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Las Mujeres en las Artes y las Letras en Navarra (11). Historias de mujeres escritas en piedra: la mujer en la Navarra romana

04/09/2023

Publicado en

Diario de Navarra

Javier Andreu Pintado |

Catedrático de Historia Antigua

Diario de Navarra, en colaboración con la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro de la Universidad de Navarra, aborda, mensualmente, de la mano de especialistas de diversas universidades e instituciones, aspectos sobre la relación de la mujer con las artes y las letras en Navarra.

Entre la casa y la plaza pública: la mujer en Roma

Corría el año 195 a. C., la península ibérica veía llegar 50.000 soldados enviados por Roma para controlar las provincias hispanas y el cónsul que los mandaba, Catón, tomaba la ciudad más oriental de los vascones, Iacca, en la Jacetania aragonesa. Ajenas, muy probablemente, a esos acontecimientos, en Roma –según cuenta el historiador Tito Livio– un gran grupo de mujeres tomaba el foro para visibilizar su oposición a la ley Opia que desde el 215 a. C. imponía a las mujeres restricciones en la exhibición de joyas. Ese movimiento reivindicativo, por su éxito –pues la ley fue abolida pese a la oposición de los sectores más tradicionalistas del Senado de Roma– se ha utilizado recientemente para, desde presentismos que poco tienen de históricos, dibujar una imagen de la mujer romana muy diferente al ideal asumido por las féminas de hace 2.000 años y al que muestran las fuentes antiguas. Las mujeres romanas se sentían orgullosas de, esencialmente, dedicarse al servicio familiar y a las labores domésticas. Con las expresiones domum seruauit                        –“serví a mi familia”–, lanam fecit –“trabajé la lana”– resume un epitafio de Roma ese ideal y el espacio en que se desarrollaba: la vivienda, la domus. De hecho, a las cualidades que debían adornar a una mujer en Roma se les llamó domestica bona, “virtudes domésticas”. Entre ellas –y son recordadas por Tácito o por Plinio– la modestia, la piedad, la afabilidad, la lealtad –a la familia y a los hijos, la virtud de la obsequentia–, la fortaleza de ánimo, la castidad… Y, aunque resulte chocante, esos valores no sólo quedaron en el ideal de la producción literaria aristocrática, sino que fueron asumidos por la sociedad. Así lo demuestra la alusión a ellos en muchos epitafios que mujeres de cualquier rincón del Imperio recibieron por parte de sus apenados familiares.

Con ese contexto como fondo, el de unas mujeres confinadas en los asuntos domésticos, sin apenas posibilidad de asumir cargos públicos –más allá de los sacerdocios aristocráticos de Vesta y del culto imperial– pero influyentes y visibles a través de la relación con sus maridos, conocer a las féminas que, en época romana poblaron las tierras de la actual Navarra no es tarea fácil. Los textos de los escritores antiguos no se preocuparon de retratarlas y la documentación arqueológica, riquísima en algunas de las sensacionales ciudades romanas de nuestra tierra, apenas nos ofrece luces sobre dos aspectos que –como afirmaría Tertuliano entrado ya el siglo II d. C.– eran fundamentales en la visibilidad como femina maxima, como “mujer excelsa”, de cualquier mujer romana: el ornatus y el cultus. El primero hacía alusión al cuidado de la piel y del cabello y el segundo al acicalamiento personal. Las excavaciones de Andelo (Mendigorría) o de Santa Criz de Eslava nos han obsequiado, por ejemplo, con hermosos peines de hueso, entalles para anillos en cornalina o azabache, piezas en oro formando parte de complejos pendientes –crotalia– que tintineaban en las orejas de las damas que los portaban y para los que, al igual que sucedía con los collares, o se importaban perlas y esmeraldas traídas desde Asia como la que hace algunos años pudimos constatar en la ciudad vascona de Los Bañales de Uncastillo (Zaragoza) o, sencillamente, como en un hermoso collar de Andelo, se imitaban las piedras preciosas, las gemmae, con cuentas de pasta vítrea, vidrio o cobre. Ejemplares de esas joyas pueden verse en los espacios expositivos de los yacimientos antes citados donde las fusayolas y pesas de telar en cerámica o las agujas de hueso ilustran también la actividad lanifica, textil, tan cotidiana entre las féminas romanas. En el Museo de Navarra se guarda una inscripción procedente de Gastiáin, en el valle de Lana. En dicho lugar debió haber una ciudad de población esencialmente céltica como lo fue la que ocupó las limítrofes tierras del País Vasco actual. En esa inscripción se hizo representar Annia Buturra. Lo hizo en un sumario retrato funerario que coronó su epitafio decorado con peines, espejos y otros elementos de eso que las fuentes jurídicas romanas llamaban ornamenta muliebra, “adornos femeninos”.

