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¿Y AHORA QUÉ?

En un fin de semana normal, José Antonio Aguilera atiende en su restaurante más de quinientas comidas. Su negocio da trabajo a una quincena de personas en la Sierra de Sevilla, una de las zonas con más índice de paro de la provincia. El sábado 14 de marzo cerró su establecimiento para poner a salvo a sus empleados. En veinticuatro horas sus ingresos cayeron a cero. Seis días más tarde, José Antonio espera la llegada de sus empleados para la firma del ERTE. Sin ayudas estatales, no cree que pueda reabrir sus puertas.

Cinco expertos reflexionan sobre el mundo que nos queda después de la pandemia y cómo afrontar los desafíos históricos que plantea; la fotoperiodista Susana Girón muestra en imágenes los rostros de los más vulnerables frente al coronavirus.

La pandemia que
no vimos

Mientras los medios de comunicación batían récords de audiencia durante las fases más agudas del covid-19, los fotoperiodistas lidiaban con un bloqueo para inmortalizar los efectos más duros de la enfermedad. Al final, lo consiguieron, aunque con retraso. En un mundo hiperconectado, las imágenes de los días más amargos del virus solo permanecen en la memoria de sus testigos directos.

 

María Jiménez Ramos
Periodista y doctora en Comunicación. Investiga sobre terrorismo, es coautora de Relatos de plomo: historia del terrorismo en Navarra y profesora en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra

Antes de que los evacuaran de Wuhan (China), Héctor Retamal, Leo Ramírez y Sebastien Ricci conformaban el único equipo de una agencia de prensa internacional —AFP— que continuaba trabajando en el primer epicentro de la pandemia. El 30 de enero, Ramírez alertó a sus compañeros de que debían ir rápido a una dirección concreta de la ciudad. Al llegar, encontraron el cadáver de un hombre tendido en el suelo con la mascarilla blanca aún puesta. En una de las fotografías que tomó Retamal se ve a dos policías enfundados en trajes de protección merodeando cerca del muerto, aunque a cierta distancia. En otra, a un hombre que circula en bicicleta por delante del cuerpo, sin mirarlo y también con mascarilla. Las imágenes, que se publicaron en medios de todo el mundo, desencadenaron titulares sobre la vida dentro de aquel confinamiento aún inaudito y otros que señalaban a Wuhan como la zona cero del aún entonces extraño virus. A Retamal, como contó en un blog de AFP, lo que le llamó la atención fue que en China un cadáver estuviera dos horas en plena calle a cincuenta metros de un hospital. Escribió su reflexión desde un resort francés a donde él y sus compañeros fueron trasladados unos días después para que pasaran la cuarentena.

Durante las semanas más duras de la pandemia, con la vida y la economía de muchos países casi totalmente paralizadas, a los periodistas se los ha considerado trabajadores esenciales. Junto a los sanitarios, empleados del sector de la alimentación y el transporte o los funcionarios de prisiones se encontraban también los profesionales que debían cubrir una de las necesidades básicas de los ciudadanos: la información. Un estudio de la consultora Havas Media Group apunta que el papel de los medios durante las primeras semanas del confinamiento en España fue «muy importante» para más de la mitad de la población. Entre mediados de marzo y mediados de abril, la televisión tuvo más de nueve millones de espectadores diarios, que pasaron delante de la pantalla una media de 260 minutos al día, mientras que en las jornadas previas a que se adoptaran las primeras medidas sanitarias la audiencia no llegó a los siete millones. La radio aumentó un 112 por ciento sus oyentes y los diarios digitales vieron cómo el número de páginas vistas crecía un 45 por ciento, de acuerdo con otro estudio de la consultora IPG Mediabrands. Medios como eldiario.es y cabeceras internacionales como The New York Times o The Guardian han batido sus récords no solo de lectores, sino también de suscriptores. Aun así, los medios locales son los que más han subido: a mediados de marzo, en Francia, Alemania, Italia y España las visitas habían crecido por encima del 101 por ciento —hasta un 158 por ciento en España— y en Reino Unido, un 45 por ciento, de acuerdo con las cifras de la consultora Comscore.

Si una de las misiones clásicas del periodismo es aportar a los ciudadanos información suficiente para que tomen decisiones libremente, parece que el objetivo se cumplió. Un estudio del Reuters Institute realizado en seis países (Estados Unidos, Reino Unido, España, Alemania, Corea del Sur y Argentina) revela que el 60 por ciento de la población cree que los medios le ayudaron a comprender la pandemia y el 65 por ciento opina que han explicado lo que puede hacer ante el virus. «Cuando la información es cuestión de vida o muerte, no bastan los mensajes de las autoridades, también son necesarios los mensajes de los medios», afirma Eduardo Suárez, periodista y responsable de comunicación de Reuters Institute. Los datos reflejan que, en general, hay indicios de un aumento de confianza en los medios, denostada en los últimos años, aunque se mantiene a la baja en las sociedades más polarizadas, con Estados Unidos a la cabeza.

