Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (15). Buriles, pinceles y cinceles al servicio de los navarros ilustres (y III)

21/06/19 Publicado en Diario de Navarra

Si la presencia de memorias de prohombres navarros en lugares públicos fue importante, tal y como vimos en sus monumentos conmemorativos, sus retratos no anduvieron a la zaga, tanto en sus casas solariegas, como en sus fundaciones religiosas y de beneficencia. Más tarde, alcanzaron un lugar preeminente en los salones de las casas de la burguesía, a partir del siglo XIX. El mayor número de los mismos se realizaron en pintura al óleo, aunque no faltaron algunos bustos, dibujos y estampas grabadas.

El retrato como género pictórico había alcanzado su madurez a lo largo del siglo XVI, tanto en su versión más psicológica e íntima, generalmente de pequeño tamaño, como en el denominado de Corte, destinado a la exposición pública, en sus diferentes versiones. En la siguiente centuria, adquirió gran desarrollo en las distintas escuelas europeas, mientras que, en la jerarquía de los géneros de la pintura, ocupó una posición ciertamente ambigua. Por una parte, por ser hechura de Dios, estaría en los primeros puestos, pero por otra, al celebrar al individuo, chocaría con numerosos moralistas que veían en él, una glorificación de la vanidad personal.

Haremos un repaso en los menos conocidos por su dispersión, que son los anteriores a mediados del siglo XIX. A partir de ahí, estudios, monografías y exposiciones ya nos permiten conocer numerosísimos ejemplares.

 

Retratos en fundaciones conventuales y benéficas

Si los escudos nobiliarios de fachadas de hospitales, conventos y otras fundaciones dejaban bien claro ante la sociedad, quiénes habían hecho posible aquellas instituciones, los retratos en el interior de los mismos, en diferentes salas, escaleras o porterías, recordaban a quienes allí vivían, la perpetua memoria y agradecimiento hacia sus promotores. Desde los conventos de Recoletas de Pamplona o Clarisas de Arizcun al salón de visitas del colegio de San Francisco Javier de los jesuitas de Tudela, las representaciones de sus fundadores son fieles evocadores de su historia. No cabe duda de que muchos de ellos se perdieron con la desaparición de conventos y la disolución de patronatos históricos que regían otras tantas fundaciones.

Los fundadores de las Agustinas Recoletas, los marqueses de Montejaso enviaron a Pamplona sendas pinturas de gran tamaño y magnífica factura, obras de Juan Rici (1617). Son, sin duda, los mejores ejemplos del Seiscientos conservados en Navarra, realizados con una técnica apurada y con importante carga de elementos simbólicos. Ambos comparten las características, magistralmente expuestas por Pérez Sánchez, para el retrato clásico español: gravedad, austeridad, contención, apostura, sobriedad, intensidad individual y altivez un tanto rígida, sin olvidar la verosimilitud. El hijo natural del marqués y arcediano de la Cámara de la catedral de Pamplona también cuenta con el suyo en el mismo convento, obra que atribuimos a Felipe Diricksen.

Otro tanto ocurrió con los patronos del convento de Clarisas de Arizcun, don Juan Bautista de Arizcun y doña Manuela Munárriz, marqueses de Murillo (c. 1739). En este caso pintados por Antonio González Ruiz, natural de Corella y con papel destacado en la creación y desarrollo de la Real Academia de San Fernando.

Las Capuchinas de Tudela conservaban en su convento el de don Pedro Conchillos (c. 1670), fundador del beaterio tudelano que se englobó en las Capuchinas de la misma ciudad en 1736, y fabriquero en la colegiata tudelana, en varias ocasiones, a lo largo de tercer cuarto del siglo XVII.

La costumbre de situar a los grandes benefactores en lugares destacados de algunas instituciones ha llegado hasta tiempos recientes. En la sala capitular de la Inclusa de Pamplona, se colocó el retrato del bienhechor y entonces prior de Roncesvalles, Joaquín Javier Úriz y Lasaga. El Ayuntamiento de Pamplona lo ordenó pintar en 1804, siendo su autor Diego Díaz del Valle, en 1805. Un busto del mismo benefactor figuraba en la fachada del edificio, de la misma forma que el obispo Fernández de Piérola en las escuelas de Otiñano.

La sala de visitas del colegio de los Jesuitas de Tudela contaba con dos grandes retratos, realizados a carboncillo, correspondientes a doña Josefa Lecumberri (firmado por Lezaun, 1898) y a don Ramón Velaz de Medrano, marqués de Fontellas, como personas destacadísimas en hacer realidad aquella institución educativa de la capital de la Ribera, establecida en 1891. Asilos, casas de misericordia y otras fundaciones benéficas también contaron con pinturas, grabados o bustos esculpidos de sus mecenas.

