26 de agosto
Santesteban de la Solana, un valle por descubrir: Arróniz, Luquin, Barbarin
José Javier Azanza López
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro
Universidad de Navarra
Asistentes a la conferencia
La parroquias y santuarios de Arróniz, Luquin y Barbarin, localidades pertenecientes al Valle de Santesteban de la Solana en la Merindad de Estella, permiten recorrer a través de su arquitectura, retablos y pinturas una parte significativa de la historia del arte navarro que se extiende desde el Gótico del siglo XIII hasta el Academicismo del XIX. Y cuentan a su vez una historia menos visible pero igualmente importante: la de quienes estuvieron detrás de las obras, financiando su realización desde su tierra de origen o desde Madrid y los virreinatos americanos, ofreciendo una imagen en agradecimiento a su curación o manteniendo viva generación tras generación a sus patronos y Vírgenes protectoras. En este sentido, el patrimonio artístico de estas tres localidades va más allá del legado material de sus artistas y se convierte en testimonio de la fe y devoción de sus habitantes. Dado que la conferencia se impartió en Arróniz, fueron su parroquia de San Salvador y su basílica de Mendía las principales protagonistas, con alusiones puntuales a Luquin y Barbarin que podrán ser objeto de sesiones específicas en otra ocasión.
Arróniz. Parroquia de San Salvador. Interior y retablo mayor. Foto: José Javier Azanza.
En el perfil urbano de Arróniz destacan dos edificios que permiten comprender buena parte de la historia artística y religiosa de la villa: la parroquia de San Salvador, que domina el caserío con su torre elevada al cielo, y la basílica de Nuestra Señora de Mendía, situada en un lugar privilegiado, en una de las alturas que rodean la población. Aunque diferentes en su origen y función, ambas están profundamente arraigadas en la localidad, cuyos vecinos las han enriquecido a lo largo de los siglos.
La parroquia de San Salvador constituye un edificio cuya construcción se extiende desde la primera mitad del siglo XIII hasta el siglo XIX. Su sólida fábrica de cantería conserva en los pies parte de la primitiva iglesia protogótica medieval, mientras que la configuración fundamental de la nave corresponde a las transformaciones del gótico tardío de comienzos del siglo XVI, con tramos cubiertos mediante bóvedas de terceletes de nervios rectos. La transformación decisiva de la iglesia tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XVIII, con la renovación barroca del crucero, las capillas laterales y la sacristía mayor, con intervención de Martín Hermoso de Mendoza y José Raón. Destaca en este espacio la media naranja central sobre pechinas con los cuatro Padres de la Iglesia latina -san Jerónimo, san Gregorio Magno, san Agustín y san Ambrosio- y la decoración de yeserías vegetales, hojarasca y querubines. La culminación de este proceso constructivo tendrá lugar a comienzos del siglo XIX con la torre y portada proyectadas por Pedro Nolasco Ventura dentro de un lenguaje clasicista caracterizado por el empleo de los órdenes, la claridad geométrica y la sobriedad ornamental, que en el caso de la torre supone la culminación de un modelo presente en otras localidades como Mendavia y Torres del Río.
Arróniz. Parroquia de San Salvador. Torre y portada. Foto: José Javier Azanza.
Este recorrido arquitectónico por San Salvador encuentra un paralelismo en sus retablos, desde el Romanismo de finales del siglo XVI hasta el Rococó de la segunda mitad del XVIII. El retablo de Santa Catalina, realizado hacia 1580 por Pedro Gabiria I, representa el Romanismo navarro, con una composición ordenada de banco, dos cuerpos y tres calles que albergan escenas de la vida de la santa como su oración ante la destrucción de los ídolos paganos y su decapitación, así como la imagen titular con sus atributos característicos -rueda, espada y emperador Majencio a sus pies-, acompañada por san Blas y san Roque.
A este primer momento se suma el retablo de Santa María Magdalena, dentro de la transición al Barroco, con ejecución a cargo de Miguel López de Ganuza y Domingo de Lusa. Desarrolla un programa iconográfico del que forman parte las escenas relivarias de la Magdalena lavando los pies de Cristo, escuchándole predicar en el templo, su retiro en el desierto, siendo confortada por los ángeles y su muerte. A este se suma un singular ciclo dedicado al Hijo Pródigo en el banco, en el que en tres escenas consecutivas se representan el reparto de la herencia, las malas compañías con las que dilapidó su fortuna y el arrepentimiento y retorno al hogar paterno. El vino, elemento fundamental en la economía de la sociedad local, aparece aquí asociado al exceso y a la vida disipada, y la presencia de objetos y situaciones cotidianas convierte lo profano en instrumento de enseñanza moral y pone de manifiesto la capacidad narrativa de la escultura barroca.
Arróniz. Parroquia de San Salvador. Retablo de Santa María Magdalena. Historia del Hijo Pródigo. Foto: José Javier Azanza.
El gran retablo mayor constituye la pieza fundamental del conjunto. Su realización se inició en 1671, a partir de las trazas del carmelita descalzo del convento de Pamplona fray Francisco de Jesús María, y su proceso se prolongó hasta mediados del siglo XVIII. Vinculado al primer Barroco navarro y relacionado con retablos de Los Arcos y Viana, su disposición en artesa se adapta a la cabecera poligonal y organiza un cuerpo único de tres calles y un ático curvo, enriquecido posteriormente con decoración vegetal. La escultura de Bartolomé Calvo combina episodios de la Pasión y representaciones de santos, con la Inmaculada de filiación castellana que sigue fielmente el modelo impuesto por Gregorio Fernández.