Cuando las piedras hablan: la mujer en las inscripciones romanas

Las inscripciones son, de hecho, nuestra mejor fuente para conocer detalles sobre la vida de las mujeres de la Navarra romana. Si siempre constituyen un documento primario sobre las sociedades antiguas, en este tema resultan absolutamente determinantes, dan vida a algunas de nuestras protagonistas exhibiendo las tremendas desigualdades sociales del mundo romano y cuentan, siempre, hermosas historias. La plaza de Santa María de Pamplona exhibe, de hecho, la réplica de una hermosa estela funeraria de una de las necrópolis de Pompelo donde aparecen los nombres de algunas de las primeras mujeres “pamplonesas” documentadas, Festa, Rústica y Estratónice, del siglo II d. C. El Museo de Navarra, por su parte, nos ofrece el que puede ser el primer matrimonio “navarro” representado en el arte: el de Eminiano y Ana que juntan sus manos en una estela tan tosca como enternecedora. Es gracias a las inscripciones que sabemos que algunas féminas oriundas de ciudades como Cara (Santacara) o Pompelo (Pamplona) fueron esposas de importantes notables que sirvieron a la administración romana en la capital provincial, en Tarraco (Tarragona) donde sus maridos desempeñaron el flaminado, un sacerdocio elegido por una asamblea integrada por representantes de todas las comunidades de la provincia Tarraconense, una de las mayores del Imperio. Así, Postumia Nepotiana, de Cara, fue, en torno al 130-180 d. C., esposa del flamen Tito Porcio Verrino y Sempronia Placida, natural de Pompelo, lo fue de Cayo Cornelio Valente en época del emperador Marco Aurelio. Como tal fue nombrada flaminica, sacerdotisa del emperador, recibiendo así honras públicas en el foro provincial. De su marido sabemos que sufragó los gastos de una carísima embajada de la provincia ante el emperador que, a la sazón, se encontraba en Pannonia, Serbia. A esa misma elite influyente, pero a escala local, debió pertenecer Sempronia, hija de Firmo, documentada en una inscripción de Cara pero natural de Andelo y que pertenece a una familia, la de los Sempronios, que, en Andelo, contaba entre sus miembros con, al menos, un edil, Sempronio Caro atestiguado en una placa en bronce también en el Museo de Navarra.

