5 de marzo de 2014

Ciclo de conferencias

LA PAMPLONA CONVENTUAL

"Orare et docere". Las funciones conventuales en Pamplona en los siglos XIX y XX

D. José Javier Azanza López.
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

 

En Navarra entera, y en especial en Pamplona, tuvo especial fuerza la gran religiosidad que caracteriza el último tercio del siglo XIX durante el reinado de Alfonso XII, quien volvió a dar a la Iglesia un papel preponderante, poniendo fin a la etapa de derribos llevada a cabo tras la desamortización y la revolución de 1868. 

Como consecuencia, hubo un enorme desarrollo de la arquitectura religiosa, de manera que en las dos últimas décadas del siglo XIX y primera del XX se construyeron numerosos conventos en Pamplona. Podemos afirmar que la capital vive ahora de nuevo una auténtica “fiebre conventual” como la de las primeras décadas del siglo XVII, aunque evidentemente, las circunstancias sociales, económicas y de pensamiento son diferentes.

Para esta arquitectura se buscaron formas que representasen adecuadamente este neo-catolicismo; y el repertorio medieval, fundamentalmente el románico y el gótico, resultó el más idóneo. Los principales protagonistas de este auge neomedievalista en la arquitectura conventual pamplonesa son Florencio Ansoleaga y Julián Arteaga, arquitectos titulados en 1872 en la Escuela de Madrid, donde coincidieron con personalidades tan importantes de la arquitectura neomedievalista española como el Marqués de Cubas o Ricardo Velázquez Bosco. Ambos se mostraron básicamente adictos a dos lenguajes: el románico para los exteriores, y el gótico para los interiores. En ningún caso se trata de conventos de gran envergadura, al estilo de los que se levantaron en aquella época en Madrid, Barcelona u otras ciudades. Sin embargo, la importancia reside a nuestro entender en el número de obras levantadas, las cuales a pesar de su modestia logran plasmar en la capital pamplonesa un estilo muy peculiar y representativo de la época.
 

Florencio Ansoleaga. Carmelitas Descalzas de San José (1899)
 

En este período se construyeron media docena de conventos en Pamplona, buena parte de ellos en el interior de la ciudad, ocupando antiguas casas y solares de la trama medieval. Dentro del urbanismo de la ciudad, los nuevos conventos surgidos en el siglo XIX quedan más o menos alineados con las calles entre las que se ubican, respetando el trazado urbano existente. En general, estas casas se construyen sobre amplios solares que anteriormente estaban ocupados por varias casas, que se refundieron para conseguir las dimensiones deseables para la vida de una comunidad. Esto propicia que su trazado sea siempre irregular, si bien su organización en torno a un claustro los dota de cierta regularidad. Junto al claustro, la iglesia es el espacio concebido con más riqueza. Sus fachadas son suntuosas, de manera que en todo momento quedan diferenciadas del resto del conjunto conventual. Tienden al neorrománico con arcos de medio punto, puertas abocinadas, y arquillos ciegos de origen lombardo; sin embargo, cada una, aunque sigue estas normas generales, tiene su propio carácter que la define. Así queda de manifiesto en las Carmelitas Descalzas de San José, el convento de la Visitación de las Salesas, las Siervas de María, o el Asilo de las Josefinas.


Víctor Eusa. Colegio San Miguel de Escolapios (1926-28)


Ya en la primera mitad del siglo XX, y paralelamente a la ordenación del II Ensanche, se fueron reservando terrenos para dotaciones religiosas, parroquias y conventos. De esta manera, las órdenes religiosas fueron importantes fuentes de encargos para Víctor Eusa, en cuyos edificios contempla la doble función conventual y escolar. Ejemplos son el Colegio de María Inmaculada, el Colegio de San Miguel de Escolapios, el Convento de la Milagrosa de Padres Paúles, y el Colegio de Santa María la Real de Maristas. Pese a que en su ejecución puede variar el lenguaje arquitectónico o el empleo de diferentes materiales, en todos ellos encontramos como constantes su sentido de la simetría en la organización de la planta y el concepto de monumentalidad con respecto al entorno urbano.

Otras edificaciones conventuales que pueden citarse en el Segundo Ensanche pamplonés son el Convento de San Antonio de Capuchinos (proyecto del arquitecto Francisco Garraus), y el Colegio de San Ignacio de Jesuitas (Luis Felipe de Gaztelu), cuya arquitectura conecta con la tradición conventual española. Fuera de este ámbito urbano, presentan interés el Convento de Oblatas del Santísimo Redentor, en el que el arquitecto Eugenio Arraiza manifiesta su énfasis por la monumentalidad y por las formas de la arquitectura de los Austrias del siglo XVII, sin dejar de lado influencias orientalizantes, y el desaparecido Convento de carmelitas descalzas misioneras de Pío XII, del propio arquitecto Garraus.


Víctor Eusa. Colegio Santa María la Real de Maristas (1955)

Luis Felipe de Gaztelu. Colegio San Ignacio de Jesuitas (1949)

Eugenio Arraiza. Convento de Oblatas (1945 y 1953)
 

La modernidad de la arquitectura conventual llega a Navarra de la mano del Colegio del Santo Ángel, proyectado en 1957 por el arquitecto madrileño Juan Gómez, en el que la acertada relación entre los diversos volúmenes constituye el principal atractivo del edificio; y, principalmente, del nuevo Convento de Agustinas de San Pedro, cuyo proyecto elaboró Fernando Redón en 1967, obra en la que se funden lo tradicional y lo culto a través del material y de la estructura tipológica del conjunto, con una interpretación contemporánea del pasado. 
 

Fernando Redón. Convento de Agustinas de San Pedro (1967)