VIRTUDES | Don Quijote y la esperanza
Published in
Expansión
Carlos Mata Induráin |
Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO)
Profesores de la Facultad de Filosofía y Letras publican a lo largo del verano en la serie "Líderes en la ficción", del periódico Expansión. Semanalmente, nos acercan las virtudes de distintos personajes de la literatura.
Más allá de su enorme valor literario, al acercarnos al Quijote podemos apreciar también los profundos valores —en sentido ético— que nos ofrece su lectura y que forman parte de su legado, poniendo de relieve la vigencia y la modernidad del pensamiento cervantino. En efecto, conceptos como amistad, amor, autenticidad, justicia, libertad, tolerancia (y la fuerza del diálogo), y también la esperanza, se hacen muy presentes, no solo en esta obra, sino en el conjunto de la producción de Cervantes. Tales valores son portados por ese «loco entreverado de cuerdo» que es el protagonista del Quijote: están intrínsecamente unidos los unos a los otros en su persona y son, de alguna manera, inseparables. Todos juntos alientan la perseverancia de Alonso Quijano en su sueño de ser caballero andante, de ser don Quijote, algo que va a constituir su más íntima esencia hasta su derrota en la playa barcelonesa a manos del Caballero de la Blanca Luna.
Sabemos que en el siglo XVII el Quijote tuvo una recepción eminentemente cómica (la historia de un hidalgo loco y su simplón escudero, especie de bufones ridículos objetos de numerosas bromas, más o menos crueles, que hacen reír a todos). Pero luego cada generación ha proyectado sobre él sus peculiares inquietudes: ha sido leído como la última novela de caballerías, como constatación del fracaso del sueño heroico español, como síntesis del conflicto idealismo/realidad… Y don Quijote, además de modelo de experiencia vital, ha sido considerado un héroe cargado de un profundo simbolismo.
Héroe de enorme hondura, don Quijote presenta una personalidad compleja, en la que destaca su impulso de actuación y la coherencia de su proyecto vital, su autenticidad. Personaje «adánico» que nace a una nueva vida cuando se encuentra ya en plena madurez, sale a los anchos campos de Castilla a forjar su destino personal de caballero andante, a hacer realidad sus sueños. Sueños de amor, de justicia y de libertad, una triada de sentimientos por los que Alonso Quijano el bueno —así lo nombran sus paisanos— se transforma en don Quijote de la Mancha, por los que el hidalgo manchego sueña ser y es verdadero y real caballero andante (por más que la caballería la haya recibido «por escarnio» de manos de un pícaro y socarrón ventero). Por todos esos sueños que don Quijote atesora en su corazón no le dolerán las derrotas y los molimientos, los golpes y las magulladuras, las burlas y las incomprensiones de las gentes con las que va topando en su vagar. Porque él se deja guiar tan solo por la luz deslumbradora del ideal. Porque en su largo caminar nuestro genial loco-cuerdo o cuerdo-loco soñará siempre con cielos azules y horizontes despejados. Porque andará en persecución de una quimera que sabe que jamás alcanzará, pero siendo consciente también de que lo bello y lo sublime está precisamente en esa búsqueda. Porque cada paso que da le acerca a esa alta, lejana e imposible utopía. Y esa es su derrota y su victoria, su fracaso y la causa de su gloria imperecedera, su eterna y magistral lección.
¡Qué magnífica enseñanza la que nos brinda Cervantes a través de su inmortal criatura! Que los hombres —cualquier hombre, todos los hombres— son libres y han de luchar siempre por hacer realidad sus sueños, aunque el camino para lograr ese objetivo esté alfombrado de derrotas y amarguras. Porque el de don Quijote no es, ciertamente, un camino de rosas. Es, más bien, un camino de abrojos y espinas. Y en ese su largo y penoso peregrinar, Alonso Quijano se hace don Quijote y, tras recorrer el sendero de sus aventuras, retorna a su innominado lugar natal para ser de nuevo Alonso Quijano y morir cuerdo en su cama, acunado en el calor del hogar, rodeado de su familia y sus amigos. Y muere cuerdo, sabedor de que «en los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño». Sin embargo, él supo hacer realidad su destino personal de caballero andante, precisamente porque jamás tuvo miedo a hacerlo realidad; porque nunca le amedrentaron las dificultades; porque jamás temió enfrentarse con la dura realidad con la que continuamente chocaban sus sueños de gloria y sus fantasías caballerescas, que no eran quimeras, sino ideal. Porque mantuvo siempre la esperanza. De todas sus luchas, Alonso Quijano salió roto como hombre y templado como caballero andante, como don Quijote de la Mancha, en suma, como héroe. Y esa es la principal enseñanza: que todo hombre que lucha por un hermoso ideal es un héroe que jamás podrá ser vencido, aunque sufra, una tras otra, mil derrotas. Que podrá ser derrotado, pero no vencido en su fuero interno, aunque sus huesos queden molidos y rotos en descomunales batallas con molinos de viento, cueros de vino o rebaños de ovejas.