Si la mujer debía ser la garante de la excelencia y el prestigio familiar, debía “cuidar de la casa” –tuere domum– y “servir a los hijos” –inseruire liberos–, como recordaba Tácito, es lógico que algunas de ellas promovieran en sus propiedades rústicas grandes monumentos para exaltar a los miembros de su familia. Si así lo hizo Atilia Festa en Sádaba (Zaragoza), no lejos de Los Bañales, en un monumento que resulta todavía hoy imponente, también debió hacerlo una Valeria en las proximidades de Santa Criz. Es más, de las algo más de treinta inscripciones funerarias romanas conservadas en el Museo de Navarra, casi la mitad fueron promovidas por mujeres. Ello no sólo nos habla de su mayor esperanza de vida sino, también, nos ilustra cómo se comprometieron con visibilizar la estirpe de pertenencia y con hacer gala, a la vez, de su fecunditas, de su “fecundidad” como mujeres. Caso singular es el de Antonia Criseida que, en la necrópolis de Santa Criz, la única que hoy puede visitarse in situ en territorio vascón, dedicó un monumento de envergadura a su marido Athenión que ostentó en la ciudad el cargo de dispensator, un prestamista público del que, normalmente, las fuentes ponderan su extraordinaria riqueza. Lógicamente, hay casos en que son los hijos, como Lucio Emilio Serano en Andelo, los que honran a sus madres, en este caso a Calpurnia Urchatetel, cuyo cognomen remite a las lenguas vernáculas –varias y no sólo la vascónica– habladas en territorio vascón. No debe descartarse que el coronamiento en arenisca que exhibe el Museo de Navarra junto al felizmente recuperado togado de Pompelo y que conserva todavía dos huellas para estatuas –una de ellas con parte del calceus broncíneo–, perteneciera a una estatua doble, de un varón y de su esposa, miembros de la elite de la ciudad de los Carenses. Al margen de algunas representaciones de divinidades procedentes de Sangüesa o de Los Arcos, el aun exiguo repertorio escultórico romano en Navarra                  –excepción hecha del sensacional conjunto de Santa Criz– no incluye todavía representaciones de esas mujeres de la elite.

Si esa obsequentia respecto del marido y esa pietas, esa “devoción”, respecto de los hijos se traslucía en los homenajes públicos, también ambas cualidades tenían presencia en el ámbito privado y, en particular, en dos universos que marcaron el día a día de la sociedad romana que, según Cicerón, creía que todo se regía con la intervención de los dioses en la vida de los hombres. Nos referimos a los ámbitos funerario y votivo. Una hermosa inscripción procedente de Eslava, que puede verse en la sensacional exposición arqueológica que ha promovido el Ayuntamiento local, nos presenta a una mujer de nombre céltico, Araca Marcela, pidiendo al dios local Peremusta –al “gran dios”, deus magnus por su salud, pero también por la de “los suyos”. No faltan casos en que la mujer interviene con miembros de su familia para solicitar el favor divino –como hizo Festa con Lacubegi en Ujué pero también con Júpiter– y otros en que la mujer aparece como única promotora del voto como Neria Helpide que honró a Cibeles en San Martín de Unx o Emilia Paterna que hizo lo propio con Losa en Lerate. El hábito de que la mujer promoviera las honras fúnebres de marido e hijos, como antes se dijo, se trasluce con un tono muy familiar, paradigmático, en un epitafio de Marañón donde una tal Doitena honra a su suegro, Marco Cecilio Flavino, y a su marido, Marco Cecilio Flavo, de sesenta y treinta y cinco años de edad respectivamente. Pero también en muchos otros ejemplos.

Mujer del pasado, mujer del presente

Se ha subrayado con frecuencia el poder evocador del mundo romano, de sus autores y sus protagonistas, supervivientes de un pasado que, en Occidente, nos ha configurado culturalmente. Pero ese tuvo, lógicamente sus sombras. Tal vez la vida de muchas de sus mujeres, también en las tierras navarras, no soportaría el juicio estético de nuestro tiempo. Pero los historiadores no mejoramos la sociedad disfrazando la realidad histórica o retorciéndola para edulcorarla, falseándola, sino acercando al presente a quienes fueron protagonistas de un pasado diferente pero que nos interesa en tanto que pretérito y haciendo a sus protagonistas, en este caso a las mujeres, visibles. Su vida sigue contándonos historias en los objetos que emplearon, en los espacios en que vivieron y en las inscripciones que promovieron o recibieron. Acercarnos a esas vidas a través de estas últimas y dejar que éstas hablen resulta una de las grandes satisfacciones del oficio de historiador de la antigüedad.