No es común que un médico pueda hacer un homenaje a uno de sus pacientes. He de decir que es un honor para mí y un motivo de agradecimiento poder hacerlo en esta ocasión. Quiero también con mis palabras transmitir el agradecimiento de muchas otras personas que trataron y cuidaron de Don Javier durante todos estos años.

 

Don Javier como paciente

La Clínica inició su andadura hace ya más de 55 años, impulsada por el Fundador de la Universidad, san Josemaría Escrivá de Balaguer, posteriormente por el beato Álvaro del Portillo, y, desde 1994, por don Javier Echevarría como Gran Canciller de la Universidad de Navarra.

Durante todo este tiempo, las visitas de don Javier a la Clínica fueron muchas: para acompañar enfermos, para apoyar a las personas que trabajaban allí, abriendo horizontes, señalando lo importante. También acudió como paciente. Don Javier se sentía en la Clínica como en su casa, y agradecía de corazón todos los cuidados recibidos.

Por mi parte, mis primeros encuentros inicialmente fueron como los de tantas otras personas de la Clínica, encuentros casuales en un pasillo, en momentos en que don Javier visitaba enfermos o iba de un sitio a otro.

El trato siempre era cercano y cordial y, muy frecuentemente, con algún detalle de humor. Don Javier se interesaba por tu mundo aunque coincidiera solo unos segundos. Tenía una memoria notable, y era capaz de recordar aquello que las personas le habían contado en otro momento.

En muchas ocasiones, don Javier manifestó su predilección por el personal de Enfermería y por la Administración. Era común que don Javier dedicara expresamente un tiempo a las personas de la Administración y servicio de Dietas de la Clínica.

En el último periodo y, con motivo de su enfermedad, tuve la ocasión de atenderle con más frecuencia. Como paciente, me gustaría destacar su sencillez, docilidad y agradecimiento.

Lo vimos sufrir y comportarse como un paciente más: tenía interés en conocer lo que convenía hacer o no, cuáles serían sus limitaciones, sus expectativas, e incluso en algún momento trataría de reducir sus medicaciones.

Prestaba la atención necesaria a su salud y se dejaba hacer, con una actitud de plena disponibilidad y obediencia.

Fue sorprendente para mí como consiguió no preocupar a otras personas, cuando las manifestaciones de la enfermedad podían hacerse más evidentes.

Al mismo tiempo, su limitación, progresivamente creciente, no fue obstáculo para que asistiera a la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, pocos meses antes de su muerte.

En agosto de 2016, y antes de partir para Torreciudad, don Javier quiso despedirse personalmente de quienes le habíamos tratado en la Clínica, sin saber, claro, que aquella sería su última visita.

El 4 de septiembre me invitaron a las ordenaciones sacerdotales que tuvieron lugar en el santuario de Torreciudad. Don Javier quería subir solemnemente las escaleras que conducían al Altar, y así lo hizo.

Durante la Misa, cantó (para mi sorpresa) varias oraciones del Canon, algunas largas, (que a mí se me hicieron larguísimas). Todo fue muy bien.

Era consciente de la solemnidad que requería el momento y aquellos hijos suyos. Por todo esto, pienso que en la persona de don Javier se podía palpar un claro sentido de misión y de servicio, vivido con gran generosidad.

En don Javier se hacía notar también su enorme fe. No perdía ocasión de hablar de Dios o de ofrecer sus oraciones por las personas. De su amor a la Eucaristía ha dejado buenas muestras en su obra escrita. Desde luego, no era un conocimiento solo teórico. Un ejemplo, entre tantos: estando ingresado y con una intervención reciente, no dudó en salir al pasillo y arrodillarse ante el Santísimo que pasaba con motivo de la procesión del Corpus Christi.

 

Don Javier y la Clínica

En esta última parte de mi intervención, me referiré a su tarea de gobierno en la Clínica. Don Javier quiso alentar nuestro trabajo durante todos estos años con el espíritu que su Fundador había querido para la Universidad. En una entrevista en el año 2000, manifestaba estos aspectos: visión de conjunto, conciencia de la propia misión de servicio, primacía de la persona, espíritu innovador, administración serena del tiempo. Esos son, entre otros, los rasgos que la Universidad debe conservar, a mi juicio, para seguir siendo protagonista del progreso.[1]

Se reunió en diversas ocasiones con las personas de Dirección de la Clínica y con los directores de departamento. Veía en la Clínica lo que el Fundador de la Obra, san Josemaría Escrivá de Balaguer, había querido que fuera: según sus propias palabras, una gran fábrica de ciencia y de santidad

Insistió en la necesidad de la unidad, del trabajo y la dedicación a los pacientes y sus familiares. En la formación de las personas, expresaba esta misma convicción: “No basta enseñar a producir, a rendir, a ganar, lo que importa de verdad es aprender a vivir rectamente”[2].

Durante la Misa celebrada con motivo de los 50 años de la Clínica, don Javier dedicó la homilía a la caridad cristiana en la atención a los enfermos, destacando la predilección a esta tarea que tanto practicó san Josemaría Escrivá de Balaguer. Señalaba como fin de esta institución: la superación diaria, el alivio del sufrimiento de los enfermos y la elevación de su trabajo en ofrenda a Dios. “Atender a los enfermos con caridad cristiana y ofrecerles los remedios a su alcance ha sido siempre una característica distintiva de los discípulos de Jesucristo” [3] .

Las personas que trabajamos hoy en la Clínica y en la Universidad hemos recibido un gran legado, de quienes la iniciaron e impulsaron, y de aquellas personas que hicieron posible lo imposible, con su trabajo, dedicación y visión, de quienes pusieron las primeras piedras, y también las segundas, dando continuidad al deseo de su fundador, y siendo muy conscientes de la trascendencia de esta tarea.

En la homilía antes citada, don Javier recordaba aquellas palabras de Benedicto XVI: “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre”[4]. Y señalaba: “El cuidado de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, la dignidad del enfermo, el valor del sufrimiento  -llevado cristianamente- (…) son puntos neurálgicos en la configuración de una comunidad”[5].

Este legado da sentido a nuestro quehacer diario en la asistencia y en la investigación, y nos compromete además a una importante obligación: “transmitir a los futuros médicos y profesionales de la salud una excelente formación académica y científica, centrada en la atención al paciente, al enfermo”[6].

Ahora la Clínica y la propia Universidad empiezan una nueva etapa con su sede en Madrid. Son nuevos retos los que se plantean: llegar a más y llegar mejor, conservando genuino el espíritu que se nos ha transmitido.

Pienso que don Javier nos mirará y nos continuará apoyando, impulsando y guiando desde el Cielo.

 

19/01/2018
Acto homenaje en memoria de Javier Echevarría,
Gran Canciller de la Universidad (1994-2016)

 

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[1] Entrevista de Fernando López Pan y Miguel Ángel Jimeno. Nuestro Tiempo, Pamplona (España), enero-febrero de 2000.

[2] Entrevista de Fernando López Pan y Miguel Ángel Jimeno. Nuestro Tiempo, Pamplona (España), enero-febrero de 2000.

[4] Benedicto XVI. Encíclica Spe Salvi, 38. 30 de noviembre de 2007.