El proceso de renovación retablística continúa en el siglo XVIII con el retablo del Rosario, que constituye un ejemplo característico del Barroco navarro. En su interior conviven imágenes de cronología diversa, como la Virgen del Rosario, romanista de comienzos del siglo XVII, y un Salvador del primer tercio del XVI que conserva rasgos de tradición gótica. También aparece san Antón, atribuido a Pedro Gabiria I, acompañado de los atributos que identifican su vida y su función protectora. Finalmente, el retablo de la Virgen del Pilar, terminado en 1774 por Ramón de Villodas, introduce plenamente el Rococó, con una elegante estructura de planta mixtilínea y decoración de rocalla. El conjunto de retablos de San Salvador permite seguir, por tanto, la evolución de la retablística navarra desde el Romanismo hasta las formas rococó.
Arróniz. Basílica de Nuestra Señora de Mendía. Portada. Foto: José Javier Azanza.
La basílica de Nuestra Señora de Mendía ofrece una historia diferente a la parroquial, centrada en la devoción mariana tan arraigada desde el siglo XII en Tierra Estella con la presencia de santuarios y ermitas dedicados a la Virgen, devociones acompañadas con frecuencia de relatos legendarios y milagrosas apariciones de imágenes. Más allá de la veracidad histórica de estas tradiciones, lo importante es que expresan la antigüedad del culto y la protección de María a sus fieles.
La historia documentada de Mendía comienza a mediados del siglo XVII, cuando en 1655 se concedió licencia para construir un edificio de modestas dimensiones. En 1685 Bernardo de Nagusia, natural de Arróniz y residente en Madrid, entregó 200 ducados para la fábrica, lo que permitió alargar el templo con su nave, cabecera y sacristía. La monumental portada barroca de comienzos del siglo XVIII fue posible gracias al legado de Lorenzo Hermoso de Mendoza, Regidor Perpetuo y Justicia Mayor de Caracas, con raíces familiares en Arróniz y Sesma, que remitió una importante cantidad para el santuario. Las obras comenzaron en 1701 con trazas de Vicente de Frías y ejecución de Francisco de Ibarra y Francisco de Sarasúa. Se articula mediante cuatro grandes columnas exentas de orden compuesto, entablamento quebrado y un ático con la imagen pétrea de la Virgen con el Niño realizada por Francisco Barona.
Arróniz. Basílica de Nuestra Señora de Mendía. Retablo mayor y Virgen de Mendía. Foto: José Javier Azanza.
El interior muestra una nave única separada del presbiterio por una gran reja barroca de hierro forjado. También el retablo mayor es barroco, de hacia 1700, con escenas de la Visitación y la Anunciación, coronadas por san Miguel. La imagen titular de la Virgen de Mendía constituye el núcleo devocional del santuario. Se trata de una talla sedente con el Niño que puede fecharse en el siglo XIII, aunque fue transformada en época barroca para convertirla en imagen de vestir. Posteriormente se restauró en 1951 mediante un revestimiento de plata de estilo neogótico, operación que permitió ocultar las pérdidas ocasionadas por las transformaciones anteriores y para la que donaron sus joyas los vecinos de la localidad.
El patrimonio de Mendía se completa con dos importantes pinturas de procedencia castellana, relacionadas con los donativos de Bernardo y Domingo de Nagusia desde Madrid. Representan a la Inmaculada entre ángeles y a Cristo vestido de jesuita, tipo iconográfico difundido durante el siglo XVII desde el foco vallisoletano a partir de la visión de la Venerable Marina de Escobar, siendo el pintor Diego Valentín Díaz el autor de buena parte de estas obras. Ambos lienzos, de composición simétrica, fondos de gloria y con sus correspondientes inscripciones, se integran en grandes marcos barrocos concebidos casi como pequeños retablos.
Arróniz. Basílica de Nuestra Señora de Mendía. Lienzos de Cristo vestido de jesuita y de la Inmaculada. Foto: José Javier Azanza.
Finalmente, los exvotos conservados en la basílica ofrecen una perspectiva directa de la religiosidad cotidiana, concebidos no como obras de arte sino como imágenes de memoria. Los testimonios de 1749 y 1772, protagonizados respectivamente por el médico Agustín de Zeaurrote, curado de una grave dolencia, y por el niño Miguel de Arviza, sanado de viruela y ofrecido por sus padres a Nuestra Señora de Mendía, muestran cómo la pintura se convirtió en memoria visual de los favores atribuidos a la Virgen. A ellos se suma el exvoto de Gregorio Barbarin de 1752 (en colección particular), que recuerda su salvación tras quedar sepultado por el derrumbe de unas paredes. Estos testimonios convierten Mendía en un espacio inseparablemente unido a la devoción religiosa de los habitantes de Arróniz.
Arróniz. Basílica de Nuestra Señora de Mendía. Exvotos de Agustín de Zeaurrote y Miguel de Arviza. Foto: José Javier Azanza.