renacentista de Ramón de Oscáriz.

El retablo de Santa Catalina fue costeado, en 1686, por la cofradía y el cabildo. Es el primero que incorporó las columnas salomónicas, aunque en un esquema plano de cuerpos y calles con numerosa iconografía, lejos del concepto de unidad espacial que caracteriza a los retablos del momento. Es obra Miguel de Bengoechea policromada en 1690 por Juan de Munárriz.

En los últimos años del siglo XVII y comienzos de la siguiente centuria llegaron a la catedral las noticias de la fama del taller tudelano y a maestros de sus obradores se encargaros varios retablos: José de San Juan y Francisco Gurrea. La muerte de este último maestro obligó a contratar los retablos de la girola con uno de los maestros con mayor predicamento de la capital Navarra, Fermín de Larrainzar, que los llevó a cabo en 1713. El de San Fermín con el patrocinio del arcediano don Fermín Apestegui.

Otras obras como el retablo de la capilla de la Trinidad, patronato de los Alba, en tanto que condestables de Navarra y condes de Lerín, la rica caja del órgano –desaparecida- y piezas menores se fueron construyendo conforme el siglo XVIII avanzaba, acusando algunos de esos proyectos la estética del rococó, más internacional, más leve y ligero y con un nuevo concepto del diseño decorativo. Algunas dependencias, como las capillas que comunican la sacristía con la sala capitular se dotaron de exquisitos retablos, uno de ellos con una interesante iconografía del Sagrado Corazón de Jesús (1758).

También el retablo mayor se barroquizó en pleno siglo XVIII con la adición de un rico expositor y de un armario argénteo para velar cómodamente a la titular del templo, la Virgen del Sagrario (1737). Los bustos relicario y un graderío de plata a imitación de los altares aragoneses, fueron objeto de especial mimo por parte del que fiera prior en las décadas del siglo don Fermín de Lubián. De ese modo el culto eucarístico y mariano, tan desarrollado tras el Concilio de Trento, cobraron dimensión más especial si cabe en pleno siglo XVIII.



Retablo de San José. Siglo XVII


Retablo de San Fermín. Siglo XVIII

PROGRAMA

Lunes, 5 de septiembre
La Catedral en la Historia de Navarra: la seo, el cabildo, las instituciones y el obispo
D. Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza. Real Academia de la Historia

Capiteles y claves del Claustro de la Catedral de Pamplona. Ese mundo desconocido
Dª Clara Fernández-Ladreda Aguadé. Universidad de Navarra

Miradas de los viajeros ante la Catedral de Pamplona
Dª Carmen Jusué Simonena. UNED de Pamplona

Martes, 6 de septiembre
Artes suntuarias en la Catedral
D. Ignacio Miguéliz Valcarlos. Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro 

Artistas en la Catedral. Esteban de Obray, maestro de sillerias de coro
Dª María Concepción García Gainza. Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Un paseo por las dependencias canonicales de la catedral
D. Javier Martínez de Aguirre. Universidad Complutense de Madrid

Visitas duplicadas al conjunto catedralicio pamplonés

Miércoles, 7 de septiembre
Escenografía áureas: los retablos barrocos
D. Ricardo Fernández Gracia. Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

La catedral hoy y mañana: proyectos en curso
D. Francisco Javier Aizpún Bobadilla. Vicario Episcopal de Patrimonio. Arzobispado de Pamplona

CLAUSURA: Concierto a cargo Coro Santa María la Real de Voces Graves