A medida que avanzaban las semanas de confinamiento, el volumen de información era tan elevado que la audiencia comenzó a admitir que estaba «sobreinformada» o, en otras palabras, que recibía sobre el coronavirus más información que la que necesitaba. En Reino Unido, donde Reuters Institute realiza un ambicioso estudio sobre el consumo de información durante la pandemia, se ha puesto cifras a una tendencia que se podría extrapolar a otros países: al pico muy elevado de consumo de información en la primera oleada de la enfermedad lo ha seguido una actitud deliberada de no consumir información sobre el virus. El 22 por ciento de la población la evita «a menudo» y el 59 por ciento, «algunas veces». El fenómeno se llama news avoiders [evasores de noticias] y, aunque no es nuevo, el contexto de la pandemia lo ha puesto de manifiesto. «Al principio la gente se enganchó a la información porque era importante para las cosas más básicas, pero la tensión emocional es mucho más grande y no estamos preparados para mantenerla durante tanto tiempo —explica Suárez—. La gente menos enganchada a la información, en un momento dado, desconecta». Los participantes en el estudio aducen razones como que las noticias sobre el covid-19 afectan a su estado de ánimo o que no confían en ellas. Suárez añade un motivo más: a medida que las fases agudas del brote quedan atrás, ganan terreno las informaciones sobre economía o política, un contenido que al «público más general le interesa menos». Aun así, el tráfico de los medios online sigue muy por encima de los niveles de principios de año. «El interés sigue siendo altísimo», remarca el periodista.

Un militar del Ejército de Tierra de la base de San Fernando (Cádiz)
Un militar del Ejército de Tierra de la base de San Fernando (Cádiz) realiza tareas de desinfección en la Hospedería Reina de los Ángeles (Aracena, Huelva) que alberga catorce ancianos contagiados por covid-19 y que se encuentran aislados en el centro.

Pero, ¿qué información estamos recibiendo? En Amanpour & Company, el programa de la PBS —la televisión pública estadounidense— que presenta la legendaria reportera Christiane Amanpour, la periodista «¿Dónde están las fotos de la gente muriendo de covid?». Para entonces, el virus ya se había extendido por Estados Unidos, sobre todo por el estado de Nueva York. George Steinmetz, especializado en fotografía aérea y firma habitual de National Geographic, había intentado inmortalizar con su dron las fosas comunes de Hart Island, donde estaban enterrando cadáveres sin reclamar a un ritmo cinco veces mayor que el habitual. Agentes de la Policía de Nueva York confiscaron su dron, que tenía licencia, y lo acusaron de un delito menor acogiéndose a una ley de aviación de 1948. “#Keepthememorycard” [Guardad la tarjeta de memoria”], ironizaba Steinmetz en su cuenta de Instagram. Lucas Jackson, fotógrafo de Reuters, y John Minchillo, de AFP, sí lograron avistar la isla con sus objetivos. Seguían siendo, en cualquier caso, imágenes exteriores, mientras el virus causaba estragos de puertas para adentro. Dos meses antes, cuando el mapa de calor del covid-19 tenía su principal foco en Italia, un fotógrafo debió de hacerse una reflexión parecida a la de la profesora Lewis.

Paolo Miranda trabaja en el único hospital de Cremona, una ciudad al sur de Lombardía con algo más de 70.000 habitantes. Miranda es enfermero de cuidados intensivos, además de fotógrafo. Hasta marzo sus fotos, desde retratos hasta estampas costumbristas o paisajes vacíos con aire bucólico, se publicaban en la edición italiana de la revista Vogue. Cuando Lombardía ascendió a segundo epicentro de la pandemia, Miranda se llevó su cámara al hospital. Captó el esfuerzo de sus compañeros y sus momentos de agotamiento o el ritual para enfundarse los trajes de protección. La imagen más icónica de su serie la protagonizaron dos sanitarios: en un pasillo, uno en cuclillas se sostenía la cabeza con las manos y el otro se inclinaba en lo que parecía un intento de consolarlo. Muchos medios titularon con asombro que los médicos italianos lloraban a causa del coronavirus. Las imágenes se publicaron el 20 de marzo, cinco días después de que en España se decretara el estado de alarma.

La fotoperiodista Anna Surinyach, cofundadora de la Revista 5W, empezó a mover ficha el 12 de marzo, cuando algunas comunidades autónomas adoptaron las primeras medidas restrictivas. Ese fue el primer día que tramitó una solicitud para fotografiar una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Cuando se publicaron las fotos del hospital de Cremona, aún no había conseguido el permiso. En total tuvo que esperar dos semanas para acceder al hospital de Can Ruti, en Badalona, igual que otros medios como El Mundo o El Confidencial, que no publicaron sus crónicas a pie de UCI hasta principios de abril. «Hay un paréntesis de quince días en los que nadie ha accedido a un hospital. Nadie ha documentado las dos semanas en las que pasó todo. Hubo un cierre de puertas en los principales focos: hospitales, residencias, funerarias… Nos decían que no era el momento. ¿Cuándo, entonces? Han fallecido más de 28.000 personas y no se ha fotografiado a gente muerta en sus casas, tampoco el aislamiento en familias con algún infectado. Se han perdido días clave de la pandemia. En unos años nos preguntaremos qué pasó, dónde está todo eso», reflexiona Surinyach. En esta línea se han expresado los fotógrafos Ricardo García Vilanova —«No entiendo que con más de 25.000 muertes haya tan poca información gráfica de lo que está pasando», declaró en una entrevista en 20 minutos— o Emilio Morenatti«Hemos tenido un bloqueo muy bestia con el tema del covid-19 para entrar a los cementerios y los hospitales. [...] Hemos estado mucho tiempo censurados», manifestó a media.cat—. Para Surinyach, no hay duda de que se trata de una estrategia política orquestada y desplegada por todo el país. «Que no haya imágenes es intencional. Quisieron controlar el mensaje y han podido, pero a la larga saldrán a la luz las deficiencias del sistema. Hay miles de familias afectadas», concluye.

Su queja se suma a cierta desazón que, según cuenta, comparten otros compañeros de profesión, muchos de ellos fotógrafos freelance para los que ha sido aún más complejo conseguir el acceso a centros sanitarios y lograr por su cuenta los trajes de protección. Echando la vista atrás, cree que han sido «demasiado amables» al fotografiar la enfermedad por temor a que se les cerraran las puertas que tanto les costó que se abrieran. «Estoy segura de que muchas familias a quienes se les han muerto parientes en casa querrían enseñarlo porque se han quedado excluidas del sistema y conseguirían denunciar. Para eso sirve el periodismo», apunta.

