14 de noviembre de 2006

Ciclo de conferencias

LA CATEDRAL DE TUDELA: UN PATRIMONIO RECUPERADO

Arte medieval en Santa María de Tudela

Dr. Javier Martínez de Aguirre.
Universidad Complutense de Madrid

 

Interior de la Catedral de Tudela

Interior de la Catedral de Tudela


Las investigaciones llevadas a cabo durante la restauración de la catedral tudelana, así como la renovada presentación de varias de sus obras muebles permiten que hoy contemplemos y conozcamos de manera óptima el esplendor de su arte medieval. 

Para comprender sua historia constructiva debemos remontarnos al momento de la conquista de la ciudad por los cristianos en 1119, cuando la mezquita aljama, edificada en el siglo IX y ampliada en el XI, fue reconvertida al culto cristiano, sin apenas modificaciones. Pocas décadas más tarde se decidió la edificación de un nuevo templo, más grande, conforme a las pautas propias del tardorrománico. Desconocemos el nombre del arquitecto, pero es deducible (por la ubicación de la escalera y la presencia de dobles nichos en ciertas capillas) que se inspiró en la iglesia cisterciense de La Oliva, que por entonces se estaba alzando con planos trazados por el constructor de la catedral de Santo Domingo de la Calzada. Tras la adquisición de solares, las obras dieron comienzo hacia 1170. En una primera fase alzaron las cinco capillas y parte de las fachadas del transepto, que quedó sin abovedar. El altar pudo ser consagrado en 1188. Participaron maestros formados en el repertorio ornamental desarrollado en los alrededores de París hacia 1150. Además de su inspiración en La Oliva, se aprecian nuevas soluciones en varios elementos, especialmente en la ordenación de ventanas de la capilla mayor, donde combinó ventanales tardorrománicos con óculos decorados probablemente inspirados en la desaparecida catedral de Pamplona.

Todavía hubo una segunda fase tardorrománica, que abarcó los muros perimetrales y seis pilares, en los que adoptaron un diseño muy en boga en el Norte peninsular, con semicolumnas gemelas en cada frente. Intervinieron aquí escultores de notable calidad, en paralelo a la construcción del claustro. Es muy posible que parte de la financiación fuera sufragada por un importante linaje tudelano, los Baldovín, que dejaron su emblema (mulos) en capiteles que miran al transepto.

La terminación se realizó ya con fórmulas góticas. Incluyó los dos últimos pilares, la parte alta de la nave mayor con sus ventanales organizados en doble lanceta y óculo, los capiteles altos y las bóvedas que faltaban. El arquitecto gótico supo incardinar su labor sin ruptura brusca con lo anterior, lo que proporcionó al templo una notable armonía interior, así como una muy lograda luminosidad. Sabemos que la fase final se realizó ya en tiempos de los Teobaldos (a partir de 1234) porque en los capiteles de los pilares occidentales, así como en algunos de la nave mayor, aparecen las armas de Navarra y Champaña.

A lo largo del siglo XIV se emprendieron obras de menor importancia. Hay rasgos del gótico radiante en dependencias periféricas (torrecilla de los pies). Carlos III dejó su escudo en la última clave, probablemente tras una reforma que afectó solamente a la parte occidental. 

El interior del templo mostró una nueva cara a partir del momento en que los principales linajes tudelanos, o bien ciertos canónigos y deanes, empezaron a reservar capillas como lugar de enterramiento privilegiado. Esto sucedió en la segunda mitad del siglo XIV y especialmente en las primeras décadas del XV. En su interés por disponer tumbas que hicieran perdurar su recuerdo y le ayudaran en el duro trance del Purgatorio y Juicio Final, incorporaron sepulcros monumentales y retablos que mostraran sus devociones. Nuestra atención se centra especialmente en el retablo de Santa Catalina, sobre cuyo promotor acaban de publicarse interesantes referencias; sobre el magnífico sepulcro del deán Sánchez de Oteiza, quien lo encargó a miembros del taller de Johan Lome (quizá al Johan de Borgoña que cita la documentación); y sobre la capilla Villaespesa, que el canciller de Carlos III encargó para sí mismo y para su esposa, la tudelana Isabel de Ujué. El retablo, dedicado a Nª Sª de la Esperanza, San Francisco de Asís y San Gil, es una obra de notable calidad dentro de la pintura aragonesa del gótico internacional, y el sepulcro constituye una de las cumbres de la escultura funeraria española de su tiempo, por su riquísima iconografía y por la perfección de su labra. 

Por supuesto, existen muchos otros elementos de interés dentro del arte medieval presente en la seo tudelana, como la Puerta del Juicio, el claustro o el gran retablo mayor, pero su restauración o está por abordar o fue realizada con anterioridad, por lo que no han sido tratados en esta conferencia.