    

En las casas nobles

El tema de los retratos nobiliarios en Navarra está por estudiar, sobre todo, por la localización de los mismos. Poco a poco, vamos conociendo algunos ejemplos de desigual calidad e importancia. Los inventarios de bienes suelen describirlos muy someramente, apenas con el título. Su gran tamaño y el contexto en el que han estado no han sido circunstancias que hayan favorecido su conservación. En algunos casos, existió galería de los prohombres de la casa, como la que pintó Diego Díaz del Valle para los marqueses de San Adrián en los últimos años del siglo XVIII, ya desaparecida.

Sin duda que los personajes que conformaron lo que Julio Caro Baroja denominó como “la hora navarra del XVIII” contaron con retratos. Algunos de ellos como los de don Juan de Goyeneche, pintado por Miguel Jacinto Meléndez, los conocemos, pero no todos ellos estuvieron en sus casas navarras. El de don Miguel de Arizcun, obra de Antonio González Ruiz, con toda seguridad, se ubicó en su palacio de Arizcunenea de Elizondo. Recientemente, la profesora Pilar Andueza ha estudiado y publicado con el sugestivo título de “Poniendo rostro a la hora navarra” los de María Antonia Goyeneche Indaburu (c. 1768), nieta de Juan de Goyeneche, el principal protagonista de “la hora navarra”, siguiendo modelos de Mengs y de su hijo, el niño Miguel José de Borda y Goyeneche, realizado en 1770, de menor calidad, pero de gran interés iconográfico.

El Museo de Navarra conserva el sobresaliente de José María Magallón y Armendáriz, marqués de San Adrián, realizado por Goya, sin duda la obra cumbre de los realizados a personajes navarros por su elegancia y calidad técnica. Obra del pintor aragonés, firmada en 1804, destaca por el hermoso paisaje y, sobre todo, por el noble vestido con traje de montar, empuñando la fusta con arrogante displicencia. El genial pintor también retrató a otros personajes de origen navarro como los de Juan Martín de Goicoechea, natural de Bacaicoa (1790), el baztanés Miguel de Múzquiz y Goyeneche (1783), el de Francisco Javier Larumbe, con origen familiar en Lumbier (1787) y el del estellés José Luis Munárriz (1815).

 

El retrato episcopal y de religiosos

No contó Pamplona con una gran galería episcopal a la manera de las de Tarazona, Zaragoza o Burgos. El primer retrato ubicado en el palacio episcopal fue el de don Francisco Añoa y Busto, más tarde arzobispo de Zaragoza, seguramente por haberse terminado la construcción del edificio en su pontificado. El obispo don Gaspar de Miranda y Argaiz fue retratado en varias ocasiones, pero no quedó ejemplar alguno en la capital navarra. En su casa natal de Calahorra y en la parroquia de San Andrés de la misma ciudad se pueden contemplar varios, de cuerpo entero, del prelado. Conocemos asimismo el de Irigoyen y Dutari y el de Úriz y Lasaga (Diego Díaz del Valle, 1817), de sus casas nativas. En la catedral de Pamplona se pueden ver los de Andriani (Vicente López, c. 1848), Úriz y Labairu (c.1865), Oliver y Hurtado (E. Carceller, c. 1880), Ruiz Cabal (E. Zubiri, 1889), López y Mendoza (García Asarta, 1908), incluso el seiscentista de Prudencio de Sandoval, adquirido por el cabildo en 2002. El del primer obispo de la diócesis de Tudela, don Francisco Ramón Larumbe, obra Diego Díaz del Valle en 1797, un año después de su muerte, se encuentra en la sacristía de la catedral de la capital de la Ribera.

Sin embargo, sí se conservan en la Comunidad Foral retratos de obispos navarros que estuvieron al frente de obispados en la península y en tierras americanas. Era otra forma de que la tierra natal estuviese presente en lugares situados a cientos y miles de kilómetros de los lugares en donde nacieron. Algunos, como el arzobispo de México don José Pérez de Lanciego o el obispo don Martín de Elizacoechea de Azpilcueta, remitieron los suyos desde Nueva España para sus pueblos, en algunos casos duplicados o triplicados, con destinos múltiples. En el palacio de Muruzábal se conservaba el del hijo de la casa y obispo de Calahorra don Juan Juaniz de Echálaz. Se conocen también los de otros navarros que ocuparon otras sillas episcopales en España o Ultramar. En sus correspondientes inscripciones, siempre se hace notar su origen.

En cuanto a canónigos, destacaremos tres de otras tantas épocas, el del arcediano de Calahorra y navarro Juan Miguel Mortela, obra del segundo tercio del siglo XVIII, el de Secundino Vitriain (I. García Asarta, 1908) y el de Carlos Lorea (J. M. Ascunce). El primero de ellos se conserva en la catedral de Pamplona y presenta al gran mecenas de las artes y coleccionista que fue Mortela, que llegó a tener pinturas de Escalante, Rafael, Ribera, Cotto, Maratta, Murillo y Palomino.