Paqui y Pilar
Mientras se demora la concesión de las ayudas a la dependencia, algunos ayuntamientos como el de Aracena (Huelva) han puesto en marcha servicios de atención a domicilio, que no se detuvieron durante las semanas duras. Como parte de ese servicio, Paqui —para quien todo cobra sentido al ver la cara de alivio de los mayores— ayuda a Pilar a secarse el pelo tras el baño.

El cerrojazo a los focos de la pandemia o, dicho de otro modo, las trabas a los periodistas para hacer su trabajo es uno de los diez tipos de ataques a la libertad de prensa que recoge el Index for Censorship, una organización sin ánimo de lucro que defiende la libertad de expresión. Hasta finales de mayo había registrado 166 ataques en todo el mundo. Entre ellos había 39 denuncias de ataques contra periodistas y dibujantes que se concentran en el norte y el este de Europa; 35 de arrestos de periodistas, activistas, colaboradores de medios o personas acusadas de difundir noticias falsas en países como Rusia, Turquía, Kenia o China; y 34 por impedir a los profesionales hacer su trabajo, como en Venezuela, donde el Gobierno no los ha considerado trabajadores esenciales. También se incluían 12 casos de cambios legislativos o normativos que afectaban al ejercicio de la profesión. Uno de ellos ocurre en Hungría, donde los periodistas representados en la Hungarian Civil Liberties Union denuncian casos de intimidación amparados en una nueva ley del Gobierno de Viktor Orbán, que en teoría pretende acabar con las noticias falsas y contempla incluso penas de prisión, como ha denunciado también Reporteros Sin Fronteras. En España, el Index for Censorship recoge los filtros a las preguntas en las ruedas de prensa gubernamentales. «Esto nos recuerda que la libertad de información no cae del cielo, sino que hay que defenderla de en estas circunstancias. Si hay un retroceso mínimo, hay que recordárselo al poder. La pandemia no puede ser una excusa para atacar la libertad expresión», argumenta Eduardo Suárez.

Anna Surinyach consiguió entrar en los focos del virus entre finales de marzo y principios de abril. En el hospital de Can Ruti hizo la fotografía que, para ella, resume la pandemia: un paciente despierta tras pasar veinte días intubado y dos sanitarias entran bailando en su habitación, se sitúan a los pies de la cama y se inclinan para hablar con él. Admite, no obstante, que no ha captado los momentos más duros de las UCI o las urgencias. «Sensibilizaría mucho a la población y no los hemos fotografiado. Si no lo ves, es como si no hubiera ocurrido. Si nadie hubiera fotografiado nunca un rescate en el Mediterráneo o las lanchas llenas de cadáveres, sería como si no hubiera ocurrido. No he visto a nadie que desconecten de una máquina o las urgencias saturadísimas. Solo hay vídeos que hicieron los médicos con sus teléfonos. Es el archivo que nos quedará».

 
José María sabe que si su teléfono suena pasadas las nueve, es importante. Es médico de urgencias en un pequeño ambulatorio rural por pura vocación, porque prefiere asistir a los pacientes sin prisa. También estos centros de atención primaria se adaptaron a los nuevos protocolos. La sala de la imagen, con solo una silla y oxígeno, es para los casos compatibles con coronavirus; así es más seguro desinfectarla.

Urge un
liderazgo
político global

La crisis del coronavirus ha evidenciado la falta de liderazgo a nivel mundial. A los líderes globales se les debe exigir al menos un ferviente deseo de proteger el bien común universal y una integridad a prueba de bomba.

 

Rafael Domingo Oslé
Titular de la Cátedra Álvaro d’Ors del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra y Spruill Family Professor of Law and Religion en la Universidad de Emory

La crisis del coronavirus, que ha dejado cientos de miles de muertos, ha puesto de manifiesto, con luces y matices nuevos, la necesidad que tiene la humanidad de genuinos líderes políticos globales. Una cosa es ocupar un alto cargo en un país del G-8 o en una institución internacional como Naciones Unidas y otra muy distinta ser un auténtico líder político global. Llamo líder político global a aquella persona plenamente capacitada para tomar decisiones que afectan a todo el planeta en una era marcada por la incertidumbre. La globalización, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías son fenómenos con tanta luz que nos deslumbran y nos impiden intuir el horizonte a unos pocos años vista. Ante la falta de hitos en el camino, la urgencia de un nuevo liderazgo político global se hace más apremiante.

No es solo cuestión de preparación técnica, ni de una experiencia profesional sofisticada, ni de mejorar el talento comunicador abriéndose a las diversas sensibilidades culturales. A los líderes globales, dada su enorme responsabilidad, se les debe pedir al menos tres cosas más: la protección del bien común universal, una integridad a prueba de bomba y una visión holónica de la realidad. Cumplir con estas condiciones requiere una gran madurez espiritual, como la que informó la vida de grandes líderes del siglo XX como Gandhi, Nelson Mandela, Martin Luther King, san Juan Pablo II, Ronald Reagan, Robert Schuman o monseñor Romero.

La palabra holón, acuñada por Arthur Koestler en 1967, se refiere a algo que es al mismo tiempo un todo y una parte. Cada holón integra y trasciende simultáneamente lo que le precede. De la misma manera que una célula incorpora y trasciende sus moléculas, así también las moléculas incorporan y trascienden los átomos, que, al mismo tiempo, incluyen y trascienden sus partículas. Algo parecido sucede con la política y la sociedad, pues todo está interrelacionado. La comunidad humana global incorpora y trasciende los Estados; los Estados incorporan y trascienden las regiones; las regiones incorporan y trascienden las ciudades, y estas las familias, hasta llegar a la persona. Lo individual da sentido a lo colectivo y lo colectivo potencia y trasciende lo individual.

