Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (13). Buriles, pinceles y cinceles al servicio de los navarros ilustres (I)

17/05/19 Publicado en Diario de Navarra

Aquellos navarros que destacaron por el cultivo de las letras, sus dotes de gobierno, las armas o su virtud, contaron con retratos evocadores de su memoria, que los perpetuaban como auténticos exempla ante sus vecinos en lugares públicos. El arte funerario es buen testigo desde tiempos medievales. En algunos casos, fundamentalmente los pertenecientes a órdenes religiosas, su imagen se multiplicó en estampas grabadas, gracias a planchas calcográficas abiertas, incluso en los Países Bajos o Roma. Para el consumo interno, sus retratos pintados se colocaron en ayuntamientos a partir del siglo XVIII. En el siglo XX dieron un salto, cualitativo y cuantitativo, para integrarse en el paisaje urbano, de la mano de la plástica, con su presencia en los monumentos conmemorativos.

Dejamos fuera de estos párrafos a los grandes retratos de fundadores de algunos conventos, como Recoletas de Pamplona o Clarisas de Arizcun, por haber estado siempre fuera de las miradas del público, con una visión reservada sólo a las religiosas de aquellas instituciones. Por la misma razón, no trataremos de virreyes, nobles y hombres de Estado que contaron con retratos en sus casas familiares, pero sin trascendencia pública, por haber estado colgados en ámbitos privados del espacio doméstico. Todo lo referente a las imágenes pintadas o esculpidas de los santos navarros, visibles sobre todo en los templos, quedan asimismo para otra ocasión.

Como premisa, no estará de más, recordar que el retrato en siglos pasados, estuvo reservado a quienes por su saber y virtud podían convertirse en modelos a seguir, aunque como género hay que considerar también el gran número de retratos que encontramos en la miniatura y pintura religiosa, en este último caso, bien sea como donantes, como figurantes o “ritratti in assistenza”, e incluso como “retratos a lo divino”, de personas con atributos de santos, destinados al ámbito familiar. Como género, el retrato se desarrolló especialmente, a partir de la época renacentista, cuando el antropocentrismo propició la secularización de las artes.

 

Estampas y retratos: de los buriles a las litografías

Destacados nobles, escritores y prohombres de Iglesia y Estado merecieron pasar a los buriles en los siglos XVII y XVIII, generalmente acompañando sus biografías o libros de su autoría, pero también en estampaciones sueltas. Recordemos, a modo de ejemplo, algunas estampas calcográficas. La de fray Raimundo Lumbier, carmelita de Sangüesa y calificador del Santo Oficio (1616-1684) fue realizada por Ricard Collin en Bruselas, y sirvió de modelo a algunas pinturas desde comienzos del siglo XVIII. La vida del hermano fray Juan de Jesús San Joaquín (1590-1669), carmelita descalzo con una vida rodeada de todo tipo de sucesos admirables, se popularizó con su biografía impresa en 1684. Para acompañar la edición pamplonesa de la misma de 1753, fray José de San Juan de la Cruz, hábil en el manejo de los buriles, hizo una plancha, con la que se tiraron también estampas sueltas.

El dominico fray Vicente Bernedo (1562-1619), apóstol de Charcas y natural de Puente la Reina contó con una biografía escrita por José Pérez de Beramendi (Pamplona, Pedro José Ezquerro, 1750), ilustrada con su retrato realizado por el platero Manuel Beramendi, que también se tiró como estampa suelta. La figura, de busto, con el hábito de su orden, se acompaña con los escudos de Puente la Reina, Navarra, los dominicos y de su apellido. El retórico título de la biografía alude directamente a su origen, ya que comienza con este texto: Tessoro escondido de el nobilissimo Reyno de Navarra. A mayor abundamiento de identidad, se acompaña también de un grabado del escudo de Puente la Reina a toda página, con corona real, leones a los lados y cuernos de la abundancia en la parte inferior, realizado por el platero José Ezpetillo.

Entre los de los jesuitas navarros destacaremos por su proyección, un par. El Padre Pedro de Calatayud (1689-1773), jesuita de Tafalla, gran predicador y apóstol de la devoción al Corazón de Jesús fue representado en su labor apostólica con el Crucifijo en la mano, dogal al cuello, la corona de espinas sobre la cabeza, haciéndose constar que era natural de Tafalla. El Padre Francisco Javier Idiáquez (1711-1790), gran humanista y con altos puestos de responsabilidad en la Compañía de Jesús, cuenta con otro retrato calcográfico anónimo, que lo presenta como escritor e intelectual, ante los anaqueles de su biblioteca.

Sin embargo, el hijo de Navarra que más retratos grabados e incluso pinturas tuvo fue el obispo virrey don Juan de Palafox (1600-1659), si bien es cierto que las circunstancias de su nacimiento hicieron ocultarlo en muchas ocasiones, pero no en todas, ya que pinturas y estampas hacen notar su venida al mundo en Fitero.