Algunos conventos masculinos y femeninos debieron contar, sin duda, con las representaciones de sus fundadores. Los procesos de supresión de conventos y monasterios en el primer tercio del siglo XIX y la definitiva desamortización de Mendizábal, tan funesta desde el punto de vista del patrimonio cultural, acabaría con este tipo de piezas. Se conservan los retratos de religiosas célebres por su virtud y santidad, entre los que destacan los de la Venerable Catalina de Cristo en San José y los Descalzos de Pamplona, así como los de algunas fundadoras como el de la Madre Constanza de San Pablo de Recoletas de Pamplona o el de sor Lucía Margarita Aguilera y Cerro en las Capuchinas de Tudela. Fuera de Navarra, en el colegio de la Isla de San Fernando, de la Compañía de María se guarda el de la madre Petronila de Aperregui (1788), tudelana y fundadora de aquella casa andaluza.

El Carmen de Sangüesa contaba con el de fray Raimundo Lumbier, el de Pamplona con el de fray Santiago Huarte y Lubián, provincial de los Carmelitas Calzados de Aragón. Ambos se conservan en Sangüesa y los Carmelitas Descalzos de Pamplona, respectivamente. Mayor suerte tuvieron los que gozaron de fama de santidad, como el del puentesino fray Vicente Bernedo, con una pintura en Santiago de Puente la Reina y estampa calcográfica o el del hermano Juan de Jesús San Joaquín, cuyas imágenes se conservan el Recoletas y los Carmelitas Descalzos de Pamplona, habiendo contado también con un ejemplar grabado.

A la catedral de Pamplona llegó, seguramente a través de un sobrino suyo, el del jesuita Miguel de Sagardoy (Villanueva de Aézcoa, 1679 - Salamanca, 1760) en un lienzo, por cierto, acuchillado con saña, en donde aparece con sus libros que aluden a su labor intelectual y se acompaña de una larga inscripción que lo glosa y comienza destacando su origen: “Te Navarra dedit terris, Salamantica caelo”.

No estará de más recordar, para terminar con estas líneas dedicadas al retrato de hombres de Iglesia, la aversión a dejarse pintar por parte de destacadísimos religiosos de los siglos de la Edad Moderna, como fray Luis de Granada, San Francisco de Sales, Santa Teresa, la Madre Ágreda o el virrey Palafox.

    

La burguesía y las profesiones liberales a partir del siglo XIX

La hora de la burguesía llegó con el triunfo del liberalismo. Médicos, industriales, hombres de la judicatura y la enseñanza o la milicia se hicieron pintar con el objetivo de colgar aquellos cuadros en los salones de sus elegantes casas. El poder económico y político había pasado de manos de la nobleza a una burguesía, en el caso de Navarra no muy potente, pero lo suficientemente importante como para acometer aquellos encargos que acarreaban prestancia social. Los retratos suelen ser de menor tamaño que los de los siglos anteriores, aptos para colocar en las mansiones de las nuevas clases sociales emergentes. Los personajes que ostentaron condecoraciones propias del derecho premial, las lucen sobre sus uniformes o trajes y el utillaje de su profesión suele aparecer junto a los médicos, mientras los libros, por lo general sin los grandes anaqueles de siglos pasados, se filian con la labor intelectual de otros.

Desde mediados del siglo XIX, los pintores establecidos en Pamplona o Tudela recibieron encargos para las clases más pudientes, si bien estas últimas se decantaron por realizar sus encargos a Zaragoza, Madrid, Barcelona y otras ciudades. Los ejemplos son abundantísimos y responden a las tendencias artísticas de cada momento. Estudios de I. Urricelqui, J. Zubiaur, C. Alegría, J. M. Muruzábal o P. Fernández, entre otros, nos sitúan ante las obras de este género de los grandes pintores navarros. Naturalmente, una gran mayoría de ellos se debieron a la iniciativa de la clientela particular. No desdeñaron el retrato ninguno de los pintores navarros o establecidos en Navarra, como Carceller, Asenjo, Zubiri, Ciga, Ascunce, Basiano, García-Asarta, N. Esparza o Muñoz Sola, entre otros. Monografías y catálogos de exposiciones han puesto de manifiesto el gran número de obras de este tipo de los siglos XIX y, sobre todo, XX, cada uno con su propia gramática formal y tendencia. Por las características del género, casi todos los artistas pusieron sus toques de maestría en todos ellos y sus detalles, intentando definir a los representados con sus rasgos físicos y psíquicos.

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