26 de mayo de 2016

El arte gótico en Navarra

La magnificencia arquitectónica en la corte de Carlos III de Navarra (1387-1425)

Dr. Javier Martínez de Aguirre Aldaz
Universidad Complutense de Madrid

 

El sepulcro del rey Carlos III el Noble en la catedral de Pamplona nos presenta al soberano en toda su grandeza, con ricas vestiduras y espléndida corona. Las orlas de las mangas se adornan con el sembrado de flores de lis que manifiesta su altísima alcurnia. Las palmas de las manos unidas perpetúan su carácter piadoso. La imagen pone el acento en los mismos aspectos que el epitafio, cuyo texto remonta su ascendencia hasta Carlomagno y san Luis, y exalta su piedad y misericordia. La inscripción añade entre sus méritos una frase muy reveladora: “et fezo muchos notables hedificios en su regno”. Construir edificaciones sobresalientes se había convertido a finales de la Edad Media en una actividad que en la teoría y en la práctica se consideraba digna de esfuerzo y memorable. Y es que, como han estudiado diversos autores en los últimos años, el esplendor que vivió la gran arquitectura promovida por reyes, nobles y prelados se comprende mejor si se tiene en cuenta su papel como manifestación de la magnificencia, es decir, la disposición para las grandes empresas, virtud propia de los poderosos.

Las virtudes se aprenden y se cultivan. A lo largo de sus dilatadas estancias en París, que sumaron en total más de diez años (1378-1381, 1397-1398, 1403-1406 y 1408-1411), Carlos III tuvo la oportunidad de asimilar la práctica de la magnificencia arquitectónica por parte de sus tíos y primos franceses. Además de la capital, en sus itinerarios de ida y vuelta desde y hasta Navarra recorrió en persona construcciones de los más exquisitos promotores artísticos de la época.

La gran arquitectura residencial había sufrido importantes cambios a lo largo del siglo XIV, en buena medida protagonizados por los familiares del rey. El castillo de Vincennes y el palacio del Louvre, entre otras obras, proporcionan claves valiosas para entender las opciones arquitectónicas del monarca navarro. La multiplicidad de residencias incluso en una misma localidad, la nueva concepción de la privacidad, las nuevas necesidades de la administración ligadas a la génesis del estado moderno y al boato de la monarquía y la mejora de la habitabilidad cifrada en elementos de confort explican soluciones adoptadas en el palacio de Olite. A lo largo de la conferencia se pasó revista a creaciones que han llegado a nuestros días tanto en Francia como en Navarra y se llevó a cabo un análisis de las pautas de uso que conocemos gracias a la documentación y a las representaciones contenidas en las miniaturas.


Palacio de Olite. Torres exteriores
 

Por ejemplo, la vista del palacio real de París contenida en Las muy ricas horas del Duque de Berry revela el protagonismo del piso noble y de las escaleras monumentales, la multiplicación de miradores, la diversidad de vanos, la yuxtaposición de edificaciones de diversa planta y configuración, el recurso a galerías sobre cortinas murales, la abundancia de chimeneas y el desarrollo de grandes escaleras y de jardines cerrados. Todas estas características se repitieron en los palacios de Carlos III y son perfectamente reconocibles todavía hoy en Olite. De igual modo, el ejemplar de los Dialogos de Pierre Salmón con Carlos VI de la BNF (Fr.23279) nos hace ver la gradación en los espacios y el modo como eran utilizados. También aquí las equivalencias con Olite son muy significativas. Otro ejemplar de esta misma obra conservado en la Biblioteca Pública de Ginebra muestra hasta qué punto la inclusión de revestimientos textiles y de muebles transfiguraba los espacios interiores, cuyo contenedor pétreo era casi idéntico al que hoy vemos en las salas olitenses, dotadas de puertas, miradores, ventanas altas y chimeneas comparables. El examen de las posibilidades de circulación (puertas, escaleras, pasajes intramurales, galerías) y ocupación de los espacios de Olite nos lleva de nuevo a Vincennes, pero también a Saumur y Moulins, castillos visitados por el propio Carlos III en 1398 y 1406 respectivamente. Las terrazas sobre arcos lanzados entre contrafuertes emparentan visual y estructuralmente Olite con el palacio de Aviñón (donde estuvo Carlos III en octubre de 1381) y con el Hotel de Nesle de París, que nos consta fue recorrido por el monarca navarro. 

El rey Noble fue más allá y materializó en piedra lo que otros gobernantes habían mandado representar en pintura o tapices. Las torres exteriores (Joyosa Guarda, Tres Grandes Finiestras) de Olite nos transportan al mundo de las novelas artúricas, evidenciando el poder de un imaginario que se hacía presente en otros comportamientos del rey, como la elección de los nombres de sus hijos (Lancelot, Godofre). La reconversión del ámbito cortesano conforme a ideales de vida alejados de la realidad alcanzó su culmen en la construcción de un jardín elevado sobre gigantescos arcos de piedra en el núcleo más privado de Olite, así como en el emprendimiento de un palacio desmesurado en Tafalla, que incluía en el propio recinto extensos jardines con fuentes y cenadores. 

La actuación del rey tuvo como consecuencia el deseo de emulación por parte de su entorno familiar y cortesano, en parte auspiciado y financiado por el propio Carlos III, lo que produjo una total transformación de las residencias, de las que nos han quedado interesantes ejemplos en Arazuri, Marcilla, Pamplona o el recientemente estudiado caso de Equísoain.