A fines del siglo XVIII e imitando algunos proyectos franceses se acometió la serie de Retratos de Españoles Ilustres que constituyó una de las mejores colecciones de la Calcografía Nacional en la España de la Ilustración. Fue en 1788, cuando la Secretaría de Estado proyectó su realización, bajo los auspicios del conde de Floridablanca. Tras los preceptivos informes, se decidió pagar 400 reales por cada dibujo y 3.000 por la plancha para su estampación. El objetivo de la serie, en la que se puso gran entusiasmo, fue dar a conocer, fundamentalmente en el extranjero, a los grandes personajes españoles. Junto a los retratos propiamente dichos, se confeccionaron unos sumarios o epítomes, a manera de pequeñas biografías, que se encargaron a varios sujetos de instrucción y letras. En esa colección aparecieron los retratos de los navarros Martín de Azpilcueta en 1792 (grabado de Manuel Salvador Carmona por dibujo de Buenaventura Salesa); Bartolomé de Carranza en 1795 (grabado de Juan Barcelón, por dibujo de José Maea); Rodrigo Ximénez de Rada en 1797 (grabado de Mariano Brandi, por dibujo de José Maea). En la misma serie, a Pedro Navarro (1797, grabado de Juan Brunetti, por dibujo de José Maea) se le adjudica nacimiento en Cantabria y a Juan de Palafox (1792, grabado de Mariano Brandi, por dibujo de José Maea) en Aragón.

Respecto a las litografías decimonónicas, el Archivo General de Navarra guarda un notabilísimo número de ellas pertenecientes a destacados prohombres navarros, singularmente políticos y militares. Los tiempos habían cambiado y la preponderancia de religiosos dio paso a los de otros grupos sociales. Entre ellas destacaremos varias de la Galería militar contemporánea de 1846 (Francisco Espoz y Mina, Tomás de Zumalacárregui, Joaquín Elío) y del Estado Mayor del Ejército de 1851-1860 (tenientes generales Martín José de Iriarte, natural de Urriza y Francisco Javier Ezpeleta de Pamplona y el mariscal de campo Ignacio Gurrea, natural de Ujué, entre otros). Estampas litográficas de los músicos Hilarión Eslava y Emilio Arrieta corrieron por las imprentas y los semanarios ilustrados, en el último tercio del siglo XIX. En muchos casos se hacía alusión a su condición de navarros.

 

En el Palacio foral

El salón del trono y la fachada del palacio de Navarra exponen en sus medallones esculpidos sendos conjuntos de hombres que sobresalieron por distintos conceptos. En el salón regio (1861-1865) junto a los monarcas navarros y algunos hechos legendarios e históricos de los mismos, se dio cabida a prohombres destacados. Aquéllos que se habían distinguido en la administración, la santidad, la ejemplaridad, el derecho o las artes, también tuvieron su cabida en forma de bustos. En este caso, la cronología abarca los siglos del Antiguo Régimen y se combinan viejos y nuevos modelos de santidad (san Fermín y san Francisco Javier), la ejemplaridad (obispo Joaquín Javier Úriz con su proyecto de beneficencia), la defensa del reino (mariscal don Pedro de Navarra), los artistas (Martín Pérez de Estella y Miguel de Anchieta), los historiadores (Príncipe de Viana y P. Moret), y jurisconsultos (cardenal Zalba y el doctor Navarro). Con su presencia se recordaba que Navarra había sido un cuerpo compuesto o corporativo, en el que el rey era el corazón y la cabeza, y los vasallos quienes lo defendían, preservaban y mantenían.

La fachada, en la que estuvo hasta hace unos años el Archivo General de Navarra, se realizó con proyecto de Florencio de Ansoleaga en 1898. Sus medallones corresponden a los siguientes personajes ligados a la historia de Navarra: Juan de Jaso, José Moret, Juan de Sada, Ximénez de Rada, Martín de Azpilcueta, Jerónimo de Arbolancha, Fray Diego de Estella y el primer Príncipe de Viana.

En el interior del palacio se conservan algunos retratos, entre ellos una galería con los presidentes de la institución. Mencionaremos el de don Tiburcio Redín (1597-1651), valeroso militar y marino. Se trata de una copia de un original del Museo del Prado, atribuido a fray Juan Rizi, que firma Rosa Iribarren, la primera mujer pensionada por la Diputación Foral de Navarra para estudiar en Madrid, entre 1924 y 1926, de la que conocemos otras copias de famosos cuadros del Prado y producción de creación personal.