Desde esta perspectiva holónica, se entiende muy bien que a un líder global se le exija proteger el bien común de la humanidad, que integra y trasciende todos los bienes comunes parciales y, por supuesto, el bien particular. Protegiendo el bien particular —como la salud de un enfermo de coronavirus— se protege el bien universal, y protegiendo el bien universal —la salud pública de la humanidad— se protege también el bien particular de cada ciudadano. Para poder custodiar el bien común universal hay que acercarse a la realidad con amplitud de miras, valorar el enriquecimiento que trae consigo la diversidad, admirar las diferentes culturas, esforzarse por entender a los demás, por razonar globalmente, por ser elemento de unión, de diálogo, de integración, sin imposiciones ideológicas. La defensa del bien común universal huye de muchos ismos: el populismo, el fanatismo, el fundamentalismo (religioso o secular), el intelectualismo, el partidismo y cualquier otro sectarismo.

Julia y Belén
Un solo síntoma activa el protocolo. Julia y Belén se equipan con los EPIS, las pantallas y el doble guante. La atención primaria domiciliaria evitó que muchos mayores asistieran a los centros de salud y contuvo la expansión de la pandemia.

La antítesis del liderazgo global es la política del «America First», tan arraigada en Estados Unidos, que prioriza la parte —el país de la Coca-Cola— frente al todo —la humanidad—, sin advertir que el todo es mayor que la parte y además la determina. El liderazgo antiglobal y populista del «America First» conduce a un nacionalismo excluyente, a un unilateralismo desintegrador, a un proteccionismo insolidario y, en definitiva, a un aislacionismo colectivo.

El líder global debe advertir que la realidad es holónica y no fragmentada, por más que las personas se hayan organizado en Estados, comunicado en diferentes lenguas y desplegado en múltiples culturas. Estados, lenguas y culturas han de integrarse dentro de una humanidad solidaria y, valga la redundancia, más humana.

Por último, a un líder global se le debe exigir una integridad personal intachable. Esta honradez solo se consigue cuando la intención primordial o propósito último de su actuación política es servir a la humanidad desinteresadamente, sin obtener nada a cambio. Incluso el principio de reciprocidad, tan válido para los contratos y los mercados, es insuficiente cuando se aplica a las altas responsabilidades. Esta intención pura de servicio estuvo muy presente en los líderes anteriormente mencionados y llegó a revestir tintes dramáticos, mejor dicho heroicos, en quienes fueron asesinados: Gandhi, Martin Luther King y Romero. Los tres sabían perfectamente que sus vidas estaban amenazadas por el fanatismo ideológico y, a pesar de ello, perseveraron en sus respectivos esfuerzos de promoción de la justicia social. La intención pura de servicio, que emerge de las profundidades del alma, ilumina con claridad la toma de decisiones y otorga al líder la libertad necesaria para moverse en ambientes tensos, ante presiones furibundas y en escenarios dominados por la corrupción.

Se dice que los líderes nacen, pero los líderes globales también se hacen. Por eso, el papel de la educación a todos los niveles resulta primordial. Una educación abierta a la trascendencia, que promueve valores como la paz, la compasión, el respeto, el espíritu de servicio y la fraternidad universal, que nos enseña a pensar globalmente, analizando diversas perspectivas, que fomenta el diálogo intercultural e interreligioso, con un aprendizaje dirigido a la acción y práctica internacionales, sin duda contribuye sobremanera a colmar esta imperante necesidad de líderes globales. La humanidad se lo merece.

Luisa, de 75 años, conversa alegremente con Mari Carmen, del servicio de ayuda a domicilio de Aracena, e intenta alargar su visita ofreciéndole un zumo. Estas mujeres han sido el único apoyo para muchos de nuestros mayores durante el confinamiento.
Luisa y Mari Carmen

Es el momento de la
ciencia
y de la
cooperación

En menos de seis meses conocemos más del nuevo coronavirus que de otras enfermedades en lustros. Jamás la ciencia ha estado tan bien preparada para combatir una pandemia. Una estrategia One Health —sanidad humana, animal y ambiental— será la garantía para futuras amenazas.

 

Ignacio López-Goñi
Catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra

El 29 de febrero yo era de los que pensaba que el coronavirus iba a quedarse en China. La enfermedad se había detectado en treinta y un países, pero la mayoría de los casos se relacionaban con viajes desde el gigante asiático y más del 95% ocurrían allí. Muchos confiábamos en el efecto de las tremendas medidas de confinamiento impuestas por el Gobierno a la región de Hubei. Esperábamos que ocurriría lo mismo que pasó con el coronavirus SARS, que también se originó en China a finales de 2002, se extendió a veintinueve naciones —aunque solo hubo transmisión en cuatro o cinco—, y desapareció en mayo de 2004, con poco más de 8.000 infectados y 700 muertos.

Ese sábado, el 29 de febrero, escribí el artículo «Diez buenas noticias sobre el coronavirus». Nunca imaginé que tuviera tanta repercusión internacional: más de 21 millones de personas lo leyeron. En época de crisis todos necesitamos buenas noticias, un poco de esperanza, ver la botella medio llena. Para muchos, lo vivido estos meses ha sido lo más parecido a una guerra, con cientos de miles de muertos, y no pretendía banalizar el problema. El motivo de aquel texto era mostrar que jamás la ciencia ha estado mejor preparada para combatir una pandemia, que este es el momento de la ciencia y la cooperación.

