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Diccionario General de Derecho Canónico

Historia del proyecto

La primera edición del DGDC tuvo lugar en diciembre de 2012. Se publicaron 700 colecciones de siete volúmenes, que se agotaron en los cinco primeros meses del año 2013. La buena acogida del diccionario no fue una sorpresa para nadie. Eran muchos los autores que habían participado. Además, el paso del tiempo había hecho crecer considerablemente la expectación. No siempre los retrasos son perjudiciales. Pero conviene presentar brevemente la historia del proyecto.

Información

Contacto:
Edif. Facultades Eclesiásticas
Universidad de Navarra
31009 Pamplona
España

+34 948 425 600 x 802631
Fax: +34 948 425 622
dgdc@unav.es

El Instituto Martín de Azpilcueta, de la Facultad de Derecho canónico de la Universidad de Navarra, encomendó a los editores la tarea en el año 2002. Los trabajos han cubierto tres fases bien definidas: programática (2002-2005); redaccional (2006-2011); y editorial (2012). La fase más importante fue sin duda la programática, que sirvió para establecer el esquema general del diccionario. Se confeccionó el inventario de las voces, empleando para ello las más diversas fuentes. Fue necesario después llevar a cabo una búsqueda de virtuales colaboradores, y hacer un esbozo de distribución de las voces por afinidad temática. Para ello se diseñaron los ficheros electrónicos que nos han acompañado, con progresivas mejoras, a lo largo de estos años. En ellos constaban 900 eventuales colaboradores y 2300 entradas posibles. Simultáneamente se había redactado la Guía para los colaboradores. Eran 140 páginas en las que se presentaba el proyecto en cinco idiomas, con todos sus datos metodológicos.

Las primeras cartas de invitación se enviaron en octubre de 2005. Con la invitación se hacía llegar a cada autor la ficha técnica de las voces que se le asignaban y la Guía para los colaboradores. En los años sucesivos (2006 y 2007) se llevaron a cabo dos nuevos requerimientos de colaboración, más específicos, para cubrir las entradas que no habían podido ser cubiertas con la primera asignación. A partir de ese momento la atribución de voces fue ya individualizada.

Si la fase más importante fue la primera, la más laboriosa sin ninguna duda ha sido la segunda, la fase redaccional o de elaboración de las voces. La etapa programática es de creación, la redaccional es una etapa de resistencia. La recepción de los originales supone el paso más importante, pero desde luego no el único, de la etapa redaccional. Todas las voces debían pasar por una revisión metodológica para adaptarse a las condiciones técnicas del DGDC. Bastantes de ellas (850) debían ser traducidas al español.

La fase redaccional se prolongó exactamente durante seis años y medio. La duración se explica por la falibilidad natural que tiene un call for entries masivo como el que ha llevado a cabo el DGDC. Los coordinadores del proyecto entraron en contacto con 918 hipotéticos colaboradores, de los que 583 fueron finalmente los autores de las voces. No es fácil hacer entender el conjunto de contingencias que arrastra un proyecto tan extenso. Entre otras la salud; han fallecido diecisiete colaboradores, algunos después de haber entregado las voces, otros mientras trabajaban en ellas.

La tercera etapa, la editorial, ha resultado gracias a Dios más sencilla y más corta. Han sido pocos meses, aunque muy intensos, del año 2012. El DGDC aprecia poder participar de la labor editorial de Thomson-Reuters-Aranzadi, por su prestigio en el mundo jurídico y por su capacidad de distribución global. 

En lexicografía se emplean con bastante frecuencia las nociones de macroestructura y microestructura para definir los ejes estructurales de un diccionario. La macroestructura vendría a ser el eje vertical, la concepción general que se pretende, el elenco general de las voces, el criterio que se sigue para la elaboración de ese inventario, la extensión que se asigna a las entradas. La microestructura es el eje horizontal, el sistema que se sigue para la redacción de las voces. Lo que podríamos llamar la información leída.

El punto más representativo de la macroestructura del DGDC es precisamente que se trata de un diccionario general. Un diccionario es general cuando no quiere omitir ninguna dimensión que pueda considerarse representativa en relación con una ciencia determinada y bien definida. En este caso se trata del derecho canónico. El DGDC se ocupa por tanto del derecho latino y del oriental; del derecho vigente y del ius vetus; de la dogmática jurídica y de la historia; de las fuentes y de las instituciones jurídicas; del derecho positivo y de la teoría del derecho; del derecho canónico interno y del derecho externo de la Iglesia. El carácter general hará posible incorporar también algunas nociones asentadas en el derecho natural y de las que el derecho canónico no puede prescindir (familia, sexualidad, vida, conciencia, libertad, dimensión pública de la religión, entre otras). En cambio, no pretende introducir directamente elementos de derecho positivo de los Estados acerca del fenómeno religioso. No es un diccionario de derecho eclesiástico del Estado.

Un diccionario general debe tener necesariamente una fuerte macroestructura, es decir, un inventario de voces amplio y largamente ponderado. El DGDC contiene 2118 voces con contenido; se añaden a ellas 391 de mera remisión. Ese elenco de voces, imprescindible en muchos casos para la búsqueda de información, puede encontrarse al término de cada uno de los volúmenes.

En la elección de las entradas se ha seguido el criterio del fraccionamiento de las nociones, siempre que la voz resultante mantuviera cierta autonomía de significado o un régimen jurídico propio (por ejemplo, oficio eclesiástico, provisión del oficio, aceptación del oficio, pérdida del oficio, etc.). Esto es aplicable no sólo a los conceptos jurídicos sino también a las entidades eclesiales primarias (por ejemplo, cada una de las Iglesias sui iuris), o a las instituciones propias de la organización eclesiástica central (por ejemplo, cada uno de los dicasterios de la curia romana). El diccionario contiene también 320 voces históricas. Su presencia ha sido sopesada cuidadosamente porque los editores no deseaban convertir la obra en un inventario de figuras históricas ni de fuentes canónicas, pero no ha sido omitida ninguna de las que pueden considerarse significativas.

