21 de marzo de 2013

Conferencias

CICLO DE SEMANA SANTA

La Pasión dramatizada
Ternura y lágrimas. Pasos procesionales de Salzillo

D. Cristóbal Belda Navarro.
Universidad de Murcia

 

La pasión dramatizada y Ternura y lágrimas. Los pasos procesionales de Francisco Salzillo constituyeron el núcleo de dos intervenciones programadas en los días previos a la Semana Santa por la Cátedra de Patrimonio y Arte navarro con el deseo de mostrar los componentes escénicos de una manifestaciones artísticas peculiares y propias del arte y la religiosidad colectiva heredadas del mundo barroco y la forma con que tal ciclo quedó cerrado en el siglo XVIII por la obra del escultor Francisco Salzillo. Ambas conferencias quedaron a cargo del prof. Cristóbal Belda Navarro, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Murcia.

La pasión dramatizada inició el recorrido por los principales componentes de un arte dotado de grandes posibilidades escénicas. Tanto la composición de grupos procesionales como la realización de imágenes con destino a unos escenarios en continuo cambio y movimiento fueron creaciones originales del arte español que, en palabras de V. L. Tapié, constituyeron, junto a otras geniales aportaciones al pensamiento y a la espiritualidad del seiscientos, una de sus más sólidas contribuciones al panorama barroco europeo de su tiempo.

La singularidad de la imagen en movimiento ya sugiere por sí misma su propia naturaleza escénica tanto por su propia expresividad, germen de actitudes fisiognómicas resueltas a destacar el valor de la puesta en escena y del gesto como elemento comunicador.

La relación entre obra de arte y teatro es una vieja cuestión, afortunadamente tratada por una abundante bibliografía. La literatura popular, el drama hagiográfico, la Leyenda Dorada, la oratoria sagrada o los carros alegóricos del Corpus, fueron el germen orientador de esos teatros inanimados que recorrían las ciudades en medio de aclamaciones y demostraciones penitenciales que aprovecharon sabiamente el mensaje dinámico del teatro.

En esos juegos de expresiones el arte ocupó un lugar fundamental. La emotividad barroca, profundamente teatral, intensificó los mensajes, destacó la fantasía de lo profano y del o sagrado, las pasiones del alma y, en general, valores tan decisivos como el de la indumentaria, la articulación de la imagen, la policromía, la visibilidad y la armonía, las composiciones arriesgadas, los puntos de vista cambiantes y la potencia de la emoción como premisa imprescindible para el acercamiento a una realidad dramatizada. Los actores de aquel dramatis personae llevaban implícita su propia naturaleza teatral en la gestualidad convertida en manos de nuestros escultores en un recurso imprescindible para mostrar los estados del alma y sus comportamientos individuales y sociales.

Nicolás de Bussy. Diablesa

Nicolás de Bussy. Diablesa
Museo Diocesano de Arte Sacro. Orihuela (Alicante)

 

Con la expresión ternura y lágrimas se expresaron los contempladores de la semana santa murciana del siglo XVIII al ver pasar por su ciudad cada viernes santo los grupos procesionales realizados por Francisco Salzillo. Tal cortejo, uno de los más brillantes de su siglo, fue la culminación de centenarias experiencias llevadas a cabo por un importante número de maestros del siglo XVII, creadores de los secretos de un arte brillantemente cerrado por Salzillo cuando los aires de la Ilustración invocaban otras formas de piedad y de expresión religiosa muy alejadas del oropel barroco.

Desde 1752 Salzillo tuvo que emprender la aventura de esculpir diversos grupos procesionales. La principal cofradía destinataria, la de Jesús en Murcia, conocía desde los albores del siglo un período de esplendor propiciado por una brillante gestión que reformó su estructura originaria, consolidó sus fuentes de ingresos y reguló de forma estable los diferentes estamentos que la componían, ahora abiertos a una aristocracia urbana comprometida con su reforma.

Salzillo tuvo que afrontar el reto de dar forma a unos ideales que reflejaran los nuevos rumbos emprendidos. Lejos, por ello, de retornar al viejo espíritu tridentino, impulsor del originario vía crucis urbano del que nació la procesión, abogó por una refinada puesta en escena, propia del aliento galante de su siglo amparada en la nueva iconografía que, a la vez que desterraba argumentos poco acordes a la secuencia temporal del relato, propusiera otros que solucionaran los grandes problemas compositivos de la imagen en movimiento. A ellos se debían el punto de vista lateral de La Caída (1752), la genialidad, hasta entonces desconocida en escultura, de La Oración en el Huerto (1754), la versión nueva de La última Cena (1761) como escenificación de la traición de Judas, la secuencia narrativa del Prendimiento (1763) como colofón del fatídico anuncio y, en general, cualquiera de los efectos producidos por un relato del que fue escultor único. Esa condición aportó a la esencia del relato su capacidad para determinar dónde y cuándo habría de incrementar el dramatismo de cada propuesta escénica bien en el contexto de los grupos de varias figuras o en la soledad, conmovedora y trágica, de sus imágenes aisladas (Verónica, San Juan y Dolorosa, todas de 1755-1756). Sólo san Juan bastaría para comprender la unidad orgánica de la escultura entendida, a la forma clásica, como definición del arte de cuatro perfiles.

En 1776 concluía este brillante episodio con el paso de La Flagelación. Salzillo quedaría comprometido con un nuevo mecenas, hijo del que le encargara los grupos procesionales para realizar el famoso Belén, obra ya en franco compromiso con los ideales de la Ilustración.


F. Salzillo, Dolorosa

F. Salzillo, Dolorosa
Parroquial de San Lorenzo, Murcia