Desde que a finales de diciembre China notificó los primeros pacientes de una neumonía grave de origen desconocido, una multitud de científicos de todo el planeta comenzaron una lucha frenética sin precedentes por investigar la biología del virus y la enfermedad que causa, y buscar una solución. Cuando en 1981 se describieron los primeros casos de sida, se tardó más de dos años en hallar el agente causante: el virus VIH. Ahora, ¡en cuestión de unos pocos días!, se identificó el virus, se secuenció su genoma y se desarrolló el primer test diagnóstico. El 13 de enero la OMS publicó en su web el protocolo para la PCR que permite detectar el genoma del virus. Poco después se desarrollaron las pruebas diagnósticas indirectas que localizan anticuerpos, y en tan solo cinco meses ya son más de 270 los test aprobados: PCR, análisis serológicos, de amplificación isotérmica, de antígenos, por secuenciación masiva e incluso basados en la técnica de CRISPR.

En este periodo se han podido secuenciar y analizar más de 4.600 genomas de aislamientos del virus, lo que posibilita seguir su avance en tiempo real. Todos los virus mutan y sabemos que SARS-CoV2 lo hace a la velocidad esperada, se comporta de manera muy estable y no parece que evolucione a formas más agresivas. Tampoco existe evidencia de que haya sido manipulado genéticamente. Como ha ocurrido en muchas ocasiones, su origen está relacionado con otros coronavirus de murciélagos. La naturaleza tiene suficientes recursos para generar este y cualquier otro virus nuevo. No hace falta recurrir a teorías conspiranoicas.

Belén, enfermera en el Centro de Salud del municipio de Huéscar (Granada)
Belén es enfermera en el Centro de Salud del municipio de Huéscar (Granada). Es 2 de junio y acaban de recibir una llamada de emergencia a domicilio. Rápidamente salen en la ambulancia para atenderla. El tiempo del traslado siempre se vive con preocupación, en una calma tensa ante la incertidumbre de lo que te puedes encontrar. Esta urgencia al final fue fácil: retirar una vía venosa.

Aquel 29 de febrero hice referencia a que en poco más de un mes ya se podían consultar 164 artículos científicos sobre el coronavirus SARS-CoV2 y la covid-19 en PubMed, el buscador de la base de datos Medline, la más amplia que existe. En junio se superaban las 20.000 referencias, la mayoría en abierto. Esto pone de manifiesto la gran cantidad de conocimiento científico que se ha generado en tiempo récord: sabemos más del nuevo coronavirus en unos pocos meses que de otras enfermedades en lustros. Sin embargo, esta ciencia exprés también tiene sus riesgos: nadie es capaz de procesar y analizar toda esa información con detenimiento. La mala interpretación de algunos resultados y los errores propios de trabajar a tanta velocidad han desencadenado noticias falsas y escándalos, como el del tratamiento con hidroxicloroquina. Se ha pedido a la ciencia certezas, cuando está llena de incertidumbres. La ciencia necesita su tiempo y requiere experimentación, estudio, reposo y que otros repitan y confirmen los logros.

Nuestra capacidad de diseñar nuevas vacunas es espectacular. La escasa decena de proyectos en desarrollo a finales de febrero ha dado paso al estudio de más de cien prototipos. La mayoría se basan en subunidades de proteínas del virus, pero los hay también de vectores virales, de ARN, de partículas, con virus inactivos o vacunas vivas con el virus atenuado. A finales de junio, al menos dieciséis habían comenzado ya las fases clínicas para analizar la seguridad, los posibles efectos secundarios y su efectividad en humanos. Avanzamos tan rápido que la Fundación Gates está financiando la construcción de siete plantas de fabricación de vacunas, sin saber cuál o cuáles realmente funcionarán.

Algo similar ha ocurrido con los tratamientos. Conforme hemos ido conociendo mejor la biología del virus y la enfermedad, se ha confirmado que la covid-19 es mucho más que una neumonía. La infección se ha manifestado no solo como un síndrome respiratorio agudo, sino también como un daño renal, hepático, cardiaco e incluso cerebral. En muchos enfermos, el virus ha causado lesiones graves en la piel, inflamaciones, trombos e infecciones bacterianas secundarias. Al principio se ensayaron algunos antivirales de amplio espectro, pero ya son al menos 112 los tratamientos experimentales que combinan antivirales, tratamientos de síntomas, interferón, antiinflamatorios, bloqueantes de citoquinas proinflamatorias y antibióticos. Más de treinta de ellos están en ensayos clínicos internacionales y, aunque algunos no servirán, las posibilidades de hallar tratamientos eficaces para los casos más graves son muy grandes.

Para combatir esta pandemia y futuras amenazas globales tenemos que apostar por el conocimiento, la ciencia y la investigación; por la colaboración entre organizaciones públicas, privadas, civiles y filantrópicas. Ahora más que nunca cobra sentido la estrategia One Health apoyada por la OMS: el trabajo conjunto entre los profesionales de la salud humana, la salud animal y el medioambiente. Ante un enemigo sutil, invisible y capaz de paralizar todo el planeta, es necesario invertir en un nuevo ejército de médicos, sanitarios, investigadores con terapias, vacunas y laboratorios en vez de misiles y tanques.

Gonzalo, alcalde de Castillo de las Guardas (Sevilla)
Es Gonzalo, el alcalde de Castillo de las Guardas (Sevilla). Cada día, desde que empezó la pandemia, se puso su equipo de protección y recorrió las calles del pueblo acompañado por algunos concejales para desinfectar cada rincón.
La empresa sevillana MACCO
La empresa sevillana MACCO tiene ya muy desarrollados prototipos de robots para desinfectar, servir bebidas en bares o realizar diversas tareas que minimicen el contacto de personas en estas labores.

