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Patrimonio e identidad (47). De huertas y filadores a convento y urbanización. El desaparecido convento de Clarisas de Tudela

05/03/2021

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Las distintas órdenes religiosas establecidas, a lo largo del Antiguo Régimen, en la capital de la Ribera, a una con las fundaciones medievales que transformaron sus espacios en aquellos mismos momentos, convirtieron a Tudela en una verdadera ciudad convento, con una apariencia muy similar a la que ofrecían otras muchas poblaciones de la España de aquel periodo. Fachadas inconfundibles de ladrillo, espadañas, altas tapias con verdugadas y complejos conventuales con rejas, configuraron una distribución de los espacios urbanos visible en distintos planos, singularmente en el que grabó Tomás López en 1785.

Las Desamortizaciones decimonónicas recuperaron para espacios públicos algunos de aquellos conventos y en la segunda mitad del siglo pasado, todo el conjunto de las clarisas dejó de existir para dar paso a una urbanización.

Fundación y sedes

El establecimiento de las hijas de santa Clara en Tudela viene avalado por tres bulas pontificias de Alejandro IV de 1261 dirigidas al rey de Navarra, el obispo de Tarazona y el concejo de Tudela. En ellas se daba cuenta de que la abadesa de Valladolid autorizaba a sor María, fundadora y abadesa de aquel monasterio, junto con otras tres religiosas del mismo, para establecerse en Tudela. Privilegios reales, favores eclesiásticos y numerosas donaciones particulares llegaron a lo largo del siglo XIII. En tiempos de Carlos II el Malo, se abandonó la primitiva sede extra muros y las monjas vivieron entre 1368 y 1618 en su segunda morada, cerca de la parroquia del Salvador. La tercera ubicación (1618-1971) vino determinada por la estrechez, pues no tenía ni una huerta amplia. A fines del siglo XIX, en 1897, a instancias reiteradas del obispo de Tarazona, las Clarisas de Tudela adoptaron la vida en común, bajo una normativa preparada por el citado prelado. Entre 1971 y 1972 se trasladaron a su actual emplazamiento, a un edificio levantado con planos de Enrique M. Delso.

En el convento vivió la mística y penitente sor Jerónima de la Ascensión (Agramont y Blancas, 1605-1660), autora de poesías, oraciones y composiciones literarias, algunas con gran ingenio. Entre las fiestas del convento, destacaba la de su titular, celebrada en su iglesia con “gracia y alegría grandes adornos y riquezas para mayor veneración … con sermón y música, atractivos especiales de las almas”. Respecto a otras festividades, se señala en las fuentes que eran “objeto de sus ternuras, pero se las quieren gozar a solas”. Iribarren hizo un relato literario del rosario franciscano, función que se dejó de practicar en su iglesia hacia 1920.

El desaparecido convento del Seiscientos

La comunidad invirtió todos sus haberes en el conjunto arquitectónico e iglesia, cuyo coste ascendió a 13.000 escudos. El regimiento concedió 50 escudos de a diez reales, que se aportaron con permiso del Real Consejo, en 1618. Las religiosas utilizaron las dotes de algunas de ellas, como la de la famosa sor Jerónima de la Ascensión. El 25 de abril del mencionado año de 1618, se procedió al traslado con una solemne procesión y una misa de acción de gracias, colocando el Santísimo con los ritos ordenados en las rúbricas litúrgicas.

Del antiguo monasterio, en el que las monjas habían vivido desde 1368 en la calle Serralta, se hicieron cargo los dos maestros constructores del nuevo convento -Juan de Olaso y Juan González de Apaolaza- y procedieron a su venta. El precio de esta última operación alcanzó los 2.000 escudos de a diez reales, que partieron por mitades los dos maestros.

Entre las adquisiciones, por parte de las monjas, para la nueva fábrica figuran diversas piezas de tierra, huertos y filadores -lugares destinados al hilado- de diversos propietarios. El primer contrato para la fábrica del nuevo monasterio ubicado junto a lo que con el tiempo se denominó Carrera de las Monjas y más tarde simplemente Carrera, se suscribió en junio de 1611 con Juan de Olaso y Juan González de Apaolaza, muy activos en las primeras décadas del siglo XVII. Poco más tarde, en febrero de 1612, visitó las obras un franciscano, conocido por sus intervenciones en otros procesos constructivos de conventos de la provincia de los Menores de Burgos, fray Antonio Villalacre. Las indicaciones de este último quedaron recogidas en un segundo contrato, refrendado por las partes en Tudela en agosto de 1613.

