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"La crisis del coronavirus ha puesto en evidencia las debilidades de la Unión Europea como proyecto común"

En el Día de Europa, la investigadora del Instituto Cultura y Sociedad Anna Dulska analiza la estrategia europea ante la pandemia del coronavirus

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Anna Dulska, investigadora del ICS
FOTO: Manuel Castells
08/05/20 15:35 Natalia Rouzaut

Anna Dulska es doctora en Historia, Máster en Dinámicas de Cambio en las Sociedades Modernas Avanzadas y licenciada en Administración y Dirección de Empresas.. Actualmente es investigadora del proyecto ‘Creatividad y herencia cultural’ del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra.

En el Día de Europa, que conmemora el discurso de Robert Schuman, ministro francés de Asuntos Exteriores, en 1950 considerado el germen de la Unión Europea (UE), la experta analiza la estrategia europea ante la actual crisis del COVID-19. Según Dulska, esta crisis ha supuesto un examen de dos partes a una UE previamente dividida. Primero, ha debido gestionar una situación sin precedentes con grandes pérdidas humanas y, después, deberá enfrentar una crisis económica demostrando lo aprendido tras la crisis de 2008.

¿Cómo está afectando la crisis del COVID-19 a Europa?
La pandemia del coronavirus que está afectando a nuestro mundo ha supuesto una crisis doble. Por un lado, las propiedades y transmisión del virus que no entienden de geopolítica ni fronteras. Hasta que no se encuentre una vacuna o un tratamiento, estos factores están fuera de nuestro control. Por otro lado, está lo que sí depende de los humanos: la gestión de esta contingencia en todos los niveles de organización política o económica, desde las organizaciones internacionales, tales como la Organización Mundial de la Salud, hasta las unidades territoriales más pequeñas. Desde las multinacionales hasta las tiendas del barrio, en definitiva, desde lo global hasta lo local. Así, la incidencia de la pandemia en las sociedades es la fuerza neta entre las características epidemiológicas del virus y la diligencia (el cuándo), la eficacia (el cómo) y la eficiencia (el por cuánto) de la gestión que están llevando a cabo los dirigentes.

En este sentido, la crisis actual está siendo un examen para todos: las organizaciones, los Estados y los individuos. Un examen muy difícil porque entran en juego vidas humanas. Además, se trata de una situación sin precedentes en el mundo contemporáneo, así que nadie viene con una preparación específica y su desempeño depende de las cualidades y competencias que ha desarrollado hasta ahora.

¿Y a la Unión Europea como organización?
Ha afectado a la Unión Europea en dos sentidos: como organización internacional y como suma de los Estados miembros que la conforman. Como organización, la crisis ha coincidido con un momento muy inoportuno, en pleno debate sobre su futuro y una enorme tensión entre los Estados miembros, cuyas visiones de una Europa unida divergen sustancialmente. Hasta tal punto que, en lugar de buscar un compromiso, se empezaron a producir crispaciones y fracturas difíciles o imposibles de reparar.

En la encrucijada en la que se encontraba la UE en enero se presentaban dos caminos. Uno hacia una mayor integración o una quasi-federalización, que supondría cesión de una considerable porción de soberanía nacional y transferencia de mayores competencias a la Unión. Otro que pretendía reforzar la idea original de las Comunidades Europeas, la de la comunidad de las naciones en busca de cooperación, crecimiento y beneficios de todos, pero sin perjuicio a su independencia.

¿Qué tensiones están surgiendo ahora con la pandemia? ¿Han surgido nuevas o se han reforzado las existentes?
A lo largo de la historia, un enemigo exterior común o bien ayudaba a forjar alianzas y/o consolidar proyectos compartidos o bien, por el contrario, desnudaba sus debilidades o inviabilidad. Esta vez no ha sido diferente. Ante lo que sucedía en Italia, los Estados miembros reaccionaron de forma muy desigual. Unos tomaron precauciones tempranamente anteponiendo las cuestiones de la salud pública, otros se caracterizaron por la procrastinación y tardaron en tomar las decisiones, excusándose que se atenían a las recomendaciones que venían desde aguas arriba, sobre todo de la OMS.