A problemas globales,
soluciones
coordinadas

Se han establecido paralelismos entre la crisis actual y las grandes catástrofes naturales, con las guerras más cruentas o con los mayores cataclismos financieros, como los de 1929 o 2008. Sin duda, es posible extraer algunas lecciones útiles de lo acontecido en esas circunstancias dramáticas. Pero ahora estamos ante algo distinto a todo ello.

 

José Luis Álvarez Arce
Profesor de Economía de la Universidad de Navarra

Este año la recesión alcanzará tanto al grupo de los países desarrollados como al que forman las naciones emergentes y en vías de desarrollo. Presumiblemente, los primeros verán caer su PIB en un 8%; los que se encuentran en vías de desarrollo un 3%; y la economía mundial un 5%. Se espera asimismo que 170 países sufran retrocesos de su renta per cápita. Se perderán millones de empleos. El golpe será mucho mayor que el de la crisis de 2009; entonces el PIB mundial retrocedió solo un 0,1%, pero lo hizo por la recesión de los países desarrollados, porque los emergentes, aunque poco, crecieron. Este escenario nos recuerda que existen riesgos que aceptamos al vivir en un mundo globalizado, hiperconectado. Varios de ellos se han materializado en los últimos meses. Por un lado, el coronavirus se ha aprovechado de los grandes flujos internacionales de personas para alcanzar a casi todos los países del planeta. Por otra parte, el cierre de la actividad productiva en un número creciente de economías ha expandido el efecto recesivo de esas medidas con el colapso del comercio internacional. Muchas empresas han sufrido la caída de la demanda de sus clientes y la falta de suministros de sus proveedores, y han visto así imposibilitada su actividad normal.

Los Gobiernos, en parte por la experiencia y por los errores de la crisis de 2008, se han lanzado a socorrer a los hogares y a las empresas con importantes medidas de política fiscal expansiva. En muchos casos, su eficacia será reducida, bien por las limitaciones que constriñen a algunos dirigentes, por ejemplo a los de los países en vías de desarrollo, con difícil acceso a financiación externa; bien por un diseño desacertado o una implementación defectuosa. La consigna ha sido atender a los más golpeados por la crisis y proteger todo lo posible el tejido productivo, para así minimizar daños y facilitar una recuperación más rápida. Los bancos centrales han acudido al rescate con toda su potencia de acción, con inyecciones masivas de liquidez y bajos tipos de interés. La gran pregunta es si esto será suficiente.

Por desgracia, no hay una respuesta positiva clara. La incertidumbre sigue siendo elevada. Estamos a merced del comportamiento epidemiológico del virus y de lo eficaz que sea nuestra respuesta mediante las medidas de contención o con el avance en el desarrollo de tratamientos y vacunas. Un rebrote severo, por ejemplo, sería enormemente dañino. Golpearía a una economía ya muy debilitada y con menor capacidad de actuación de las autoridades. Varios Gobiernos han llegado a esta crisis habiéndose endeudado mucho durante la última década. A esto hay que sumar el hecho de que la crisis actual ha provocado nuevas escaladas de las ratios de deuda pública, de modo que ha menguado el margen para elevar el gasto público e incurrir en nuevos déficits.

Fran
Fran vive en el centro de Sevilla, a orillas del Guadalquivir. Sería un lugar privilegiado si no fuera porque su casa es una furgoneta. Sollozando entre lágrimas pide dos cosas: un sitio seguro donde estar y salir en una foto para que la gente no olvide a los «sin hogar».
Sáhara y Kelthum
En el nuevo paisaje hogareño, las casas se han reconvertido en escuelas y centros de trabajo. En esta familia de Jabuguillo (Huelva), Sáhara y Kelthum estudian y siguen online las clases del colegio mientras Loli, su madre, resuelve sus dudas a la vez que ejerce su trabajo de periodista. Todos en la misma mesa del salón.

Independientemente de esta incertidumbre más inmediata, la pandemia también ha abierto interrogantes en torno a su influjo en las grandes tendencias de la economía mundial a largo plazo. Es posible que asiente o acelere algunos de los cambios que se estaban produciendo antes de su llegada, tales como la digitalización o cierto retroceso en la globalización. El alto nivel de endeudamiento público al que antes se hacía referencia es una de las realidades que está aquí para quedarse. Como también lo es la de los gigantescos balances de los bancos centrales, resultado de sus billonarios programas de compra de activos.

La experiencia que estamos viviendo, con una transición repentina al teletrabajo y a otras soluciones tecnológicas con las que salvar la distancia social, sugiere que la automatización y la digitalización avanzarán a partir de ahora con mayor rapidez en muchos ámbitos de nuestras economías y sociedades. Esto puede llevarnos a una globalización más profunda. Pero será interesante comprobar si el empuje tecnológico superará a otras fuerzas desintegradoras de la economía global. Hemos contemplado el recurso a medidas proteccionistas por la urgencia para disponer de los materiales sanitarios más necesarios en el pico de la pandemia. Que China y Estados Unidos, enfrentados por una guerra comercial, hayan vuelto a chocar con acusaciones mutuas sobre el origen, la expansión y la lucha contra la pandemia supone un nuevo peligro para el comercio internacional; un peligro al que hemos de sumar que muchas empresas van a preferir acercar geográficamente los diferentes eslabones de su cadena de valor, para estar menos expuestas a riesgos de desabastecimiento como el provocado por la difusión del virus. Por último, tendremos que ver si las tensiones surgidas de esta crisis no contribuyen a exacerbar las derivas populistas que eran evidentes en distintos lugares del planeta y que no suelen conducir, precisamente, a la adopción de buenas políticas económicas.

