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El coronavirus, una interpelación a reflexionar sobre nuestro modelo social y de desarrollo

Ana Marta González, investigadora del ICS y profesora del Departamento de Filosofía, analiza en esta entrevista cuestiones como la responsabilidad personal, la sostenibilidad de nuestro sistema de vida y la vulnerabilidad de una Europa envejecida

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Ana Marta González
FOTO: Manuel Castells
16/03/20 10:04 Isabel Solana

Ana Marta González es investigadora principal del proyecto ‘Cultura emocional e identidad’ del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) y profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra. En relación con la situación actual en torno al coronavirus, analiza cuestiones de fondo como la responsabilidad personal, la sostenibilidad y la vulnerabilidad de una Europa envejecida. Asegura que el contexto nos interpela a reflexionar sobre nuestro modelo social y de desarrollo y genera una oportunidad para marcar un nuevo rumbo.

El coronavirus prácticamente ha paralizado nuestro sistema de vida, que tenemos tan asumido. ¿Nos ha demostrado que es más frágil de lo que pensábamos?
No es la primera vez que nuestros hábitos sociales y de funcionamiento se ven afectados de repente por algún acontecimiento. Tenemos un ejemplo relativamente reciente en los atentados del 11 de septiembre y, más atrás en el tiempo, la segunda guerra mundial, que, entre otras muchas cosas, obligó a replantear los términos de la producción; las mujeres comenzaron a incorporarse al mundo laboral porque los hombres estaban en el frente.

Es cierto que el COVID-19 ha alterado nuestra normalidad, nos plantea interrogantes y nos hace reflexionar no solo sobre cómo funcionamos, sino también cuestiones más existenciales. Por ejemplo, ¿en qué medida nuestras coordenadas vitales dependen de la normalidad social? 

¿Qué modificaciones estamos observando ya?
Algunos cambios de funcionamiento se convertirán, posiblemente, en nuevos hábitos. Por ejemplo, se ha apelado al teletrabajo, aunque no todos los sectores laborales están en condiciones de adaptarse a esta exigencia. Indudablemente, lo que estamos viviendo será un estímulo en esa dirección.

Asimismo, nos obliga a pensar en el significado ambivalente de la globalización. Por un lado, descansa en las tecnologías de la comunicación, que en buena medida nos están ayudando también a sobrellevar esta crisis; por otra, la movilidad de personas que propicia un mundo globalizado constituye también un elemento acelerador de la pandemia.  Y en esto podríamos ver una de las ironías del destino: las fronteras que desgraciadamente hemos levantado frente a los inmigrantes, argumentando que nuestro sistema sanitario, laboral y económico no puede afrontar su llegada, han sido vulneradas fácilmente por un virus. La pandemia que provoca el estrés de nuestro sistema de salud nos obligará a realizar reformas, que ojalá sirvieran para tener un planteamiento más humano del desarrollo y la globalización. Aunque ahora mismo la atención obviamente está puesta en afrontar la crisis, el coronavirus nos interpela a revisar nuestro modelo social y también el de desarrollo.

¿Hacia dónde deberíamos apuntar?
Llevamos unos años viviendo aceleradamente en todos los ámbitos. Por ejemplo, nos empeñamos en viajar por todo el mundo a encuentros en los que podríamos estar presentes virtualmente. Habría que ver por qué no escogemos esta opción en primer término cuando la presencia física no es indispensable, considerando que la tecnología nos pone soluciones al alcance de la mano.

Soy partidaria de las clases presenciales y la comunicación cara a cara, pero quizá hay cuestiones que revisar para alinearnos con la necesidad de una vida más sostenible desde el punto de vista económico y ecológico. 

Pero esto no es nuevo, ¿no?
Desde hace años se apunta en esta dirección: nuestro modelo de vida, el que llevamos en Occidente y exportamos a todas partes, no es sostenible. Hemos de recordar que las personas no viajan con la misma facilidad ni a la misma velocidad que los capitales y las mercancías. De hecho, imponen distintas condiciones. A raíz de la pandemia, Donald Trump ha prohibido durante un mes la entrada a personas de la Unión Europea, no a las mercancías. La globalización de los mercados no debería olvidar esa asimetría entre personas y cosas, que está en el origen de muchas disfunciones económicas y sociales. La crisis del coronavirus puede constituir un punto y aparte en el modo de afrontar la globalización de mercados y comunicaciones. La interconexión no trae por sí sola la solidaridad o la humanidad.

¿La sociedad está preparada para asumir esta situación excepcional y la flexibilidad que exige?
En una de sus intervenciones, el presidente del Gobierno español usó una expresión que no ha pasado inadvertida: ‘disciplina social’.  Esas palabras salen al paso de la información que han recogido muchos medios, sobre personas que, en lugar de permanecer en casa como recomiendan las autoridades, se han ido de vacaciones. Esa clase de comportamientos manifiestan una notoria falta de sintonía con lo que está ocurriendo a nivel social. Aunque afortunadamente no estamos en un escenario bélico, sí estamos en una situación de alarma social, y hay que saber reconocerla como tal. 