El objeto de la primera escritura era “hacer una casa de monasterio y iglesia de la misma invocación de Santa Clara en piezas que se señalan en la puerta de Zaragoza, junto al humilladero de ella” con un condicionado que consta de veinticinco capítulas. La primera alude a los diseños o plantas firmadas por ambas partes, conservadas en la escritura original, así como a cuestiones variadas y dispares, referidas a las zanjas necesarias y sus medidas para el asentamiento del edificio, debiéndose construir un basamento firme de piedra. También señala el número de celdas que serían cincuenta, así como diversas oficinas, que no se especifican, a realizar en la planta baja del edificio. El número de celdas se podría relacionar con el máximo número de religiosas de la casa. En el momento de la firma del contrato eran veintinueve, si bien las monjas afirmaban, poco más tarde, ser medio centenar y en otros conventos de la orden en Navarra, como el pamplonés de Santa Engracia, la cifra de religiosas marcada en su reglamento, no parece que superasen el número de cincuenta entre coristas y legas.

El exorno de la iglesia

La iglesia se adaptaba por su sencillez a los usos de las iglesias conventuales femeninas de comienzos del siglo XVIII, a fortiori, en una orden austera como la franciscana. Se configuraba como una sencilla nave con crucero, con el coro alto a los pies del templo y el coro bajo, en la parte inferior del anterior, en una disposición que recuerda a lo que también tuvieron las Clarisas de Estella y las Benedictinas de la misma ciudad, en donde el coro bajo no estaba a un lado de la capilla mayor, sino a los pies del templo.

Aquel sencillo espacio de comienzos del siglo XVII, se barroquizó en la primera mitad del siglo XVIII. En 1731 se contrataron los colaterales con el soriano Domingo José Romero y, en 1759, ya estaba terminado el retablo mayor, que doraron los hermanos Juan Angel y Lucas de Olleta. Entre ambas fechas (1731-1759), el sencillo templo adquirió un nuevo aspecto con la adición de tribunas policromadas, siguiendo modelos comunes a los de la iglesia de la Compañía de María, cuatro colaterales y el gran retablo mayor, obras todas ellas desmontadas al derribarse todo el complejo conventual. Los hermanos José y Antonio del Río, autores entre otras obras de los retablos de los jesuitas de Tudela –hoy parroquia de San Jorge-, se centraron en las tribunas, un par de colaterales y sobre todo, en el retablo mayor, del que se ha conservado su planta y alzado, dibujados en un hermoso pergamino, así como alguna fotografía.

La cronología del retablo se podría fijar en torno a 1755, quizás tras la realización del conjunto de la iglesia de la Compañía de Jesús, obra de los hermanos del Río (1748-1749). La paternidad de estos últimos maestros para el diseño del retablo de las clarisas está fuera de toda duda, a juzgar por los elementos estructurales y decorativos utilizados por ambos artistas en la Tudela de mediados del siglo XVIII. Respecto a la iconografía, los bultos se localizan en el banquillo del cascarón, sobre las cornisas del cuerpo principal y a plomo con los soportes, figurando allí san Antonio de Padua, santo Domingo, san Buenaventura y san Roque, reservándose el lugar principal, en el centro, para san Francisco de Asís.

A la hora de realizar materialmente el retablo, las monjas optaron por otro modelo que consta de doble banco, dos cuerpos divididos en tres calles y ático. El triunfo del rococó es todo un hecho, a juzgar por los tableros de rocalla y el tipo de columnas; unas lisas y anilladas, otras con el tercio inferior liso con placa de rocalla y el resto estriado con guirnaldas de rosas y otras con todo el fuste estriado y enguirnaldado. Para su iconografía, se respetó lo que iba en el ático del proyecto, añadiéndose la imagen de santa Clara y otras dos santas de la orden (santa Coleta y santa Inés de Asís) en el primer cuerpo.  

Patrimonio mueble

En lo que se refiere al patrimonio mueble conventual, analizado en el Catálogo Monumental de Navarra, hay que hacer notar que los libros de administración durante los trienios o cuatrienios de las diferentes abadesas, incluyen al final de las citadas etapas todo aquello que se había incorporado a la sacristía, donde constan retablos, alfombras, imágenes, cuadros, cornucopias o vasos sagrados. Destacaremos algunas piezas singulares.