Las incertidumbres son muchas. Las familias arrostran un panorama preocupante, que les obligará a ser prudentes en sus decisiones de gasto, ahorro e inversión. Pero pensemos que también son múltiples las oportunidades. La crisis ha hecho salir de su zona de confort a numerosas personas, empresas y organizaciones. Hemos sido testigos de nuestra propia capacidad de respuesta y adaptación. En la rapidez con que los científicos han descubierto secretos de un virus desconocido hasta hace unos meses hemos comprobado de qué forma la cooperación y la coordinación internacional pueden ayudarnos a todos a resolver problemas comunes. Ahora deberíamos aprovechar todo esto y empeñarnos en buscar salidas coordinadas a la situación actual; salidas coordinadas que nos coloquen en una mejor posición para afrontar los retos del futuro. La sostenibilidad medioambiental y social de nuestros modelos económicos y de la globalización o el proceso de envejecimiento poblacional son ejemplos de desafíos que siguen ahí, esperando a recuperar el sentido de urgencia que la pandemia les ha arrebatado. Podemos hacer que la «nueva normalidad» sea una mejor normalidad. Pero hay que ponerse a trabajar en ello desde hoy.

Operarios de las casetas de la Feria en Sevilla
El 25 de abril, los operarios llevan ya algunos días desmontando las casetas de la Feria en Sevilla, que se ha suspendido por primera vez desde 1847. La pérdida económica se acerca a los 900 millones de euros y más de 6 000 familias han perdido los ingresos más importantes del año.

Respira, el mundo
ha cambiado

La pandemia del coronavirus ha supuesto un coste psicológico y emocional que está siendo infravalorado. Cualquier problema añadido nos estresa o nos parece imposible de sobrellevar. No obstante, podemos recuperar el equilibrio con resiliencia y afrontar el futuro dotándolo de significado a través de interacciones reales con el otro.

 

Claudia López Madrigal
Psicóloga e investigadora en el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra

Todo ha cambiado. Es difícil poner en palabras lo que ha sucedido en estos últimos meses. A pesar de que en España hemos podido recuperar esas cervezas o paseos al aire libre que tanto anhelábamos, nos encontramos ante una realidad que está lejos de ser normal. Mascarillas por todas partes, gente que al cruzarse en la calle se aleja, filas para entrar a las tiendas, gel desinfectante en cada mesa, saludos de codos con los amigos… Parece todo surrealista y complicado de entender.

Esta situación ha derivado en una serie de síntomas silenciosos de la pandemia que, desafortunadamente, no se van a resolver con la esperada vacuna. Las secuelas del estado de alarma continuarán durante meses porque han permeado todas las dimensiones del ser humano: física, psíquica, económica, espiritual y vincular. Esto supone un cambio en el modo de relacionarnos y de entender el mundo que nos rodea.

La poscuarentena no es algo fácil de digerir pero, al mismo tiempo, no podemos esperar volver a nuestras rutinas anteriores como si nada hubiera pasado. Las pandemias no deben tomarse a la ligera y las preocupaciones que puedan surgir son entendibles. Hemos llegado a un punto que los psicólogos llamamos saturación mental. Cualquier problema añadido —como la posibilidad de que haya una segunda ola— nos estresa o nos parece insoportable —aun sabiendo que seremos capaces de afrontarlo—. El miedo al contagio, el duelo por la pérdida de un familiar, la incertidumbre económica o laboral, la falta de concentración en casa o el desgaste profesional de los sanitarios son efectos que pueden agudizarse, incluso cuando las tasas de contagio disminuyan.

Hay que ser pacientes. Estamos acostumbrados a buscar soluciones fáciles y rápidas que nos hagan sentir bien ante lo que nos incomoda, pero esto no funciona así. Querer controlarlo todo genera estrés innecesario. Necesitamos tiempo para adaptarnos a este nuevo ritmo y aceptar que la nueva normalidad no va a tener nada que ver con la normalidad que conocíamos.

Las peticiones de ayuda de familias vulnerables ya han superado las de la crisis de 2008. Esther y Andrés tienen cuatro hijos y están desempleados. La Cruz Roja de Nerva (Huelva), les entrega un lote de comida que ellos recogen agradecidos. La crisis sanitaria no detuvo acciones sociales como el reparto de alimentos o el servicio de compras y farmacia para mayores.
Esther y Andrés
Andrés y Paco
Son las 11 y Andrés, que mañana cumple 90 años, se toma el primer descanso del paseo. Paco, de 92, llega con su bici, a la que todavía se sube «de correntilla». Hablan de los tiempos de entonces, cuando los mocicos contraían la viruela o la sarna.

Sin embargo, esto no significa hacer caso omiso a lo que está sucediendo. El miedo y la ansiedad son dos reacciones concretas que han aumentado notablemente. Dos emociones muy normales en estas circunstancias considerando que el miedo es la reacción ante un peligro inminente y la ansiedad es la respuesta ante una amenaza futura, muchas veces incierta y poco probable, que nos mantiene en un estado constante de estrés.

Respira. El mundo ha cambiado. El miedo, la ansiedad y el estrés no son tu enemigo. Las emociones son respuestas evolutivamente necesarias para nuestra supervivencia y reflejan aquello que valoramos. No existen emociones equivocadas, ni una forma única de afrontar el estrés y la incertidumbre. Para modelar un futuro diferente, lo primero es replantear dónde se encuentra puesta nuestra atención.