En ese sentido, China, un país no democrático, han tenido más capacidad de controlar los movimientos de los ciudadanos. ¿Los seres humanos solo obedecemos cuando hay una amenaza en firme por parte de las autoridades?
Este tipo de situaciones pone a prueba nuestra capacidad de actuar con responsabilidad personal, y, en esa medida, constituye una piedra de toque de la salud moral de las sociedades democráticas: idealmente deberíamos ser capaces de actuar con responsabilidad personal sin que fuera preciso emplear medidas coercitivas. Por eso me parece importante revisar la propia actitud, con el fin de no poner en peligro a personas vulnerables. Ahí se demuestra en qué medida una persona vive en el mundo común o, por el contrario, en el suyo propio. Es un buen momento para revisar hasta qué punto conceptos como ‘solidaridad’ tienen un significado real en nuestras vidas. El personal sanitario está respondiendo al máximo nivel y eso tiene que verse correspondido con una actitud responsable por parte de la población para que el sistema de salud  no colapse.

¿Qué nos está enseñando la entrega de los profesionales sanitarios ante la pandemia?
Una de las cuestiones que más se están poniendo en valor en estos momentos es la atención que el personal sanitario está brindando a los enfermos, y la disciplina y dedicación con la que están realizando su trabajo. Esto también nos da qué pensar: los trabajos con una fuerte carga relacional, que exigen discernimiento y creatividad, no pueden reemplazarse con máquinas. Agradecemos la eficiencia y la productividad, que eventualmente podrían ser reemplazadas por máquinas, pero la sociedad humana descansa también en otros valores. Quizá hay que pensar en un modelo social que no descanse de una forma tan exclusiva en una visión del trabajo modelada a partir del trabajo productivo, y que en cambio incorpore otros elementos humanos como la creatividad, la capacidad de formar vínculos… Comprendo que ahora mismo las prioridades son otras, pero no puedo dejar de pensar que aquí también se esconde una invitación a pensar en un modelo social que refleje la importancia crucial de estos trabajos, cuyo valor no se mide adecuadamente con dinero, y que en cambio potencian el sentido de identidad y solidaridad. En definitiva, se trata de caer en la cuenta de que hay en circulación otra moneda distinta del dinero, y propiciar un modelo social que pivote sobre las prestaciones más específicamente humanas del trabajo.

El mérito que se otorga a los profesionales sanitarios contrasta con la falta de capacidad de nuestros líderes políticos de generar tranquilidad, credibilidad, confianza… ¿Qué papel deberían desempeñar en esta crisis?
El respeto por la actividad de los profesionales de la sanidad es indudable y hay que poner en valor la confianza de la población hacia su trabajo. Pero su labor tiene que venir apoyada por decisiones políticas acertadas. Los responsables políticos están tratando de conseguir un difícil equilibrio entre la salud y la economía, pues todo parece indicar que ésta se va a ver muy afectada. Con nuestros patrones de funcionamiento económico, una situación así generará una crisis importante.  

Realmente, la figura del político está devaluada a ojos de la opinión pública, pero esto no es algo nuevo. De alguna manera, cada crisis que se plantea es un argumento más para que esta percepción se acentúe. Nuestros líderes no marcan la pauta, sino que por lo general observan las tendencias sociales y se ponen delante de ellas. Sin duda no es fácil gobernar la complejidad, y es más fácil criticar cualquier decisión que se tome. De cualquier forma, para tener la valentía de tomar las decisiones oportunas, en el momento oportuno, hay que discernir cuál es, en efecto, el momento oportuno. Y esto, a su vez, requiere tener claras las prioridades y contar con el parecer de los expertos en los asuntos más directamente concernidos aquí -salud y economía.

Por último, ¿cree que nuestra capacidad de resiliencia no solo nos permitirá salir de esta situación sino también generar una reflexión constructiva sobre nuestro futuro? 
Los acontecimientos externos pueden ser un estímulo para reflexionar, pero solo cuando una persona tiene una cierta disposición. Ludwig Wittgenstein escribió sus pensamientos filosóficos en plena guerra mundial, con el mundo derrumbándose a su alrededor. Ahora mismo hay personas abandonadas al último minuto de las redes sociales; este estado de distracción permanente no propicia la reflexión. Como decía anteriormente, si tus coordenadas vitales dependen de una normalidad social -ir de compras, de bares, de excursión…-, ¿con qué te quedas cuando estas opciones no están disponibles?

A este respecto, Europa es muy vulnerable desde el punto de vista psicológico. Aunque ha experimentado los efectos de conflictos recientes como la guerra de los Balcanes o la crisis migratoria, desde la segunda guerra mundial no había vivido ninguna situación de esta envergadura y extensión. Muchos lugares del mundo afrontan habitualmente situaciones de emergencia y de violencia. Aunque ahora mismo estamos en el epicentro de la pandemia, nuestro reto es que el sistema no colapse. Nuestro siguiente reto será retomar la normalidad, y ojalá lo hagamos entonces con un poco más de sabiduría.

En algún sentido, la pandemia del coronavirus constituye una encrucijada inesperada, pues nos brinda la oportunidad de detenernos a reflexionar sobre los hábitos personales y sociales que podríamos cambiar, que deberíamos cambiar, para hacer el mundo un poco más humano.

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