Las consecuencias se reflejan en las curvas de contagio. No fue hasta que las medidas que se estaban tomando empezaron a afectar a los pilares de la UE –la libertad de flujo de personas y mercancías– cuando quedó patente la ausencia de la Comunidad en la gestión de la crisis. Los primeros países que cerraron sus fronteras recibieron severas críticas por violar las libertades europeas pero, poco después, los que más lo criticaban hicieron lo mismo y además prohibieron la exportación del material médico y sanitario. Fue muy llamativo el caso de un envío de casi un millón de mascarillas que una empresa italiana compró en China a través de un distribuidor alemán que, al ser considerada una importación alemana, nunca llegó al destino. El abandono que sufrió Italia fue tal, que la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen se vio obligada a pedirles perdón a los italianos.

Entonces, ¿cómo se podría haber gestionado esta crisis si no hubiera diferencias entre países?
La crisis del coronavirus ha puesto en evidencia las debilidades de la Unión Europea como proyecto común. Es cierto que la UE es una organización híbrida y sin equivalente en el mundo entero, ni es un acuerdo internacional de cooperación económica (como ASEAN), ni una federación (como los Estados Unidos de América). Según la forma que le otorgó el Tratado de Lisboa, la Unión Europea tiene tres tipos de competencias: exclusivas, compartidas y de apoyo. Entre las compartidas, se encuentra la del apoyo a la salud pública en Europa. La UE está capacitada por el tratado para complementar las políticas sanitarias nacionales, apoyando a los gobiernos en alcanzar objetivos comunes, compartir los recursos y superar los retos comunes.

Además, hay que tener presentes los principios fijados por el Tratado de Maastricht que rigen el ejercicio de la UE: de proporcionalidad y subsidiariedad. El primero dice que el alcance de la acción de la UE no debe exceder lo necesario para cumplir sus objetivos. El segundo, que la UE debe actuar cuando no sea posible cumplir el objetivo de forma suficiente a nivel nacional, pero sí a escala de la UE. Aquí algo ha fallado. Me temo que ese algo son los tres factores que determinan el éxito o el fracaso de la gestión: la diligencia, la eficacia y la eficiencia.

¿Por qué han fallado?
No han sido desarrollados mecanismos que permitiesen poner la competencia sanitaria en práctica, mientras que la rigidez burocrática de la UE le ha impedido tomar decisiones ágiles y actuar con la debida rapidez. A diferencia de lo que observábamos antes del COVID-19 –cuando la UE excedía sus competencias entrometiéndose en asuntos domésticos de los Estados miembros–, ahora no ha alcanzado la proporcionalidad que le exigen los tratados. La subsidiariedad, por su parte, hacía falta más que nunca y ha sido ejercida tarde. Si todos los Estados miembros hubiesen esperado a la reacción y, más importante, la acción de la UE como organización, la magnitud de la crisis sanitaria sería aún mayor. Esta parte del examen la ha suspendido.

¿Esta pandemia compromete el futuro de la UE?
Puede que la presente crisis traiga ciertos cambios pero no creo que suponga un punto de inflexión. Servirá más bien de catalizador para las dinámicas ya existentes, sobre todo, para la crisis económica que ya se avecinaba. La recuperación económica será la segunda parte del examen para la UE. ¿Ha aprendido de la crisis de 2008 y los rescates? ¿Ha sido posible ajustar los mecanismos de política monetaria para que las medidas que se toman no beneficien solo a unos y perjudiquen a otros? En este ámbito, la UE dispone de dos competencias exclusivas. La primera es la potestad para establecer las normas que aseguran la libre competencia. En este sentido, la UE sí ha demostrado flexibilidad y ha aprobado las ayudas estatales a empresas para paliar el impacto que la crisis del COVID-19 está teniendo sobre la economía. La segunda, limitada a la zona euro, es la gestión de la deuda. La discusión sobre los llamados coronabonos ha dejado patente que llegar a un acuerdo aceptable para todos será menos fácil.