En 1611, se anota una cruz de plata realizada con ayuda de doña Jerónima de Vierlas. Poco más tarde, el organero Guillaume de Lupe hizo el órgano. En 1625, se registra una imagen de Santa Úrsula, con una cabeza de las once mil vírgenes y el cuerpo repleto de reliquias, calificada como obra “muy estimada” y costeada por dos religiosas. En 1628 se consignan una colgadura de tafetanes carmesís y pajizos, tres frontales y dos retablos colaterales. Respecto a la colgadura, hemos de recordar que otros conventos navarros poseyeron excelentes piezas de este tipo, que servían para tapizar la iglesia. Contaron con ellas las Benedictinas de Estella y Corella, las Clarisas de Estella, entre otros monasterios. El desuso, generalmente a partir de fines del siglo XIX o comienzos del XX, hizo que se perdieran o se enajenasen.

En 1714 se hizo un nuevo órgano; en 1717, una cortina de tela de oro y un gran libro de canto llano para el coro; en 1720, se blanqueó y pintó toda la iglesia y se encargaron una custodia de plata con pedrería para la mano de santa Clara, una diadema, pie y báculo para la misa santa, numerosa ropa de sacristía y algunos libros. En 1725 se datan un par de grandes cuadros para el coro bajo, advirtiendo que el marco del de san Miguel se hizo a costa de varias limosnas particulares de las religiosas. En 1728, se anotan un guión de plata, doce cornucopias de madera doradas, varios libros, puertas y manteles y en 1731, la reliquia de santa Clara con su viril de plata, un cáliz del mismo material, dos altares colaterales de talla que quedaban por dorar, dos alfombras, ramos, cuadros de san Pedro de Alcántara, san Antonio de Padua y Nuestra Señora de los Dolores, además de unos bancos para el refectorio.

Algunas piezas de patrimonio mueble se enajenaron por necesidades de subsistencia, con harto dolor de las religiosas. En 1909, solicitaban permiso para vender un tapiz deteriorado de fines del siglo XV para acometer unas obras de conservación en su monasterio y en 1914 una antiquísima alfombra, con autorización episcopal y de la nunciatura. Con posterioridad a 1933, se enajenó otra alfombra que los anticuarios estimaban en 6.000 pesetas. El órgano dieciochesco y renovado en el siglo XIX se conserva en el monasterio de Santes Creus y ha sido restaurado en agosto del año pasado. Sus sonidos se pueden escuchar en un pequeño video (https://www.ccma.cat/tv3/alacarta/telenoticies/restaurat-lorgue-de-santes-creus-despres-danys-dabando/video/6054520/)

Planos, dibujos, fotografías y vistas aéreas para su reconstrucción

Por su interés, transcribimos la descripción del convento que Julio Segura Miranda hizo en su monografía: “El convento vendido tiene 15.770,57 metros cuadrados de superficie y un patio de acceso de 600 metros de ancho; la iglesia tiene 200 metros cuadrados; es de ladrillo y piedra; su bóveda es de cañón con arcos torales y pequeño crucero. El convento es de planta cuadrada, de tres plantas; los locutorios son posteriores y tienen 204 metros cuadrados y la vivienda de la “mandadera” es de planta baja y piso, teniendo 90 metros cuadrados”.

El plano de la ciudad de Tudela, grabado por Tomás López en 1785 es un buen referente para delimitar el amplio espacio del complejo conventual y su huerta, al igual que otro dibujo de la planta de la ciudad conservado en el Archivo Decanal.

Sin embargo, son algunos planos conservados en distintos archivos, un dibujo, las fotos mandadas hacer por las religiosas y las vistas aéreas, procedentes del IDENA, los materiales que dan idea de la extensión del complejo conventual y su espacio formal. Grandes muros de ladrillo sobre basamentos de piedra, utilización de galerías de arquillos en los áticos, simples o dobladas, un gran claustro organizador de las grandes dependencias del monasterio, más una enorme huerta.

Los volúmenes son bien visibles en las fotografías del SITNA-IDENA de distintos momentos. Por lo que respecta a los exteriores, contamos con un dibujo y diversas fotografías. Aquél, que se conserva en el Archivo de Simancas, ha sido rescatado en el foro de facebook “Historia recóndita de Tudela” por Manuel Sagastibelza, quien amablemente nos lo dio a conocer. Se trata de una vista en alzado o “Perspectiva según leyes de óptica” rubricada por Manuel Díez -seguramente el albañil Manuel Díez de Ulzurrun- y el arquitecto José Marzal y Gil en 1766. Según el dibujo, el convento tenía un aspecto muy cerrado, con un frente principal a modo de alcázar con sendos torreones laterales. Esa visión se alteró, más tarde, con la construcción de un pórtico a la izquierda.