Han colaborado en el DGDC un total de 583 autores de 33 países. El criterio de asignación de voces se ha fundado como es lógico en la afinidad con el área temática de cada autor. Pero ha estado también presente la voluntad de hacer una convocatoria universal. Se quería que el carácter general del contenido enlazase también con la universalidad de la procedencia personal. Los grupos más significativos de autores proceden lógicamente de aquellos lugares donde el derecho canónico tiene más arraigo cultural. La verdadera universalidad deriva más bien de que todos los canonistas, procedentes de un centro académico o de otro, de una u otra diócesis, hayan tenido la posibilidad de contribuir al proyecto, siempre que cumplieran los presupuestos metodológicos y las exigencias de calidad científica y de respeto a la doctrina católica.

La universalidad subjetiva tiene una ventaja manifiesta y una desventaja latente. La abundancia de autores y de procedencias lleva consigo diferencias de tratamiento de las materias. Se debe subrayar aquí que esas diferencias no son anormales. Un diccionario no es un bloque sistemático cerrado que deba enjugar toda discordancia científica. El conjunto de las voces de un diccionario general está precisamente pensado para que las divergencias no resulten desconcertantes. Cada voz viene fuertemente reclamada por multitud de voces conexas. Esas conexiones permiten no sólo colmar lagunas sino también atemperar los contrastes.

El tercer vector de generalidad (además de la materia y de los autores) son los destinatarios. El DGDC fue presentado desde sus comienzos como un proyecto que pretendía poner al alcance de un público amplio una moderna obra de consulta sobre el derecho de la Iglesia. Se decía en la Guía para los colaboradores que la obra deseaba conjugar el rigor con la accesibilidad, de modo que pudiera ser útil a los que se dedican a las cuestiones académicas, a los profesionales de la curia administrativa y judicial, a los estudiantes de ciencias eclesiásticas y también a otras personas interesadas en las cuestiones que afectan a la vida de la Iglesia.

El derecho canónico es una ciencia bien determinada y es natural que los destinatarios de la obra también lo sean. Pero no se ha querido poner ninguna barrera adicional, al contrario. En la medida de lo posible, las voces buscan en primer lugar glosar el significado inmediato del instituto o la noción jurídica de que se trata; se ha cifrado lo menos posible el lenguaje (siglas, abreviaturas, apócopes) de modo que la narración sea accesible a cualquier lector. El diccionario no es una obra de divulgación ni quiere prescindir de los matices y de la nomenclatura propios de la ciencia, pero se ha querido que la redacción fuese clara y que estuviese en condiciones de llegar a muchos.

La microestructura es el eje horizontal del diccionario. Microestructura es el modo como se dispone la información en cada una de las unidades del diccionario, que son las voces o los artículos. Cada una de esas entradas fue consignada a los autores con una extensión variable según cinco modelos típicos, con el siguiente contenido: 1) 300-700 palabras; 2) 700-1500; 3) 1500-2500; 4) 2500-4000; 5) 4000-6000. Algunas voces, por su carácter central en la ciencia canónica, han superado ampliamente la extensión máxima típica (Derecho canónico, Decreto de Graciano, Disolución del matrimonio, Ley canónica, Interpretación del derecho, Codex Iuris Canonici, etc.).

El encuadre tipográfico de cada una de las entradas incluye el título de la voz, un apartado de voces conexas («Vid. también»), el sumario de los epígrafes de la voz, el cuerpo del artículo, una sección de bibliografía, y el nombre y apellido del autor.

El índice de voces conexas tiene una relevante importancia estratégica. En la confección de este índice sólo se han querido introducir las voces conexas por asociación próxima y necesaria, nunca por una afinidad remota o por un contacto ocasional. Así pues, las voces de este apartado son siempre complementos muy pertinentes para la voz principal. Hay que tener presente que en el cuerpo de la voz no se hacen remisiones a otras voces del diccionario. Esto, que es algo común en obras de este tipo, se ha querido evitar expresamente porque presentaba muchos riesgos. El elevado número de voces invitaba a excederse en las remisiones, haciendo valer contactos eventuales, puramente léxicos. Y el elevado número de autores hacía inevitable sensibilidades muy distintas para conectar las voces entre sí. Por eso se ha optado por incluir el apartado al comienzo de cada voz con un repertorio especialmente ponderado y relevante.

El índice de voces conexas no tiene por objeto ahorrar parte del desarrollo de la voz redirigiendo el tratamiento a otra entrada. Cada una de las voces es autónoma y no supedita su contenido a una voz ajena. Las entradas buscan ser completas, y saben que no deben dejar parte de su materia natural sin tratamiento. Ahora bien, esta autonomía de las voces se ve moderada por el encuadramiento general; es decir, cada una de las entradas sabe también que existen niveles o densidades de desarrollo que corresponden tal vez a otra voz más específica.

Las citas bibliográficas se incluyen en el mismo texto, no a pie de página. Desde el mismo texto remiten a una de las obras de la relación bibliográfica del modo más simple (apellido del autor y número de la página). Si la obra que se cita no se encuentra en la relación bibliográfica final, se incluye en el cuerpo del texto la referencia completa. Las voces llevan una relación bibliográfica al final del artículo. Se ha sugerido a los autores que las obras de esa relación bibliográfica guarden relación directa con la voz, prescindiendo de la bibliografía indirecta o de acompañamiento.

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