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La voz del migrante

23/09/2021

Publicado en

ABC

Ana Belén Martínez García |

Profesora del Grado en Applied Management – Gestión Aplicada de la Universidad de Navarra

¿Qué entendemos por migrante? ¿Y por refugiado? La llamada crisis migratoria de 2015 puso de manifiesto las ramificaciones éticas, sociales y geopolíticas del empleo de una u otra categoría. 

No puedo evitar, como filóloga, fijarme en el significado de las palabras, en las connotaciones que estas van adquiriendo con el paso del tiempo y debido a su uso. En el caso de las personas que cruzan fronteras, utilizar una u otra nomenclatura les confiere un matiz que quizá ellos ni necesitan ni desean adquirir.

¿Por qué haber nacido en cierto lugar proporciona el derecho a moverse libremente mientras otras personas son castigadas por tan sólo intentarlo? ¿Por qué deben jugarse la vida buscando subsistir? ¿Por qué no se protege al más vulnerable? En este sentido, numerosos expertos en el ámbito de las migraciones y los derechos humanos apuntan a la disparidad de criterios aplicados según los estados y a la ausencia de protección legal precisamente por parte de los más desprotegidos, como pueden ser mujeres y niños. En mi investigación dedico mucho tiempo a estudiar las narrativas de estas personas cuyas historias merecen ser contadas. Jóvenes mujeres que deciden dar un paso al frente y convertirse en activistas, entre ellas la ya famosa Nujeen Mustafa, colaboradora con ACNUR y firme defensora de los derechos de los jóvenes refugiados y de las personas con algún tipo de discapacidad, etiquetas cargadas de sentimientos encontrados y contra las que ella lucha abiertamente. 

El poder de la narrativa testimonial es evidente. Son historias muy personales pero al mismo tiempo claves para entender el sufrimiento de mucha más gente. Así, en una entrevista hace unos años, con Melissa Fleming, secretaria general adjunta de Comunicación Global en Naciones Unidas, destacamos la importancia de personalizar un relato que corre el riesgo de quedarse en lo general y, por ende, caer en el olvido. Recoger los testimonios de personas migrantes y refugiadas para luego darles visibilidad fuera de su contexto inmediato podría abrir las puertas al entendimiento mutuo. 

Cada año el Papa Francisco lanza un llamamiento a la solidaridad con los migrantes y los refugiados. En esta ocasión, el lema es "Hacia un 'nosotros' cada vez más grande". Se trata de poner en valor que tanto migrantes como refugiados son personas, seres humanos, cuya dignidad debe ser reclamada. Aquí no estaría de más releer a filósofas como Hannah Arendt o Judith Butler, con su crítica a la política del descarte y su lucha por la justicia social. Darle la vuelta a la precariedad del individuo y tratar de convertirlo en motor de cambio. Encontrarnos a mitad de camino con el otro aceptando la vulnerabilidad propia. No es un tipo de discurso que triunfe en los medios de comunicación. De hecho, más bien al contrario. 

La polarización de la esfera pública en los últimos años, evidente en redes sociales, ha provocado que ciertas voces ganen fuerza. Voces llenas de desconfianza y un espíritu cerrado en uno mismo. Ante una aparente invasión de personas llegadas de fuera, muchos gobiernos de la zona euro cierran sus fronteras. Ante la pandemia, la cerrazón cobra aún mayor importancia. Parecería que la clave de la supervivencia es cerrar.

Pero quizá no escuchamos demasiado a menudo a los propios migrantes. ¿Qué les mueve? Dejemos que ellos alcen su voz. Escuchemos su testimonio. Nos llega muchas veces a través de varios mediadores, desdibujado, extremadamente mediatizado, pero es sin duda necesario tenerlo en cuenta. Demos una oportunidad a aquellos con los que compartimos más de lo que muchos piensan. Sólo una mayor capacidad de escucha genera posible empatía. Abrir las puertas de nuestros corazones, nuestros oídos, nuestros ojos, a la realidad que nos rodea debería ser el camino a seguir. No podemos permitir que las fronteras de Europa, sobre todo las marítimas, sigan convirtiéndose en escenarios de muerte y horror. Entendamos que somos también nosotros responsables. También nosotros debemos dar respuesta a las grandes cuestiones de nuestros tiempos.

Los otros, los que pueden parecer diferentes, son parte de un gran nosotros. Salgamos a su encuentro, como argumentaba el historiador estadounidense, Dominick LaCapra: “Es al encontrarnos al otro cara a cara cuando se puede llegar a producir un cambio interior. Reconociendo la humanidad del otro, ahí nos encontraremos a nosotros mismos”.