¿Qué puede dificultar la llegada a acuerdos?
La UE es un proyecto en continua creación y debe constantemente adaptarse a nuevos retos. El problema reside en que esta adaptación una y otra vez ocurre ex post. Lo que debería estar en marcha son mecanismos de gestión de contingencias acompañados de sistemas integrados de alerta temprana, por un lado, y de actitudes socioculturales que permitan aprovecharlo, por el otro. De nada vale el mejor sistema del mundo si sus usuarios no le hacen caso. Aquí me refiero a un elevado grado de arrogancia que se ha podido observar en algunos países y las críticas hacia la supuesta privación de las libertades ciudadanas. A mi modo de ver, es una forma muy errónea de concebir la libertad pues cada derecho va acompañado de deberes y obligaciones y cada libertad de responsabilidad. En las llamadas democracias liberales hay demasiado apego al laissez faire, ‘lo que no está prohibido, está permitido’. Los bonitos eslóganes de tipo ‘lo paramos unidos’ no serán más que eso, eslóganes, si los ciudadanos –no todos, pero demasiados– no dejan de pensar en sí mismos. Como dijo el Papa: “Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”.

¿Es posible una verdadera cooperación europea en la actualidad?
Volviendo a la encrucijada de la UE –Europa federal vs. Comunidades Europeas–, el primer camino resulta utópico, mientras que el segundo parece más pragmático y realista. La ideología europeísta puede resultar muy atractiva pero el caso de la URSS ya ha demostrado qué ocurre si se intenta forzar una identidad. El homo sovieticus fracasó, un homo europeus también fracasaría. Las Comunidades Europeas nacieron después de la Segunda Guerra Mundial como algo mucho más tangible, como fruto de un cálculo según el cual la paz y la cooperación son más rentables y beneficiosos económica, política y socialmente que el conflicto y la guerra. Creo que la validez de este proyecto depende de esa rentabilidad.

¿Cuál es tu propuesta?
Tiene que haber claras sinergias, ser palpable que juntos podemos más que por separado. La coordinación es crucial para que sea así pero no la hubo, ni siquiera a la hora de cerrar las fronteras dentro del espacio Schengen. Los Estados miembros han colaborado entre sí, han mostrado solidaridad, pero cabe suponer que si no fuesen miembros de la UE también lo harían… Un ejemplo es la colaboración con Ucrania que, en el marco de su acercamiento a la Alianza Atlántica, puso a la disposición de los miembros de la OTAN el avión más gran del mundo, Antonov. La principal diferencia entre la OTAN y la UE es que los objetivos de la primera están muy bien definidos, mientras que los de la segunda se han difuminado en los últimos tiempos.

Me gusta mucho la metáfora de una comunidad, nunca mejor dicho, de vecinos, compuesta por viviendas independientes, pero con espacios e instalaciones compartidas. Quizá si comparamos las instituciones europeas a la gestora de la comunidad será más fácil entender cuáles son sus funciones, de acuerdo con los principios de proporcionalidad y subsidiariedad, y cuáles no lo son. Está en el interés de todos los Estados miembros mejorar la UE. Eso sí, si la actual crisis del coronavirus no ayuda a consolidar el modelo de cooperación y coordinación en la UE, no sé qué lo hará…

¿Tenemos algún buen ejemplo de cooperación en la historia de Europa que nos vendría bien recuperar/recordar?
La primera imagen histórica que me viene a la cabeza son las danzas macabras medievales. En una sociedad estratificada por adscripción, con movilidad social muy limitada, las epidemias y la muerte era lo único que unía a absolutamente todos, desde los campesinos hasta los reyes.

La segunda referencia son las órdenes religiosas con carisma asistencial. Pienso, sobre todo, en la Orden de San Juan de Jerusalén –conocida como la Orden de Malta– que, desde los tiempos de las cruzadas hasta la pandemia actual, lleva ayuda a los necesitados y enfermos. Ha sido muy inspirador ver a miembros de muchas congregaciones religiosas, masculinas y femeninas, trabajando muy duro para combatir la pandemia.

La tercera es la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra, al igual que ahora, todos querían volver desesperadamente a la ‘nueva normalidad’. No fue posible para todos pues el telón de acero dividió Europa para las siguientes décadas pero esa voluntad, y con ella el cálculo de rentabilidad, puso los fundamentos de lo que hoy en día es la Unión Europea. Quizás convendría recordar aquellas ideas originales, sobre todo cuando las tendencias actuales hacia el multilateralismo recuerdan demasiado al sistema de seguridad colectiva previo a la guerra que demostró ser totalmente ineficaz. 

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