 

En los Ayuntamientos

Si un espacio ad hoc había para rendir reconocimiento a los prohombres en villas y ciudades, ese era el de las Casas Consistoriales.  A los vítores con los nombres de los hijos ilustres de sus fachadas de los siglos del Barroco, les tomarían el relevo desde fines del siglo XVIII y muy particularmente en las centurias siguientes, los retratos pintados y en grandes fotografías de los sobresalientes hijos. En una etapa posterior, ya en el siglo XX, lo harían también el monumento público, de la mano de las artes plásticas.

En muchas ocasiones aquellos cuadros estaban en los mismísimos salones de sesiones, como lugar más importante y emblemático del poder municipal. Los retratos venían a ser algo así como una exaltación de la virtus de los notables que habían destacado en las letras, el derecho o el servicio al Estado o la Iglesia, un verdadero speculum republicae que reflejaba a los exempla en los que mirarse para imitar su esfuerzo, trabajo, laboriosidad y constancia para alcanzar el triunfo en sus distintas carreras como militares, docentes, eclesiásticos, gobernantes o universitarios.

El Ayuntamiento de Sangüesa conserva los de varios hijos de la ciudad. El del carmelita fray Raimundo Lumbier, conocido por sus contemporáneos como “Fénix de los Ingenios, Maestro Universal del Orbe y merecedor de la Suprema Tiara”, en un retrato de cuerpo entero. El de don Fermín de Lubián (1690-1770), prior de la catedral desde 1746, hombre diligente, cultísimo y gran conocedor de la historia, es obra realizada hacia 1770.

El consistorio pamplonés posee, entre otros, los retratos de Carlos III el Noble de Enrique Zubiri (1923), y Julián Gayarre y de Hilarión Eslava de Salustiano Asenjo (1883 y 1884). En cuanto a Sarasate, cuenta con retratos del citado Asenjo (1883) y de José Llaneces (1894 y 1901) estudiados por J. L. Molins e I. Urricelqui. Su imagen saltó también al cartel de fiestas de San Fermín de 1901 y 1908 y a los programas de mano de 1889 y 1893.

En el salón de plenos del Ayuntamiento de Corella figuran los retratos del ministro y presidente del Tribunal Supremo Eduardo Alonso Colmenares (1822-1888) y del también ministro Francisco de Paula Escudero (1764-1831). Ambos están fechados en 1925 y son obra del pintor Marcelino García, copiando originales de época. En una fotografía que nos proporciona Ramón Villanueva, se pueden identificar otros dos retratos que colgaban en el salón de plenos en 1931, a saber, el ministro liberal José Alonso Ruiz de Conejares (1781-1855) y Fermín Arteta (1796-1880), militar y político. En este último caso, se trataba de una copia del original de Esquivel, conservado en la colección Arrese.

En el de Estella, no falta junto a un excelente conjunto de retratos reales, el de fray Diego de Estella, obra de Javier Ciga (1924), mientras que en el de Tudela están los de fray José Vicente Díaz Bravo, de la segunda mitad del siglo XVIII, José Yanguas y Miranda, obra de César Muñoz Sola y de José María Méndez Vigo, hijo adoptivo desde 1915, obra de Nicolás Esparza. También se conserva en Tudela un lienzo de Miguel Sanz Benito de 1838, realizado por encargo del ayuntamiento, con los nombres de los bienhechores de la ciudad que se acompaña de símbolos y atributos de las letras, las artes y la abundancia. En el de Fitero coparon puestos de honor las fotografías de los obispos Miguel de los Santos Díaz y Gómara (1920) y José María García Lahiguera (1949).

En el de Puente la Reina se guarda el del carmelita descalzo fray Domingo de San José -Arbizu y Munárriz- (1799-1870), general de su orden que visitó su localidad natal, en honor de multitudes, en 1868. Refiere A. Santesteban en la monografía del carmelita que, tras su fallecimiento, se abrió una suscripción popular para adquirir dos copias de su retrato que había en la Ciudad Eterna, pintado por un hermano lego de la orden que había obtenido el primer premio en una exposición romana. Una de las copias era para el salón de plenos municipal y otra para la sacristía de la parroquia de Santiago, en donde se colocaría junto a los retratos de Ximénez de Rada y Vicente Bernedo. Desde Roma enviaron presupuestos -el de cuerpo entero 50 duros y el de busto largo 25 duros-, pero el deseo no se hizo realidad hasta 1894, en que falleció el compositor Domingo Arrieta, emparentado con el P. Domingo, con cuya ocasión, la alcaldía aprovechó para rendir homenaje a los dos.

La Casa del Valle de Roncal, inaugurada en 1956 se vio enriquecida en su salón de plenos por un conjunto de retratos de los hijos ilustres del Valle: Julián Gayarre, Pedro Navarro, Pedro Vicente Gambra, Cipriano Barace y Gregorio Cruchaga. Según datos que, amablemente, nos proporciona José Ignacio Riezu, todos ellos fueron realizados por Juan Antonio Escartín Bescós, pintor establecido en Madrid, por 35.550 pesetas, en 1963.

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