En una sociedad en la que vivimos hiperestimulados nos cuesta detenernos y reflexionar sobre aquello que nos sucede. ¿Prefieres recordar la pandemia del coronavirus como un suceso que ocurrió en tu vida o más bien como algo que te cambió la vida? Si has estado viviendo con el piloto automático, el primer paso que puedes dar es enfocarte en cómo sacar lo mejor de esta situación y en qué estás haciendo por los otros. Sin restarle importancia a lo que ha sucedido, podemos ser capaces de extraer un significado que nos ayude a entender qué sentido tiene esto en nuestras vidas y en las de los demás.

Los miembros de la UME Aracena (Huelva)
Antes de desprenderse de los trajes, ya contaminados, los miembros de la UME de Aracena (Huelva), los pulverizan con cloro y peróxido. Acaban de desinfectar el centro geriátrico de Aracena, donde se habían registrado cinco positivos y dos defunciones.

Como lema de nuestra poscuarentena propongo «Aprender, desaprender y reaprender», título de un excelente artículo del experto en educación Tiburcio Moreno. Resulta innegable que nuestras experiencias nos influyen, pero no nos determinan. Alivia saber que a todo lo vivido hasta ahora se le puede dotar de nuevos significados: reaprender. Los humanos somos la única especie con capacidad de resiliencia. Tenemos un talento inmenso, muchas veces infravalorado, de lidiar con situaciones adversas. Constantemente, por «contagio emocional» sobredimensionamos algunas de esas circunstancias y dejamos de ver las fortalezas que poseemos para afrontarlas. El cambio de lente nos ayuda a dejar de vivir en piloto automático.

No olvidemos que somos parte de una sociedad que prioriza las narrativas basadas en el éxito, la búsqueda obsesiva por sobresalir y un consumo que refuerza sin interrupción el yo-mí-me-conmigo. Centrarse en uno mismo tiene muchas cosas positivas y es saludable, incluso para mantener una relación sana con los demás. Sin embargo, si tenemos mucho yo, reducimos el nosotros, lo que podría hacernos sentir vulnerables y solos a pesar de estar juntos. Tanta presión por querer destacar es una nueva forma de evitar lo que nos genera malestar emocional. Esto nos lleva a sentirnos verdaderamente contrariados con aquello que se interponga en nuestros planes. La mejor manera de enfrentar los miedos, preocupaciones o frustraciones es ponerlos en perspectiva con otra persona, porque las relaciones que se forjan nos ayudan a actuar en consecuencia. Reconocer nuestros límites y aprender a apoyarnos en los demás favorece nuestro crecimiento interior.

Todos tenemos múltiples maneras de ir más allá de nosotros mismos. No podemos resolver nuestras dificultades con pensamientos bonitos, eso solo está cubriendo el problema de fondo. Hablar, identificar y expresar cara a cara lo que pensamos y sentimos contribuye a entender lo que nos ocurre para que las experiencias no nos determinen. Formamos parte de algo más grande que nosotros y, para superar la adversidad, primero hay que reconocer y aceptar que nos encontramos en ella. Como dijo la psicóloga Susan David, «la compleja relación entre la vida y su fragilidad es en realidad lo que compone la totalidad y belleza de la vida».

Socorro
«Ay mi Loli, pero qué bonica eres», le dice Socorro a esta empleada del servicio de atención a domicilio de Huéscar (Granada). Lo mejor del día fue que pudieron salir a dar dos vueltas a la manzana, como antes del coronavirus. «Que me llames si necesitas algo, ¿eh?», le recuerda Loli. «Lo que yo necesito son treinta años menos».
 

Sobre la fotoperiodista

Susana Girón

Susana Girón (Huéscar, Granada, 1975) ha centrado su trabajo durante la pandemia en los entornos rurales de las provincias de Granada, Huelva y Sevilla. Parte de esa España vaciada, donde la población es especialmente envejecida y vulnerable al covid-19 y se enfrenta a la crisis con menos recursos que las grandes urbes. Autónomos, pymes, mujeres que prestan ayuda a domicilio, sanitarios de atención primaria y ONG han sido sus focos de interés.

Girón es licenciada en Educación Física. Fundó y dirigió junto con su hermano José durante años una empresa dedicada al turismo rural que aún conservan. En 2007 estudió Fotografía y Artes Visuales en la Universidad Miguel Hernández de Elche. Desde entonces, se centró profesionalmente en el género documental. Sus principales temas enlazan con lo cotidiano, la memoria y las raíces culturales.

Colabora en los destacados medios nacionales e internacionales y ha expuesto en multitud de países. Tiene publicados tres libros: Legados. Generaciones en tránsito (2010), Cruce de soledades (2017) y Zug der Schafe (2019). En septiembre presentará el próximo, Yo bailo que firma con la bailaora María Moreno, sobre el proceso de creación artística.

Su trabajo sobre la pandemia se enmarca dentro del proyecto colectivo «Covid Photo Diaries». Desde el 17 de marzo, Susana y otros siete reconocidos fotoperiodistas españoles —Javier Fergo, José Colón, Judith Prat, Olmo Calvo, Anna Surinyach, Manu Brabo e Isabel Permuy— documentaron a diario la crisis sanitaria y social en diferentes partes del país. Cada jornada veían la luz en Instagram ocho nuevas imágenes e historias de esa actualidad que ahora se transforman en una muestra itinerante —primera parada, en septiembre, la sede de DKV en Zaragoza—y en un libro que acompañará a la exposición.

Esta iniciativa, testimonio visual de uno de los acontecimientos más sustanciales que hemos vivido en las últimas décadas, ha contado con el apoyo de la ONG Médicos del Mundo a través de la página web del Premio Luis Valtueña —el certamen anual de fotografía humanitaria— y de diferentes instituciones.